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Babel
BABEL
Dirección
:
Alejandro González Iñárritu
Guión:
Guillermo Arriaga
Producción:
Alejandro González Iñárritu, Steve Golin, Jon Kilik
Fotografía:
Rodrigo Prieto
Música:
Gustavo Santaolalla
Edición:
Douglas Crise, Stephen Mirrione
Elenco:
Brad Pitt (Richard), Cate Blanchett (Susan), Kikuchi Rinko (Chieko), Yakusho Koji (Yasujiro), Adriana Barraza (Amelia), Gael García Bernal (Santiago), Said Tarchani (Ahmed), Boubker Ait El Caid (Yussef), Elle Fanning (Debbie), Nathan Gamble (Mike), Mohamed Akhzam (Anwar)
Estados Unidos, 2006, Anonymous Content / Central Films / Paramount Pictures / Summit Entertainment / Zeta Film, 142 min.

Sitio Oficial

Otras Opiniones:


Arte y Ensayo

Babel

Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(abril 10, 2007)

Siempre hay que recordar que el cine es un arte colectivo en el que intervienen tantas personas para completar un proceso técnico tan complicado que no es nada fácil determinar la causa de que una película salga defectuosa. Lo prudente es esperar a ver algún otro trabajo del mismo equipo creativo y a partir de ahí tratar de asignar la culpa por lo que salió mal. Algo así me ha pasado con González Iñárritu. Después de Amores Perros, que se desinfla en la segunda historia, o 21 Gramos, que es simplemente incomprensible, yo lo había catalogado como un exhibicionista cuyo principal talento era la autopromoción. Ahora, con Babel, me queda claro que el punto débil de sus películas tiene nombre y apellido: Guillermo Arriaga.

No es casualidad que los mejores momentos de Babel sean los que sirven sólo para ambientar la historia. Son escenas donde la fotografía de Rodrigo Prieto y la música de Gustavo Santaolalla se conjugan para acercarse a la trascendencia que el guión busca tan desesperadamente. Pero en cuanto los actores abren la boca lo esquemático de sus personajes impide que las pretensiones se materialicen. Hay interés en cada una de las subtramas, aunque dependan demasiado del idiot plot y la relación entre las mismas sea tenue. El mensaje es sincero, es propuesto con solemnidad y, como muchas moralejas del séptimo arte, visto de cerca es más que dudoso.

Sería más fácil involucrarse con los protagonistas si supiéramos más de ellos. Por desgracia, desarrollar más cada historia dejaría a Guillermo Arriaga sin la oportunidad de saltar en el tiempo, aunque esos brincos no aporten ni siquiera suspenso porque es fácil adivinar, por ejemplo, que los niños güeritos a cargo de Amelia son los hijos del matrimonio que vacaciona en Marruecos. En Los Tres Entierros de Melquiades Estrada quedó claro que Arriaga puede contar un relato de la manera tradicional y hacerlo bien, por eso no entiendo la necedad de reunir tres historias incompletas pensando que eso es suficiente para exponer una gran verdad.

El mejor segmento es sin duda el ubicado en Japón, con una Kikuchi Rinko que se roba la película sin decir una palabra, pero la relación con el resto de la historia es endeble y el registro también es muy distinto al de los otros fragmentos. No sólo porque pasemos de los desiertos de Marruecos y México a la vorágine urbana de Tokyo, sino porque los problemas que atraviesan los personajes son diametralmente opuestos. No es lo mismo tener que sobrevivir en un paraje inhóspito que superar los traumas causados por la discapacidad en una sociedad homogeneizada. Tampoco sería conveniente eliminar el dilema de Chieko porque contiene los mejores hallazgos formales de Babel.

El principal error de este segmento, magnificado en los otros, es que Arriaga no está contento hasta no humillar por completo a sus personajes. Al menos lo que le hace pasar a Chieko no es un asunto de vida o muerte (lo peor que le puede pasar es que se resfríe), pero en el caso de los niños marroquíes o la niñera mexicana el guión los obliga a tomar decisiones increíblemente tontas sólo para darle mayores dosis de dramatismo a la cinta. Disparar un rifle de alto poder contra un autobús de pasajeros es tan estúpido que la posterior persecución de los niños por parte de las autoridades de Marruecos parece más necesaria que injusta, hay que detenerlos antes de que maten a alguien sin querer queriendo. Se entiende el interés de Amelia por asistir a la boda de su hijo, pero llevar consigo a un par de niños pequeños sin asegurarse primero de que no habrá problemas para cruzar la frontera de regreso es absolutamente irresponsable. Hasta cuando ya están en peligro mortal siguen con las malas decisiones: corriendo de unos gendarmes que primero disparan y luego averiguan, evitando tomar las medidas pertinentes para ubicar el trozo del desierto donde dejaron a un par de niños chiquitos.

Todo esto podría olvidarse fácilmente si la moraleja propuesta por Babel fuera sólida. Sucede todo lo contrario. A lo largo de la película vemos cómo la imposibilidad que tienen los personajes para comunicarse verbalmente los pone en aprietos, lo cual no es algo novedoso pero puede dar pie a reflexiones más intrincadas. El problema es que la solución propuesta por Arriaga no resiste el análisis. Frecuentemente vemos en Babel como la comprensión entre los personajes se establece por el tacto, callando y permitiendo que la mera presencia de otra persona comunique algo que las palabras no pueden decir. De esta forma es un sencillo apretón de manos lo que señala que Richard y Susan pueden reconciliarse, la inocencia de los niños güeritos les permite integrarse a una boda de rancho aunque provengan de un ambiente muy distinto, el amor incondicional de un padre por su hija se expresa sólo con un abrazo.

Es un mensaje conmovedor, lleno de fe en el género humano y completamente falso. Se necesita ser muy ingenuo para pensar que los problemas de la humanidad pueden solucionarse con sólo escucharnos mutuamente. En los conflictos que Babel menciona -terrorismo, pobreza, inmigración ilegal- intervienen factores económicos, políticos y sociales que no se van a resolver con el puro contacto físico. Igual de engañosa es la tesis que nos indica que los diferentes lenguajes que hablamos son la causa de nuestras desavenencias. En realidad si pudiéramos despojar a alguien de todo lo que el lenguaje involucra -no sólo el habla, sino toda la tradición cultural que conlleva- el resultado sería más parecido a un recién nacido que a un ser humano íntegro y comprensivo. Si fuera posible eliminar la cultura y empezar de nuevo perderíamos tanto que acabaríamos peor que al principio.

Me queda claro que los otros colaboradores de González Iñárritu son extraordinarios. La facilidad con la que Rodrigo Prieto pasa del desierto más inhabitable a la urbe nipona es sorprendente, tanto como la de Santaolalla para remitirnos a los ritmos característicos de cada región sin emplear citas directas. Asimismo, el director ya demostró que trabaja muy bien con actores. Eso se nota en los niños: seguro que no se dirigieron solos. Hay secuencias que nos hablan de un cineasta con un potencial enorme que hasta la fecha ha debido trabajar con libretos que están por debajo de sus capacidades. No hay duda: Arriaga le hizo un favor a González Iñárritu cuando lo mandó al averno.