Arte y Ensayo
El Latido de mi Corazón
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(abril 17, 2007)
Fue en el fugaz programa Encuadre de Canal 22. Leonardo García Tsao, ínfimo platicador de películas y flamante director de la Cineteca Nacional, comentaba Iberia de Carlos Saura cuando mencionó que la cinta ponía imágenes a las composiciones de "un tal Albéniz", diciendo además que él nunca había oído hablar de este músico previamente. A diferencia de otros escribidores, no me escandaliza que una persona común y corriente tenga escasos conocimientos en materia cultural. Si un doctor, un abogado o un ingeniero prefiere la tauromaquia o el futbol es problema suyo, después de todo no se puede obligar a la gente a interesarse por la cultura. Pero que un tipo con treinta años de llenarse la boca con el "cine de arte" desconozca a uno de los compositores más importantes en la historia de España sí me parece grave.
Cómo me gustaría decir que García Tsao es una aberración dentro de la crítica de cine (bueno, en cierto sentido lo es). Aquí es donde debería mencionar la erudición de sus colegas en lo que a música, pintura, arquitectura, danza y literatura se refiere. Sería lógico suponer que los hombres y mujeres que han luchado para que el cine sea tomado en serio como un arte deberían hacerlo con un amplio arsenal de experiencias, aunque sea como aficionados, en algunas de estas áreas, para tener al menos una pequeña idea de lo un actor debe hacer para construir a su personaje o de la manera en que un fotógrafo trabaja con la luz. Lamentablemente lo único que la mayoría de los críticos de cine sabe de estas artes es lo que ha visto en las películas. Un ejemplo reciente es la respuesta de la prensa especializada ante el estreno de El Latido de mi Corazón.
Para examinar este remake de una cinta gringa de 1978 (Fingers de James Toback) que no he visto, la mayoría de los opinadores profesionales vio en esta excelente película de Jacques Audiard una sencilla fábula moralista o una trivial historia de amor. No es ni una ni otra cosa, pero para percatarse de ello es necesario saber de música. Ayuda si uno ha tocado un instrumento y todavía más si se trata del piano. Así se puede entender que el mérito de Audiard es abordar de manera seria una actividad que en el cine ha servido como pretexto para disfrazar el morbo que despiertan las perversiones sexuales (La Pianista) o para inventarle virtudes a pianistas intrascendentes con el pretexto de ensalzar el espíritu humano (Shine).
Audiard comprende que la dificultad de interpretar el piano es tan grande que no necesita ser adornada con estudios de caso psicopatológicos. Las circunstancias de Tom, el protagonista de El Latido de mi Corazón, no carecen de interés, pero el director comprende que prepararse para una audición de la toccata en mi menor de Bach es tan difícil como los otros problemas que agobian a su protagonista. Al concentrarse exclusivamente en los aspectos morales y afectivos, los críticos pasaron por alto el principal dilema del personaje principal de la película: ¿cómo encontrar la tranquilidad necesaria para estudiar una pieza tan complicada cuando al mismo tiempo debes sortear una relación filial que se cae a pedazos, engañar a la esposa de tu mejor amigo para ocultar sus infidelidades y maniobrar en el lado más turbio del negocio de bienes raíces en París?
Las dificultades prácticas que conlleva resolver todo eso y encontrar el tiempo suficiente para dedicarlo al estudio de un instrumento tan demandante como el piano es la verdadera historia que nos cuenta la película. La idea de que tocar la música de Bach es moralmente superior a ganarse la vida como estafador de poca monta es tan ridícula que Audiard jamás la toma en serio. Un moralista nos mostraría a Tom atormentado por su conciencia hasta el momento en que recuerda que puede tocar el piano y eso representa su salvación. Audiard es demasiado inteligente para salir con semejante batea de babas. Por eso cuando conocemos a Tom, mientras desaloja un edificio que le interesa con la ayuda de un costal de ratas, en ningún momento se le nota apesadumbrado por su estilo de vida. Al contrario, está muy satisfecho hasta que por casualidad se encuentra con el antiguo representante de su madre, una concertista de renombre, y éste le pregunta si todavía toca el piano, asegura que Tom tiene talento y lo compromete a fijar la fecha para una audición.
Tom lleva diez años sin tocar, una eternidad para alguien que aspira a ser pianista profesional. Además, el único maestro que puede conseguir es Miao-Lin, una china recién llegada a París que técnicamente cumple con todos los requisitos, pero que no habla una sola palabra de francés. No obstante, Tom empieza a pensar que tal vez sea cierto que tiene talento y que vale la pena intentarlo. Tal vez la razón exacta por la que Tom esté dispuesto a abandonar una actividad que le satisface y que le es económicamente ventajosa sólo pueda ser comprendida por los que tenemos cierta facilidad para el piano sin tener el talento que se requiere para ser concertista. Siempre queda la duda, siempre se piensa que tal vez con un poco más de esfuerzo se podría tener el nivel para tocar piezas tan terroríficas como el Scarbo de Ravel que se oye brevemente en la película.
Aclaro para los que nunca hayan tocado un instrumento que el gusto por el piano no tiene nada que ver con los aplausos del respetable y mucho menos con algún tipo de superioridad moral, el motivo por el que uno se pasa horas sentado ante el incómodo instrumento es absolutamente egoísta. Es el placer de oír una pieza de la forma en que uno piensa que debe ser interpretada, así como el desafío que representa ejecutar una actividad tan extenuante. Sí, leyeron bien: extenuante. Aunque tocar el piano parezca algo delicado, los que lo hemos intentado sabemos que es mucho más pesado de lo que la gente supone. Por eso me gustó tanto el cuidado con el que Jacques Audiard y el actor Romain Duris plasmaron esto en la pantalla. Cuando Tom toca por primera vez la pieza completa para su maestra, jadeando y muy orgulloso por lo que supone una interpretación magistral, uno entiende perfectamente su frustración cuando ella menea la cabeza para darle a entender que todavía le falta mucho trabajo.
La relación entre maestra y alumno fue el pretexto para que algunos críticos vieran en El Latido de mi Corazón una historia romántica. Algo hay de eso, pero el contacto físico entre Tom y Miao-Lin durante sus lecciones se debe a razones estrictamente mecánicas. Como no pueden comunicarse con el lenguaje, la única forma de asesorarlo sobre la posición correcta de los hombros y la muñeca es mediante el tacto. Aunque parezca raro para los profanos esto es una práctica normal en toda escuela de música. Antes de poder avanzar en el estudio del instrumento es necesario enseñar la posición correcta y eso sólo se logra manipulando al alumno. Para disimular el hecho de que Romain Duris no toca el piano hubo que enseñarle al menos cuál era la postura que necesitaba adoptar y esto es algo que después se integró a la película.
Algo similar sucedió con los videos de Vladimir Horowitz que Duris estudió para su actuación y que Audiard incluyó en una escena donde Tom se maravilla ante las manos del pianista ruso. Tanta veracidad se debe en parte a la participación de Caroline Duris en la película. Además de ser la hermana mayor de Romain, Caroline es concertista: es ella quien toca las piezas que se oyen en El Latido de mi Corazón y es su voz la que Tom escucha cuando oye viejos cassettes de su madre, donde los intentos por grabar una pieza eran interrumpidos por los titubeos de la pianista, quien llega a quejarse de que su corazón late demasiado rápido (de ahí el título de la cinta).
Me detuve en este aspecto de la película porque es lo que más me interesó de la misma, por obvias razones de identificación. Pero el resto de la historia no desmerece en absoluto. La actividad de Tom como dudoso agente de bienes raíces, su relación con una mujer ajena, hasta su aciago encuentro con un representante de la mafia rusa, todo está perfectamente llevado por Audiard, fotografiado con la acostumbrada cámara en mano para darle mayor intensidad a los relatos criminales, dándole sentido a la historia principal con un prólogo que profundiza al aspecto emocional que le interesa al cineasta y un epílogo que complica la decisión final de Tom sin alejarse demasiado del conflicto central.

