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Punk el Fenómeno
PUNK, EL FENÓMENO
(American Hardcore)
Dirección
:
Paul Rachman
Guión:
Steven Blush, basado en su libro American Hardcore: A Tribal History
Producción:
Paul Rachman, Steven Blush
Fotografía:
Paul Rachman
Música:
Bad Brains, Black Flag, Circle Jerks, D.O.A., Teen Idles, Die Kreuzen, Flipper, Cro-Mags, Millions of Dead Cops, The Adolescents, entre muchos otros
Edición:
Paul Rachman
Con:
Henry Rollins, Gregg Ginn, Keith Morris, Ian MacKaye, H.R., Dr. Know, Harley Flanagan, Kira Roessler, Reed Mullin, Ken Inouye, Jack Grisham, entre muchos otros
EE.UU., 2005, AHC Productions / Sony Pictures Classics, 100 min.

Sitio Oficial

Otras Opiniones:


Arte y Ensayo

Punk, el Fenómeno

Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(abril 24, 2007)

La mercadotecnia es como el Rey Midas al revés: todo lo que toca lo convierte en mierda. Vean lo que le hizo al punk, un movimiento cultural más intenso, más importante y más inteligente que el de los mugrosos hippies que con su inofensivo, lelo "amor y paz" jamás representaron ninguna oposición al sistema. A punto de celebrar tres décadas del inicio del punk el movimiento ha sido cooptado por nenas como Green Day y Avril Lavigne, interpretando un tipo de pop prefabricado donde la única diferencia es que las guitarras eléctricas sustituyen a las coreografías. Para no pensar en la muerte del punk hay que recordar uno de los momentos de gloria de la cultura popular gringa con este documental, aunque el título que le pusieron en español sea un tanto engañoso.

Cualquier purista señalaría que aunque el hardcore tuvo sus raíces en el punk se trataba de dos géneros distintos. Por eso en American Hardcore no figuran los Sex Pistols ni The Clash. Los disturbios raciales en la Inglaterra de Margaret Thatcher tampoco se mencionan. El documental se enfoca exclusivamente en el género que vino después del punk y, quitando una breve excursión a Canadá para hablar de D.O.A., nunca sale de las fronteras de Estados Unidos. Esto le quita algo de profundidad al trabajo de Paul Rachman y Steven Blush, ya que el hardcore ha tenido una influencia muy grande en todo el mundo. Además, hacer a un lado al punk inglés puede confundir a los neófitos, haciéndoles pensar que el mérito de inventar este género musical es de los gringos. El interés de los realizadores es más bien establecer el árbol genealógico del hardcore: cómo se conocieron tales y cuales músicos, qué grupo influyó a cuál otro, y así sucesivamente.

Existe tal riqueza de material fotográfico y en video de los años de gloria del hardcore que para tener listo su documental Paul Rachman sólo necesitó filmar entrevistas con personajes tan destacados en la escena como Henry Rollins, Gregg Ginn o H.R., rodearlas de fotografías y números musicales grabados en video por aficionados, añadir algunas animaciones para ilustrar la forma en que el género se extendió por el país. No se requiere mayor audacia formal cuando el hardcore ya tiene una estética definida por su ética DIY.

Más allá de las estridencias específicas de su estilo musical, ésta es la gran aportación del hardcore a la cultura musical contemporánea. Ahora que muchos rockeros se paran el culo diciendo que fueron ellos los que inventaron el indie no está de más recordarles que están equivocados, quienes demostraron que para organizar toquines, grabar discos e improvisar salas de conciertos no eran necesarias las disqueras fueron grupos como Black Flag o SSD. Junto a ellos los rockeros independientes son unas divas que se negarían a pisar los escenarios donde los practicantes del hardcore dieron sus mejores actuaciones. Este legado no se limitaba sólo a lo musical, la actividad se extendía a fundar compañías independientes como la SST o publicar fanzines para dejar constancia de su estruendo.

American Hardcore podría abundar más en esto y en la forma en que el DIY se extendió a todas las artes contemporáneas, desde galerías hasta festivales de cine, pero tampoco es estrictamente necesario restregarles en la cara a los demás la aportación del hardcore en ese sentido. Es suficiente con señalar cómo la música de estos grupos era una respuesta a la banalidad reaganiana, con sus esfuerzos por regresar en el tiempo a la inocencia de Leave It To Beaver. No sólo eso, el hardcore representaba también la negativa de toda una generación ante la exigencia de seguir homenajeando a los Bicles, a los Dors y a los otros grupillos sesenteros que ya no les decían nada. El retrato tampoco es heroico, no se retrocede ante la violencia y la misoginia que también campeaban en el hardcore. Con frecuencia los músicos tenían que huir de la ley y es que en su universo cualquier exceso antisocial era aceptado, como cuando Jack Grisham de TSOL pagó la entrada a un concierto con una bomba casera.

El hardcore como corriente musical no se distinguía por su variedad. La ferocidad de las canciones era tal que había poco espacio hacia donde innovar. Los fans tampoco estaban dispuestos a aceptar demasiados cambios en la fórmula y no es casualidad que tantos de los entrevistados acabaran interpretando otros géneros: los Beastie Boys con el hip-hop, los Bad Brains con el reggae, etc. El oído inexperto puede confundirse ante el machacante ritmo y los vertiginosos riffs de casi todos los grupos que colaboran en la banda sonora. A eso hay que sumarle la mala calidad de las imágenes en concierto, grabadas por adolescentes en diversos grados de intoxicación que debían superar de alguna forma las limitaciones del equipo y los empujones de la concurrencia.


Bad Brains: "Attitude"

Este último aspecto es quizá lo que alguien que haya tenido la oportunidad de presenciar una tocada punk, aunque fuera en Cuautitlán de Romero Rubio o Iztapalapa, seguramente echará en falta al ver este documental: el calor humano que se genera en recintos que debían albergar multitudes no previstas por sus constructores, donde el ruido de los deficientes equipos de sonido, el hacinamiento que tritura costillas, los cacles arrancados a base de pisotones a los novatos que no tomaron la precaución de llevar botas, las patadas de los parroquianos sobreexcitados y -peor tantito- el hornazo de sudor reconcentrado que se combina con los aromas del thinner y la mota para dejar sin aliento al más aventado. La tecnología actual no cuenta con los medios para recrear cabalmente la experiencia de asistir a una tocada punk. De eso no tienen la culpa Paul Rachman y Steven Blush, por supuesto, y si existiera dicha tecnología tampoco estoy muy seguro de que me gustaría revivir toda la gama de sensaciones de un toquín semejante.

American Hardcore tal vez no ofrezca nada nuevo para el espectador curtido en los hoyos fonqui, pero puede servir como repaso incluso para el experto en hardcore y siempre es grato oír a Henry Rollins o a Ian MacKaye hablar de sus hazañas de adolescentes. Faltan muchos grupos importantes, aunque para darle su lugar a todos los que contribuyeron a la escena se necesitarían varias horas más. Imposible darle gusto a todo el mundo. Cuando menos este documental cumple con la importante función de poner en su lugar a los bebitos que se creen muy rudos porque oyen a Blink. Háganme el fabrón cavor.