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Madeinusa
MADEINUSA
Dirección
:
Claudia Llosa
Guión:
Claudia Llosa
Producción:
Antonio Chavarrías, Claudia Llosa, José María Morales
Fotografía:
Raúl Perez Ureta
Música:
Selma Mutal
Edición:
Ernest Blasi
Con:
Magaly Solier (Madeinusa), Yliana Chong (Chale), Carlos de la Torre (Salvador), Juan Ubaldo Huamán (Cayo)
España-Perú, 2005, Wanda Vision / Vela Films / Oberon Cinematográfica S.A., 104 min.

Otras Opiniones:


Arte y Ensayo

Madeinusa

Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(abril 27, 2007)

"Hace un chingo de años los indios eran unos chingones, Cuauhtémoc fue el ultimo chingón pero entonces llegó una chingaderita de gachupines e hicieron tanta chingadera que desde entonces nos llevó la chingada a todos y vivimos en el chingado laberinto de la soledad".
- Botellita de Jerez

Desde que los liberales decidieron tomar como modelo a Estados Unidos y tirar a la basura su herencia católica e indígena los calzonudos se han convertido en el significante más socorrido por los aspirantes a redentores. La izquierda moralista (valga la redundancia) anda siempre a la caza de víctimas que salvar, no porque les preocupe la suerte de las minorías que defienden, ya que en los hechos sus acciones nunca conducen a nada, sino porque les proporciona la oportunidad de superar su mediocridad y sentirse revolucionarios. A estos mesías de baratillo Madeinusa les va a incomodar porque muestra a los índigenas como personas normales, no como niños ni como tarados. Personas que pueden ser crueles, ignorantes, vulnerables o amorosas, que pueden guardar rencores o tomar malas decisiones. Eso ya es bastante bueno, además la opera prima de Claudia Llosa tiene valores cinematográficos que bastan por sí solos para recomendarla.

Una mirada descuidada reduce a Madeinusa a un panfleto en contra de nuestros indios (porque son nuestros, para hablar en su nombre, nunca para escucharlos) porque sólo percibe a la película como una desviación del mito del buen salvaje que Rousseau inventó y que los izquierdosos aceptaron con fervor típicamente religioso, sin examinarlo, sin compararlo con la realidad. El mito dice que el hombre es bueno, la civilización es mala y por eso hay que buscar la inocencia perdida en las comunidades aisladas, donde las personas son honestas, trabajadoras, viven en armonía con la naturaleza y tienen acceso a un misticismo que a nosotros nos está vedado. Tan extendida está la fábula que incluso alguien tan inteligente como Octavio Paz pudo caer en el garlito y decir que la Conquista "fue también una violación, no sólo en el sentido histórico sino en la carne misma de las indias" (en El Laberinto de la Soledad, claro). En esta visión maniquea los indios no pueden ser sino víctimas, aunque al menos en el caso de México lo que hizo posible el triunfo de los españoles fue su alianza con los miles de tlaxcaltecas, huejotzincas, texcocanos, etc. que odiaban a muerte a los aztecas.

Madeinusa incluye una escena en la que una india peruana es desvirgada por un gringo (un blanco, pues). Razón suficiente para que algunos espectadores recuerden que como hijos de la chingada que son su deber es indignarse al máximo con una película que muestre que ese coito como algo deseado por ambas partes, y peor todavía, iniciado por la mujer. Como si fuera imposible que una india pudiera sentirse atraída por alguien que no sea de su raza, como si la relación entre un mestizo -ni siquiera un español- y una india tuviera forzosamente que ser violenta. Es verdad que en los países latinoamericanos con una importante población indígena seguimos sin superar antiguos traumas y sentimientos de culpa, pero éstos se explican por un deficiente conocimiento de nuestra propia historia y no por absurdos complejos que surcan el tiempo y el espacio para someternos quinientos años después.

Son prejuicios que no se desvanecerán mientras no sean enunciados. Por ejemplo, la idea de que la Conquista equivale a una violación sólo es posible si aceptamos que las indias se negarían automáticamente al contacto carnal con los españoles porque (esto se piensa pero no se dice) tenían la obligación de defender el honor de su raza ante el invasor, los que así opinan no quieren ni imaginarse que en algún momento una india pudiera aceptar acostarse con un blanco por cualquiera de las múltiples razones por las que una mujer puede tener sexo con un hombre, aunque los conquistadores tuvieran una mejor posición social y económica, o simplemente fueran galanes, como se dice que era Pedro de Alvarado. No quieren ni pensarlo porque para ellos esas indias representan a todas las mujeres oprimidas y por lo tanto no tenían derecho a actuar de forma egoísta. Así los indios se convierten en símbolos y dejan de ser individuos. En Madeinusa, por el contrario, el deseo se manifiesta mediante una toma subjetiva mutua durante el primer encuentro entre Salvador y Madeinusa, no se privilegia ninguna de las dos miradas.

Leo en el blog de un expatriado profesor de literatura peruano algo que expresa de manera sucinta lo que llevo párrafos tratanto de decir. Su autor menciona "ese mecanismo curioso que nos hace consumir, por un lado, ficciones sobre nuestra cultura o culturas que juzgamos semejantes como historias sobre individuos y, por otro, ficciones sobre sociedades que percibimos distintas como si fueran siempre historias sobre tipo, historias generalizadoras sobre colectivos, o historias alegóricas." Aquí debo señalar que Madeinusa ostenta una temática mucho más rica de la que he señalado hasta el momento. También hay religiosidad popular que para muchos parecerá fanatismo degradante, amenaza de incesto, alcoholismo ancestral. El mérito de Claudia Llosa es poner todos estos elementos al servicio de una historia en tono de tragedia, combinando la discreción en lo narrativo con un inesperado esplendor visual.

Madeinusa fue grabada en video digital en un pueblo que está a 9 horas de Lima. La reacción natural al enterarse de esto, recordando la fealdad de tantas películas rodadas en escenarios similares gracias a las teorías de Sanjinés, es que Madeinusa debe ser gris, árida, polvorienta, sucia. Basta una escena para sacarnos del error. Cuando la protagonista mete las manos en unas bolsas de plástico amarillas para rodear su casa con veneno para ratas. El fotógrafo Raúl Perez Ureta encuentra en este tipo de objetos cotidianos una belleza que no es únicamente la del folklore. Los preparativos para la fiesta del "tiempo santo" por supuesto que le permiten a los habitantes de Manayaycuna adornar su entorno de la mejor manera posible. Hay máscaras burlescas, fuegos artificiales, banda de música, concurso de virgencitas. El listado no se agota con las manifestaciones artísticas colectivas, los artículos de uso común son tan apreciados como los que se reservan para las grandes ocasiones, tanto por sus dueños como por los realizadores de la cinta.

Otro temor, justificado en muchos casos, es que la película sea lenta. Con tal de no parecerse a Hollywood muchos directores latinoamericanos se van al extremo opuesto y abusan del plano secuencia, de los tiempos muertos que sólo sirven para exasperar al espectador. Claudia Llosa se vale de hallazgos formales (como el "hombre del reloj") y de una envidiable economía de medios para solventar ese problema. Como dice Andrew O'Hehir a propósito de otra película: ojalá que el diez por ciento de las películas que veo estuvieran hechas con este nivel de oficio e integridad, con este entendimiento intuitivo de dónde poner la cámara, cuánto explicar con palabras (no mucho) y qué tanto confiar en su extraordinario elenco para cargar con el peso de la película en sus voces, rostros y cuerpos. En Madeinusa hay elipsis donde otros optarían por las escenas tremendistas, fatalidad sin caer en el patetismo, motivos que quedan siempre sin explicar.

¿Se acuerdan del episodio de los Simpsons donde un muñeco Krusty trataba de asesinar a Homero porque tenía el switch puesto en "diabólico"? Después de ver la interpretación de Magaly Solier en Madeinusa estoy convencido de que el problema con los actores mexicanos es que tienen en la nuca un botón que dice "melodrama" y el director siempre lo apachurra. Es increíble cómo una niña sin ninguna experiencia como actriz, que nunca había ido al cine cuando la directora de Madeinusa la descubrió sentada frente a la iglesia de su pueblo natal, pueda expresar la angustia, la desesperación, la malicia y la ingenuidad de su personaje con tanta facilidad y sin caer en los aspavientos melodramáticos tan gustados por nuestros compatriotas, al parecer incapaces de expresar emociones sin echar espuma por la boca, llorar a grito pelado y hacer gestos como enfermo mental.

Finalmente, hay que destacar el trabajo como guionista de Claudia Llosa, que no sólo creó una comunidad imaginaria en Manayaycuna con una tradición religiosa que no existe pero que ejemplifica el sincretismo entre las culturas indígena y española, además supo poblar la historia con personajes que rompen con cualquier estereotipo y, lo que es más impresionante, superó la influencia nefasta de Paz Alicia Garciadiego, quien la asesoró para escribir Madeinusa, para elaborar un guión que es superior a cualquier cosa que haya filmado Arturo Ripstein en los últimos treinta años.