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Tiempo de Vivir
TIEMPO DE VIVIR
(Le Temps Qui Reste)
Dirección
:
François Ozon
Guión:
François Ozon
Producción:
Olivier Delbosc, Marc Missonnier
Fotografía:
Jeanne Lapoirie
Música:
Selma Mutal
Edición:
Monica Coleman
Con:
Melvil Poupaud (Romain), Jeanne Moreau (Laura), Valeria Bruni-Tedeschi (Jany), Daniel Duval (el padre), Marie Rivière (la madre), Christian Sengewald (Sasha), Louise-Anne Hippeau (Sophie)
Francia, 2005, Fidélité Productions / France 2 Cinéma / Studio Canal, 80 min.

Sitio Oficial

Otras Opiniones:


Arte y Ensayo

Tiempo de Vivir

Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(mayo 3, 2007)

Cada vez que leo que François Ozon es el mejor director en activo en Europa me pregunto si de veras estará tan mal el cine europeo. No porque Ozon sea un cineasta torpe. Si entendemos por calidad el que una película cumpla lo que se propoe entonces no hay forma de argumentar que las cintas de Ozon sean malas. Simplemente me parece que hay muchos críticos que alaban a Ozon en demasía, como esperando que confirme su nivel de maestro cuando sus primeros trabajos todavía no alcanzan ese nivel. De esta forma hubo muchos que decían que Sitcom era la sátira de la familia modelo y olvidaban ejemplos más logrados como Visitor Q de Miike Takashi.


Nota: "Perfect Day" es una excelente canción pero no sale en la película.

Justo cuando yo empezaba a cuestionar mi cordura, pensando que tal vez Ozon sí era el mejor cineasta de la historia y que su talento me era invisible, la tibia respuesta de la crítica ante Le Temps Qui Reste me hace pensar que no estaba tan equivocado. Se puede señalar que una gran virtud de esta película es presentar a un joven con cáncer terminal sin conferirle automáticamente un aura de santidad. Es cierto, en las producciones hollywoodenses todos los que están con un pie en la tumba se convierten en una fuente inagotable de sabiduría, cuyos sabios consejos guían al resto del elenco a través de los más espinosos dilemas, trátese de un matrimonio en vías de disolución o una declaración de impuestos. Por eso muchos le sacamos la vuelta a esos melodramones.

En ese sentido el principal acierto de Le Temps Qui Reste es darle a su protagonista una actitud más realista. El exitoso fotógrafo de moda al que le diagnostican tres meses de vida no corre a reconciliarse con su hermana o a despedirse de su novio. En su lugar le oculta su enfermedad a todo el mundo, corta con todos los lazos afectivos que le quedan y al principio se refugia en sus antros de ambiente favoritos en busca de placeres carnales. Esto lo retrata Ozon con sobriedad, añadiendo apenas un toque de simbolismo, que a veces le sale (la visión de la muerte en la última noche con su novio) y a veces no (la tercera sinfonía de Gorecki que no viene al caso).

Parece que Ozon va a intentar el fundido en blanco para alternar entre el protagonista en la actualidad y el niño que alguna vez fue pero lo abandona en la siguiente instancia. Si en otras películas eran las innovaciones formales lo que le daba cierto realce a tramas poco novedosas (los números musicales en 8 Femmes, por ejemplo) en Le Temps Qui Reste no hay nada que disimule los lugares comunes. Romain seguirá teniendo visiones de su infancia, en la playa, en la iglesia, en el bosque, sin que ninguno de estos recuerdos trascienda el mero recuento. La mejor escena es con mucho la conversación que Romain sostiene con su abuela, una excelente Jeanne Moreau que le aporta a la película una elegancia que se desvanece junto con su personaje. La camarera interpretada por Valeria Bruni-Tedeschi y su inusual petición son otro punto fuerte de la cinta, pero al igual que la abuela comprensiva, uno desea que Ozon se olvidara del fotógrafo moribundo para pasar más tiempo con estos otros personajes.

Supongo que debería aplaudirle a Ozon el hecho de que su protagonista sea gay y eso sea sólo un dato más, no la causa de todos sus problemas. La relación de Romain con su padre y su paso por antros que son básicamente mercados de carne se muestran sin aspavientos, lo cual también es bueno pero no me parece suficiente como para recomendar una cinta tan magra. Nada que ver con la flagelante honestidad de Beber un Cáliz, la novela autobiográfica de Ricardo Garibay.