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Las Alas de la Vida
LAS ALAS DE LA VIDA
(Lilya 4-Ever)
Dirección
:
Lukas Moodysson
Guión: Lukas Moodysson
Producción:
Lars Jönsson
Fotografía:
Ulf Brantås
Música:
Nathan Larson
Edición:
Michal Leszczylowski
Con:
Oksana Akinshina (Lilya), Artiom Bogucharski (Volodya), Elina Benenson (Natasha), Liliya Shinkaryova (Anna), Pavel Ponomaryov (Andrei), Tomas Neumann (Witek)
Suecia, 2002, Film i Vast / Memfis Film / Nordic Film & TV Fund / SVT Goteborg / Zentropa Entertainments5, 109 min.

Otras opiniones:


Arte y Ensayo

Las Alas de la Vida

Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
Publicado originalmente en Revista Cinefagia

Lilya 4-Ever es un vil ejemplo de lumpenturismo nórdico, una muestra del oportunismo de un director que de repente se percató que la explotación existe y para compartir su descubrimiento con el resto del mundo no tuvo mejor idea que filmar la historia de una chavita rusa que cae en las redes de la prostitución, todo esto con riguroso estilo documental para que nadie dude que esto es algo serio. Es un relato previsible, con un lenguaje cinematográfico de aficionado, un guión que se cae a trozos, actuaciones que merecerían algo mejor y una vergonzosa falta de argumentos escudada tras la realidad de la trata de blancas en Europa, con lo que Moodysson cree que no habrá quien se atreva a criticarlo.

Creo que ya quedó claro que Lilya 4-Ever no me gustó ni tantito. Seguramente habrá mucha gente que pensará que es una historia conmovedora, inolvidable, etc., etc. En la función de prensa hubo quien se atrevió a aplaudir al final (¿a la pantalla? ¿al cácaro?) y no dudo que los que ya la hayan visto me escriban para mentarme la madre. Esta es una de las ventajas de internet. Ahora bien, sucede que para explicar bien por qué no me gustó tengo que dar detalles de la trama. Por lo tanto, les voy a pedir que

NO LEAN LO QUE SIGUE SI NO QUIEREN SABER EL FINAL DE LA PELíCULA. Lo siento, pero así es.

La película inicia con la adolescente Lilya corriendo sin rumbo fijo por las calles de una ciudad sueca. Mientras se oye una rola de Rammstein, vemos que ella tiene en el rostro huellas de maltrato físico y que está confundida. No sabe a dónde dirigirse, al parecer está sola. Cuando llega a un paso a desnivel se aproxima al borde y mira a los autos que corren por la autopista. Es evidente que piensa en suicidarse. A continuación retrocedemos tres meses en el tiempo, hasta llegar a una pequeña ciudad rusa, una antigua base militar que está en plena decadencia tras la caída del Muro de Berlín. Aquí es donde inicia la historia de Lilya, pero como ya conocemos el desenlace no hay suspenso posible. Moodysson nos cuenta cada etapa en el descenso a los infiernos de su protagonista, solicitando la identificación entre ella y el espectador.

No lo logra porque Lilya es una chica que está rodeada de toda suerte de peligros y adversidades, pero también es un personaje pasivo, que acepta todo lo que le pasa sin hacer nada por evitarlo, cayendo en todas las trampas que le tiende el guionista. Con tal de acentuar la tragedia de Lilya, Moodysson exagera la nota a tal grado que uno percibe perfectamente los mecanismos del guión. Para empezar, lo único que sabemos de la protagonista es que tiene la costumbre de rezarle a la imagen de un ángel guardian y que está muy ilusionada porque su madre está planeando mudarse a los Estados Unidos en compañía de su nueva pareja. Pero hay un problema, cuando Lilya ya lleva un buen rato mencionándole a todos los que la rodean que está a punto de iniciar una vida mejor, su madre le informa que por el momento ella tendrá que esperar. Vivirá sola en el departamento hasta que existan las condiciones propicias para que su madre mande por ella.

Cuando llega la hora de despedirse, Lilya se niega a hablarle a su madre, tal vez con la esperanza de que ella recapacite y la lleve a Norteamérica. Sin embargo, en el último momento Lilya se arrepiente y corre para abrazarla, pidiéndole a gritos que no la abandone. Aquí es donde Moodysson empieza a forzar las cosas para generar el mayor patetismo posible, aún a costa de la credibilidad de su guión. Para conmover al máximo al espectador, el director nos muestra a Lilya en cámara lenta, persiguiendo el auto en el que su madre se aleja, hasta que resbala y cae en el lodo. La metáfora es tan obvia que el efecto se pierde. Esta escena concluye con Lilya arrodillada en el fango mientras un perro callejero se le acerca. Por un instante pensé que para darle mayor emotividad a la secuencia Moodysson nos iba a mostrar al perro orinando a la chica, pero esto no llegó a suceder, ignoro si fue porque se le acabó el rollo a la cámara o porque el can se negó a seguir las indicaciones del director.

En la siguiente escena, Anna, la tía de Lilya, se aparece en el departamento y le informa a la chica que debe mudarse a un lugar más económico. Este resulta ser un cuchitril de dimensiones muy inferiores a las del departamento, con un baño en ruinas. Las pertenencias de su antiguo ocupante, un anciano que participó en la lucha contra los Nazis, incluyendo ropa y medicinas, todavía están ahí. Lilya se queja pero acepta mudarse al cuarto de todas formas. Ahí se reúne con sus amigos, una runfla de malvivientes que se drogan, fornican y se embriagan como si el fin del mundo estuviera anunciado para la mañana siguiente. Pero Moodysson no considera que eso sea suficiente para que el espectador se niegue a identificarse con el personaje, por lo que nos muestra a Lilya abandonando los estudios y burlándose de la empleada de una tienda de autoservicio, en lugar de pedir trabajo ahí mismo. ¿Quién puede echarle porras a alguien así?

Al poco rato, Lilya es convencida por una amiga suya que la mejor forma de ganar dinero fácil es prostituyéndose en uno de los bares de la ciudad. No tiene suerte y la que agarra cliente es su amiga, pero la noche tiene consecuencias funestas para nuestra heroína. Resulta que su amiguita es sorprendida por su padre en posesión de una considerable cantidad de dinero y para salir del paso ella dice que Lilya se lo prestó. Esto es suficiente para que todo su círculo social automáticamente tache a Lilya de perdida, aventurera, resbalosa, nalgafácil, ramera de Babilonia, etc. Para la adolescente es insoportable que los maleantes de la ciudad ya no se quieran juntar con ella. Esto es algo que todos podemos entender porque a todos nos ha pasado algo semejante y el dolor de ser rechazado por la escoria de la sociedad es una experiencia universal. El único que ve más allá de las apariencias y alcanza a comprender que Lilya es una buena muchacha, aunque sea algo tarada y huevona, es Volodya. El jovencito tiene la no muy sana costumbre de drogarse con lo que puede, motivo por el cual su padre lo corre de la casa, pero Lilya es más comprensiva y le permite dormir en su cuarto, donde ambos pasan buena parte del día dándole duro al chemo, en un hermoso cuadro de solidaridad y compañerismo. Como diría Pompín Iglesias: ¡qué bonita familia!.

La razón por la que me puedo burlar de todo esto es que nada es creíble. Es obvio que todo lo que pasa en pantalla es producto de la imaginación del director y que éste jamás en su perra vida ha pasado por algo similar a lo que nos está contando ni se tomó la molestia de informarse sobre la realidad. Para compensar, Moodysson exagera al máximo la situación de Lilya. Para que quede bien claro que ella es una inocente víctima de la iniquidad del mundo, vemos que la tía Anna se ha apoderado del departamento y que ahora vive cómodamente en él, sin que sepamos otra cosa de este personaje que nos explique el por qué de tanta maldad. Para darle mayor crueldad a la decisión de su madre, Lilya recibe una carta donde la autora de sus días le dice que ella es una hija no deseada y que por eso fue abandonada. Como en las telenovelas, pero sin la posibilidad de casarse al final con el hijo de la madrastra diabólica. Se trata de acumular una desgracia tras otra aunque no tenga sentido dramático ni sea congruente con el comportamiento de los personajes. Así, Lilya es violada tumultuariamente por sus ex-amigos, en una escena que sería estrujante de no ser porque para entonces uno ya está harto de tanta truculencia.

Llega un momento en que uno no sabe de qué lado está el director. ¿Está denunciando las condiciones que orillan a las mujeres de la ex-Unión Soviética a prostituirse o está diciendo que los que se niegan a trabajar y a estudiar como Dios manda merecen un castigo ejemplar? Puede parecer que el que exagera soy yo, pero la verdad es que Lilya 4-Ever es muy similar a aquellos dramones donde las mujeres que se negaban a seguir las normas de la sociedad terminaban revolcándose en el fango, con tuberculosis en fase terminal y con media docena de hijos de padre desconocido. Algún militante del PAN o funcionario del FMI podría ver esta película y pensar que si Lilya tomara mejores decisiones nada de esto le pasaría, que en lugar de acabar sus días atropellada por un carro sueco podría tener una vida normal, con una carrera bien remunerada y un buen nivel de vida. Lo triste es que Moodysson tuvo la oportunidad de anticiparse a estos argumentos y no lo hizo. Con mostrar la falta de empleo incluso para los egresados de las universidades bastaría para desarmar una respuesta tan fácil.

La última parte de la cinta nos muestra a Lilya en Suecia convertida en esclava sexual, tras ser engañada por un apuesto joven ruso que le promete darle una vida mejor en otro país. Como me da mucha flojera seguir comentando en detalle lo que pasa, diré que hace poco tuve la oportunidad de ver una película sueca de tema parecido pero filmada casi treinta años antes. Se llama Thriller - En Grym Film ("Thriller, una Película Cruel"), es conocida en inglés como They Call Her One Eye y es una de las cintas que Tarantino se fusiló para hacer Kill Bill. Thriller y Lilya 4-Ever se parecen en que sus protagonistas, Christina Lindberg y Oksana Akinshina respectivamente, son muy atractivas. La diferencia es que Thriller es una película de serie B que sólo busca explotar el morbo y por eso incluye frecuentes desnudos de su actriz principal alternados con grandes dosis de violencia al estilo de Sam Peckinpah. Lilya 4-Ever no tiene nada de esto, por ser una obra artística, pero curiosamente la película donde la protagonista tiene un papel más activo y termina triunfando sobre sus explotadores es Thriller. Además, tiene la gran virtud de haber sido concebida como mero entretenimiento.

Lilya 4-Ever entra en la categoría de "crítica social". Se supone que es necesario que el público vea este tipo de cine (en oposición al "escapismo" hollywoodense) para contribuir al mejoramiento de la sociedad, siendo la crítica social medicina y la película jeringa. Y como nadie va a que lo inyecten por gusto, se justifica que la cinta sea aburrida, desdramatizada, lenta, pesada, sin chiste. Esto no es algo nuevo. La idea de que el cine no es un simple espectáculo (¿y quién les dijo que un espectáculo es algo simple?) sino que puede servir para "movilizar" al espectador y provocar un cambio social ya tiene varias décadas de antigüedad, sin producir resultados apreciables. Es muy conocida la fórmula de Frantz Fanon, "todo espectador es un traidor o un cobarde", aunque ya no tiene la misma fuerza que en los revolucionarios años 70. Yo quisiera ponerla al día, para que quede de la manera siguiente: "Todo espectador que dice identificarse con una miseria que nunca ha padecido y que nunca padecerá es un hipócrita y un culero."

Sí, qué triste es la historia de Lilya, qué vergüenza que los países más avanzados del mundo sean los mejores clientes de los tratantes de blancas, qué lamentable es que el fin del socialismo en Rusia haya dejado a tanta gente desamparada. Pero sobre todo, qué cómodo es ver todo esto en un cine, ¿verdad?

Háganse un favor. Si de veras quieren conocer la situación de la trata de blancas en Europa, así como sus posibles soluciones, olvídense de este bodrio y mejor visiten los sitios de internet de Amnistía Internacional y organismos afines. No les cuesta nada y ni siquiera tienen que salir de su casa u oficina.