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Secretos Intimos
SECRETOS ÍNTIMOS
(Little Children)
Dirección
:
Todd Field
Guión: Todd Field, Tom Perrotta, basado en la novela de Tom Perrotta
Producción:
Todd Field, Albert Berger, Ron Yerxa
Fotografía:
Antonio Calvache
Música:
Thomas Newman
Edición:
Leo Trombetta
Con:
Kate Winslet (Sarah Pierce), Jennifer Connelly (Kathy Adamson), Patrick Wilson (Brad Adamson), Jackie Earle Haley (Ronnie J. McGorvey), Noah Emmerich (Larry Hedges), Gregg Edelman (Richard Pierce), Phyllis Somerville (May McGorvey)
EE.UU., 2006, Bona Fide / Standard Film Company, 137 min.

Otras opiniones:


Arte y Ensayo

Secretos Íntimos

Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
julio 13, 2007

La película perfecta para todos los que pensaron que Belleza Americana era una obra maestra y se decepcionaron cuando Sam Mendes cambió de giro en trabajos posteriores. La misma sorna, la misma ausencia de conmiseración para con sus creaturas suburbanas, examinando las frustraciones de sus acaudalados habitantes como quien cataloga bacterias en un microscopio. Y también los defectos. Lo estático de la puesta en escena, la incorporación de estereotipos para medio ensamblar personalidades complejas, la violenta excitación que le genera su propio atrevimiento.

La película mira a sus personajes por encima del hombro y esto se anuncia desde el título en inglés (reemplazado por el anodino Secretos Íntimos, ¿cuándo aceptarán las distribuidoras y el público mexicano la ambigüedad? ¿o acaso debemos asumir que los gringos son más sofisticados que nosotros?). Niños Pequeños no se refiere a los hijos de los dos personajes principales. A los pocos minutos ya quedó claro que el título original señala la inmadurez de Sarah Pierce (Kate Winslet) y Brad Adamson (Patrick Wilson). Ella sólo tiene que terminar su tesis doctoral para abrirse paso en el fascinante mundo académico (¿sarcasmo, yo?, ¡nuncamente!). Su especialidad es la literatura, su paso por la universidad despierta la admiración de una de sus vecinas y sin embargo Sarah se muestra poco inteligente en su trato personal. No oculta su desdén por las opiniones conservadoras de las otras amas de casa, se desespera por los constantes caprichos de su hija e inconscientemente le paga con la misma moneda, se arroja en brazos de un apuesto vecino antes de superar su propia inseguridad y sin considerar las realidades económicas de una fuga hacia adelante.

Por su parte, los dos protagonistas masculinos representan caras opuestas de esta misma incapacidad de madurar. El rostro presentable, incluso admirado por varias mujeres en la película, es el de Brad. En apariencia exitoso, con una esposa atractiva (y mucho, se trata de Jennifer Connelly), un hijo con el que se lleva de maravilla y la posibilidad de ejercer como abogado en cuanto apruebe el examen (requisito en EE.UU.). En realidad lleva ya dos intentos fallidos con dicho examen, probablemente debido a que prefiere sentarse a ver la habilidad con la patineta de los adolescentes locales antes que ponerse a estudiar. Su pasado universitario como jugador de futbol americano y el resentimiento que le provoca la tutela de su esposa, quien como único soporte económico de la casa se preocupa por la forma en que Brad gasta el dinero. Tampoco puede odiarse a este sujeto. Mientras otros se aferran a la juventud cabalgando mujeres o esperando que su banda de rock despegue, la inmadurez de Brad es más inofensiva. De hecho, el contraste con los policías que lo invitan a su liga nocturna de tochito es evidente. Brad está mucho más preocupado por divertirse que por ejercitar su machismo, pese a la grandilocuencia con la que el director filma sus modestos encuentros.

Sarah y Brad son personajes que mantienen a raya el imperativo categórico de la paternidad responsable, tan extendido en el cine gringo. Lo hacen sin mala intención, también con poco seso, y aunque me gustaría unirme al coro de alabanzas que recibieron a la película, me parece que éstas se debieron más a esta voluntad de resistir las fuerzas centrífugas de la familia cinematográfica tradicional que a cualquier mérito de Todd Field. A pesar de colaborar con Tom Perrotta para convertir la novela de este último en un libreto aceptable la verdad es que Field nunca encuentra el tono preciso para lo que quiere contar. Sarah y Brad son personajes que podrían consolidarse como entes verídicos si no fuera porque el guión prefiere tratarlos como síntomas de una nebulosa desazón suburbana convertida en cliché gracias a las ochocientas películas que ya trabajaron el tema con antelación.

El examen de conciencia de los clasemedieros con vacíos espirituales a la medida de sus cuentas bancarias es algo que se presta para los cineastas ansiosos de regalarle al público Grandes Verdades, con la solemnidad de Moisés bajando del Sinaí con las Tablas de la Ley. Los progresistas denuncian el materialismo y la falta de comunicación del ámbito suburbano. Los conservadores se quejan de la pérdida de los valores. Los izquierdosos a la antigüita se horrorizan ante los efectos deshumanizantes del capitalismo. Los que provienen de las grandes ciudades confirman sus sospechas de superioridad. Los de extracción suburbana pueden argumentar que sus vecinos llevan vidas tan intensas como las de los citadinos. Los europeos señalan la decadencia de la sociedad norteamericana. Es un género donde todo cabe sabiéndolo acomodar y el problema para los cineastas que llegan tarde es decir algo que los otros hayan pasado por algo. La elección de Todd Field es una especie de tremendismo irónico que acaba socavando sus mejores hallazgos, a veces el director no sabe si burlarse de sus personajes o identificarse con ellos.

Esta indecisión se materializa desde la primera escena, con la presencia de un narrador que relata lo que los personajes sienten y piensa, que aporta información sobre el pasado de cada uno de ellos y que de vez en cuando aventura alguna reflexión sobre la esencia del ser humano. A diferencia de su contraparte en Dogville, que mantenía el mismo tono sarcástico durante toda la película, con participaciones a intervalos regulares, el narrador de Little Children hace un trabajo contradictorio, celebrando las decisiones de los personajes y a continuación explicando por qué son absurdas, con intervenciones menos frecuentes conforme avanza la historia. Hay una escena donde vemos a Kathy, la esposa de Brad, trabajando en un documental sobre el efecto de la guerra de Irak en las familias de los soldados. El encuadre, la iluminación, la sintaxis de este fragmento son idénticos al resto de la cinta, lo que sugiere que el narrador está cumpliendo una función similar a la que tendría en un documental normal, y sin embargo sus comentarios irónicos impiden que uno lo acepte como un observador objetivo.

Las posibilidades canceladas por la predecible sátira en que navega el romance de Sarah y Brad son expuestas por el tercer ángulo de la cinta, el regreso del pedófilo Ronnie McGorvey (Jackie Earle Haley) a la comunidad tras una estancia en la cárcel. Tras un esbozo de parodia (Ronnie se mete a la alberca pública repleta de niños como si tal cosa y los bañistas reaccionan como si estuvieran en Tiburón), los guionistas se dan cuenta de que este personaje es demasiado sórdido para el matiz burlesco del resto de la cinta. La relación entre Ronnie y su madre (Phyllis Somerville, espléndida) es un indicio de lo que pudo haber sido, si tan sólo el director tuviera un mejor guionista. El tema no es inédito en el cine. Kevin Bacon interpretó a un personaje similar en The Woodsman (en México: Un Crimen Inconfesable).

Antes de incursionar en la dirección, Todd Field trabajó como actor en películas y series de televisión. Como es lógico suponer, esto se traduce en un lenguaje cinematográfico que privilegia la presencia de los actores. Los planos abiertos se incluyen para proporcionar el contexto indispensable y en seguida Field pasa a una sucesión de tomas cerradas, confiando en la capacidad de su elenco para rellenar los huecos del guión. Los actores relegados a los papeles secundarios, que por falta de tiempo se quedaron en el puro estereotipo, no pueden hacerlo, por obvias razones. Los estelares corren con mejor suerte, aun cuando sus personajes carecen de sustancia y cuando el director quiere aprovechar hasta el último gesto para enfatizar lo que el narrador ya explicó. La mayor parte de los comentarios favorables han sido para Kate Winslet en detrimento de Patrick Wilson, quien me parece hace un buen trabajo con un personaje más complejo de lo que aparenta. Dado el tono vacilante de la película, es difícil decidir si Noah Emmerich exagera como el ex-policía traumado. Sin duda sería el caso en una cinta más seria, aunque con el impulso satírico que Todd Field le da al relato este personaje termina por encajar con su entorno, al menos hasta el guiñolesco desenlace, donde la moraleja se apodera de la película y reduce las dos horas previas a un melodrama edificante.

Con una puesta en escena siempre cuidada gracias a la fotografía de Antonio Calvache, aunque con poca fuerza dramática, Secretos Íntimos cumple con todos los requisitos para ser considerada como una película importante. Tiene un mensaje claramente enunciado, actuaciones sólidas, hace referencia a temas incómodos y hasta incluye una bonita moraleja. Es la típica cinta diseñada para generar nominaciones y ganar premios. Para los que consideren que el cine sólo cumple su misión cuando imparte clases de moral esto será una recomendación. Para los que preferimos las parodias suburbanas de John Waters se trata de una advertencia.

Sitio Oficial:
www.littlechildrenmovie.com