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Escándalo
ESCÁNDALO
(Notes on a Scandal)
Dirección
:
Richard Eyre
Guión: Patrick Marber, basado en la novela de Zoe Heller
Producción:
Robert Fox, Scott Rudin
Fotografía:
Chris Menges
Música:
Philip Glass
Edición:
John Bloom, Antonia Van Drimmelen
Con:
Judi Dench (Barbara Covett), Cate Blanchett (Sheba Hart), Andrew Simpson (Steven Connolly), Bill Nighy (Richard Hart), Juno Temple (Polly Hart), Tom Georgeson (Ted Mawson), Joanna Scanlan (Sue Hodge)
EE.UU. / Inglaterra, 2006, BBC Films / DNA Films / Fox Searchlight Pictures / Robert Fox / Scott Rudin / UK Film Council, 91 min.

Otras opiniones:


Arte y Ensayo

Escándalo

Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
julio 21, 2007

Apenas la semana pasada examiné Secretos Íntimos, un drama grandilocuente con antecedentes literarios y unas pretensiones artísticas que no podía satisfacer. Esa era una producción norteamericana y ahora, sin haberlo planeado, me encuentro con su equivalente inglés. Escándalo exhibe una confianza injustificada en su elenco y en la novela que la inspiró, además sufre de una banda sonora que se empeña en llamar la atención sobre sí misma y un relato que trata de deslumbrarnos con su audacia sin atreverse a decir nada polémico.

Uno de los aspectos más molestos de Secretos Íntimos era la participación de un narrador extradiegético (ajeno al relato) que hacía algunos comentarios irónicos sobre lo que aparecía en pantalla, explicaba lo que los personajes estaban pensando y en términos generales era un estorbo: podía eliminarse sin afectar en nada a la película, como en efecto sucedía en la segunda mitad. En Escándalo también hay narración constante, esta vez del personaje principal, Barbara Covett (Judi Dench). Sin alcanzar la profundidad a la que obviamente aspira, sus observaciones son más relevantes que las de Secretos Íntimos, además de estar mejor escritas. Sin embargo, ambas películas ilustran lo difícil que es integrar el recurso de la voz en off a un medio visual como es el cine.

El narrador impertinente de Secretos Íntimos es reemplazado por los pensamientos de Barbara, plasmados en un diario que interviene en el agrumento y que al mismo tiempo indican, mediante su vocabulario y sintaxis, el tipo de mujer que los fija en papel. Como guionista hay que ser muy hábil para lograr que la narración funcione como contrapunto de las acciones en pantalla, sin describir lo que ya estamos viendo y a la vez permitiendo que los actores conserven cierta ambigüedad. Por desgracia el responsable de hacer la adaptación de la novela de Zoe Heller es Patrick Marber, el mismo dramaturgo que trató de llevar su obra Closer al cine con resultados desastrosos. El director de Escándalo es otro hombre de teatro, Richard Eyre, y el énfasis que ambos ponen en el texto descarrila cualquier valor cinematográfico que la película pudiera haber tenido.

En manos de Marber y Eyre, la voz en off de Judi Dench es tan redundante como la descripción de los personajes, pero no tanto como la atronadora música de Philip Glass. Empiezo con los estereotipos que pululan en el relato. Barbara Covett, de acuerdo a las escenas iniciales, es una solterona que fuma como chimenea, agria, cortante, autoritaria en su trabajo, apegada a la tradición, pareciera que de joven nunca fue atractiva. Para más señas da clases de Historia (say no more!) en una secundaria, donde se interesa más de lo debido en sus compañeras de trabajo, en especial si son tan bonitas como Sheba Hart (Cate Blanchett), la nueva maestra de arte. Por su parte, Sheba es otro cliché ambulante, la hija de un destacado economista que acabó casada con un hombre bastante mayor que ella (Bill Nighy, de Underworld y Piratas del Caribe 2 y 3) tras una etapa adolescente de rebeldía punk. Es idealista, ingenua, trae arrastrando la cobija al alumnado y al personal docente de la escuela, abierta a las nuevas tendencias, generosa aunque con un dejo de narcisismo. Es todo lo contrario de Barbara. Voy a darle a la historia el beneficio de la duda y suponer que no hay ningún simbolismo en los apellidos de estas dos mujeres, Covett ("codiciar") y Hart ("corazón"), respectivamente.

Para contar cómo la fría Barbara se obsesiona, con evidentes tintes lésbicos, por la vulnerable Sheba, utilizando un secreto compartido para acercarse a ella, era suficiente con la presencia de dos actrices tan capaces como Dench y Blanchett. Al incorporar la narración, Marber enuncia con demasiada claridad algo que debería insinuarse. La interacción entre Sheba y Barbara ya es lo bastante clara como para añadirle el nivel extra de la voz en off, que termina por distraer y aporta muy poco. Barbara ya tiene varios diálogos donde su dicción aristocrática hace las veces de máscara para ocultar sus malos humores, no era necesario incluir fragmentos de su diario para señalar esto mismo. En Closer Marber ideaba un argumento de folletín y trataba de maquillarlo con situaciones escabrosas. Aquí pasa lo mismo. Escándalo saca a colación tópicos como el adulterio, el lesbianismo, el estupro, el clasismo, el estado de la educación pública en Inglaterra y el amarillismo de los medios de comunicación. Sin embargo, es evidente que no tiene nada nuevo qué decir sobre ninguno de ellos, más bien los acumula para fingir inteligencia. Incluso el conflicto principal es curiosamente inerte. Baste con decir que si mi hijo de 15 años estuviera tirándose a su maestra no me quedaría más que felicitarlo, y si la maestra se parece a Cate Blanchett le compraría un coche.

Todo esto lo filma Richard Eyre con la convicción de alguien que apenas está descubriendo la diferencia entre teatro y cine. Hay flashbacks tan explicativos como la voz en off, sobreactuación furibunda de Bill Nighy y Cate Blanchett en momentos clave, una trama que llega a la cúspide de la tontería en su incierto desenlace. Ya desde antes el desarrollo de la historia es titubeante, con los personajes escuchando conversaciones ajenas y espiándose mutuamente, como si estuvieran atrapados en una telenovela. La celeridad con la que se pasa de una secuencia a otra no impide que Escándalo sea tan aburrida como un partido de beisbol. Tal vez por eso el director le pidió a Philip Glass que disfrazara los defectos de su obra con una banda sonora que atrapa la atención del espectador. La música es tan mala que por momentos disfraza la pestilencia de este drama ramplón con acento británico.

El estilo de Philip Glass se adapta bien al cine formalista, abstracto, donde las imágenes llevan todo el peso de la película, como sucedía en Koyaanisqatsi y sus secuelas. En un drama doméstico como Escándalo su música está fuera de lugar. La banda sonora nunca se conforma con acompañar a los actores, subrayar algún gesto, dialogar con el encuadre. Se impone, manotea, le grita en el oído al espectador, hace a un lado al elenco y a la tramoya para adueñarse de la película. No contento con la hipérbole de la puesta en escena, Glass confecciona una vorágine de melodías que compiten entre sí para darle un nuevo significado a la frase sturm und drang. Violines desbocados, metales apocalípticos, maderas al borde de un ataque de nervios. La serenidad que Escándalo necesitaba para continuar la tradición del realismo inglés corrió a esconderse en cuanto sintió los nubarrones de la tormenta sonora elaborada por Philip Glass.

De todas formas vale la pena echarle un vistazo por la actuación de Judi Dench, cuya intensidad se amolda mejor a este tipo de relatos que a la inofensiva bobería de James Bond. Sólo recuerden ponerse tapones en los oídos y no tomarse el relato muy en serio. Aunque aspira a ser tragedia naturalista Escándalo es apenas un melodrama desencajado, más Douglas Sirk que Tony Richardson. Cómo alguien puede confundir esto con una película importante es algo que nunca entenderé, y sin embargo este tipo de cintas son las que suelen arrasar con los premios y las nominaciones.

Sitio Oficial:
www.foxsearchlight.com/NOAS/