Arte y Ensayo
El Ghetto
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
agosto 18, 2007
Este flojo relato de resistencia durante la ocupación nazi de Lituania podría complementar la ya abundante filmografía sobre el Holocausto con el caso de Vilna, donde el 95% de la población judía fue aniquilada durante la Segunda Guerra Mundial. Se presta para explorar el dilema de los judíos que colaboraron con los alemanes para ganar tiempo mientras los rusos retomaban el control del país. En su lugar, el director Audrius Juzenas parte de un guión del también dramaturgo Joshua Sobol para ejemplificar por qué hay que pensarlo dos veces antes de llevar una obra de teatro al cine.

Cuando la película empieza ya sólo quedan unos cuantos miles de judíos. En la vida real el proceso fue largo y requirió de la participación de cientos de soldados alemanes y colaboradores lituanos a lo largo de dos años. Para una obra de teatro es lógico que esto debe representarse con unos cuantos actores que simbolizen multitudes. Además Sobol aprovechó el caso real de un teatro que funcionó en el ghetto durante ese mismo periodo, desafiando a muchos judíos que encontraban digno montar "un teatro en un cementerio", para jugar con el metalenguaje, presentando una obra donde el espectáculo montado por los judíos para beneficio de sus captores alemanes se confunde con lo que el espectador contemporáneo está mirando. Al menos eso me imagino en base a lo que sobrevivió la transición al celuloide, que no fue poco.
Además, con una versión cinematográfica tan pobretona que el público puede llegar a pensar que los alemanes invadieron Lituania con sólo tres soldados, puede ser una decisión acertada enfocarse en un microcosmos de la ocupación, montando así un espectáculo digno en el que caben los dilemas que enfrentaron figuras históricas como Jacob Gens, jefe de la policía judía que los nazis pusieron a cargo de la vigilancia del ghetto. Claro que para hacer todo eso se necesita mucha habilidad y la audacia con la que otros cineastas han enfrentado el problema de fusionar el artificio del teatro, donde uno siempre está consciente de que está presenciando una representación, con la mirada mecanizada del cine, que tiene la posibilidad, que no obligación, de reflejar la vida cotidiana como ningún otro arte puede hacerlo.
En El Bebé de Mâcon Peter Greenaway optó por un hiperrealidad barroca, donde la reconstrucción histórica retaba las nociones contemporáneas de narración y autenticidad, regresando a las convenciones de los retablos dieciochescos. A los críticos de cine todo eso les pasó de noche, por supuesto, lo cual no impide que otros directores puedan seguir su ejemplo para fusionar diferentes tipos de representación. En el caso de El Ghetto, Audrius Juzenas pudo haberlo usado para confundir lenguaje y metalenguaje, forzando al espectador a tomar decisiones similares a las que atormentan a los personajes, incluso sugiriendo una posible identificación del público con Kittel, el comandante nazi que obliga a los judíos a montar sus obras. Sobra decir que lo anterior se presta para invocar el distanciamiento brechtiano, la cultura popular como foco de resistencia foucaultiano, entre otros tópicos de alto pedorraje intelectual.
Otra opción, también con su respectivo ejemplo cinematográfico reciente, era imitar al Lars Von Trier de Dogville y Manderlay, que conjugan diálogos y actuaciones naturalistas con una escenografía estilizada, combinación capaz de despertar el recurso menos utilizado por los directores de cine: la imaginación del espectador. Se puede aprovechar la experiencia teatral de los últimos milenios para recrear en el cine batallas y cataclismos, sin necesidad de millones de dólares ni animación computarizada, apenas con trapos viejos y un poco de ingenio. Este enfoque tiene el inconveniente de que el público actual, domesticado por George Lucas y Steven Spielberg, ya parece incapaz de participar en un espectáculo, prefiere deglutir una masa previamente pasteurizada, diseñada para hacerlos dormir sin sobresaltos.

Audrius Juzenas y Joshua Sobol quieren quedar bien con Dios y con el diablo, con la sobriedad de la típica película histórica y el sueño compartido del teatro. Obviamente se quedan como el perro de las dos tortas. El Ghetto no funciona como documento histórico por lo miserable de los presupuesto, que cancela de antemano cualquier ambición épica, por lo pobre de su puesta en escena, exacerbada por una edición torpe e inexpresiva, porque le mete el pie a sus actores obligándolos a hablar en inglés, aunque las numerosas canciones sí están interpretadas en sus idiomas originales, y finalmente porque hay demasiados personajes, los realizadores nunca deciden si están contando la historia de la cantante y el nazi, o la de Jacob Gens y su cargo de conciencia, o la del cómico y su ñoñísima asistente-marioneta, que nos remiten al infumable Alfonso Arau de Tívoli.
Tampoco funciona como teatro filmado porque una vez que Juzenas y Sobol hacen la finta de que la película va a ser objetiva ya no hay forma de regresar a los ardides del teatro. Tal vez si se estableciera una clara línea divisoria entre el escenario como espacio de ficción, como refugio frente a la insoportable crueldad del exterior, la película podría jugar en ambos frentes. Tal como está filmada las ocasiones en que los actores se permiten comportamientos extravagantes, que más allá del proscenio podrían ser trágicos o irónicos, contradicen los frecuentes actos de sadismo de los nazis y sus colaboradores. Esto ni siquiera se limita a las secuencias que transcurren dentro del teatro, donde podrían justificarse. El momento en que la cantante y el comandante de la Gestapo se encuentran en una calle vacía y fuman cigarrillos imaginarios, por ejemplo, es más bien tonta.
A pesar de todo eso, El Ghetto contiene algunas ideas interesantes. El comandante Kittel es un hombre culto, que toca el saxofón y el piano, sin que la película cometa el error de equiparar la habilidad musical con la integridad. Kittel es tan sádico como el resto de los nazis, aunque pueda sentirse atraído por una cantante judía. De igual forma, se le dedica una buena parte del metraje a Gens, incluso repitiendo las palabras reales con las que éste explicó por qué había colaborado con los nazis, aunque en la película esto se incluya en un discurso hollywoodesco, frente a un teatro repleto de judíos que le recriminan su proceder. Al menos las canciones son buenas, gracias a la participación de Judita Letaite.

