Arte y Ensayo
Después de la Boda
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
septiembre 2, 2007
Hay que tener hígado para soportar el cine "de calidad". Este melodrama nórdico, además de estar cortado con la misma tijera que los bodrios dizque artísticos maquilados en Estados Unidos, Inglaterra y Francia, demuestra que las buenas actuaciones no pueden inyectarle realismo a un espectáculo tan rimbombante como el más deschavetado engendro hollywoodense, confirmando de paso que al movimiento Dogma urge enterrarlo porque ya empieza a apestar.
Después de la Boda, trailer en inglés
De la filmografía previa de Susanne Bier solamente conozco Verdades Ocultas (Brødre, 2004), aunque en mi descargo quisiera señalar que de las películas firmadas por ella y editadas en México la única que se me pasó fue A Corazón Abierto (Elsker Dig For Evigt, 2002). Dado mi desprecio por todo lo que huela a Dogma no esperaba gran cosa de Verdades Ocultas y me sorprendió encontrar ahí un drama que sabía hasta donde llegar para conmover al espectador, encubriendo lo improbable de sus situaciones con honestidad emocional y sobriedad formal, sin forzar demasiado las cosas. Los momentos en que los personajes perdían la compostura y se dejaban arrastrar por sus sentimientos estaban sabiamente dosificados a lo largo de un relato bastante sencillo, que incluía sólo aquellos acontecimientos que eran estrictamente necesarios para sostener la estructura dramática de la cinta.
Por desgracia esa discreción se pierde en Después de la Boda. Al menos el arranque goza de una ambigüedad que desafía los prejuicios del espectador, particularmente de los militantes de la izquierda moralista que son el público tradicional de este tipo de cine. El contraste entre el humilde Jacob (Mads Mikkelsen), danés que reside en la India para supervisar el funcionamiento de un orfanato, y el ricachón Jørgen (Rolf Lassgård), sueco expatriado en Dinamarca (detalle que puede pasar inadvertido para las audiencias que no sepan distinguir entre el acento nativo de Jacob y el extranjero de Jørgen) y posible benefactor de los huerfanitos de Bombay, es rápidamente cuestionado por la directora, con la misma voluntad para estropear ideas preconcebidas que ya había exhibido en Verdades Ocultas, donde los roles de un par de hermanos, uno responsable y el otro delincuente, se invertían tras la ausencia de uno de ellos. Para el espectador atento pronto queda claro que Jacob no es el santo que podría suponerse y que Jørgen tampoco es el cerdo capitalista que interpreta ante los demás.
Este equívoco, cargado de posibilidades, pronto se hace un lado para dejarle el campo libre al melodrama. Leyendo reseñas y comentarios de otras personas encuentro que muchos de ellos se sorprendieron por las revelaciones de la boda del título, donde Anna, la hija de Jørgen, se casa contra el ambicioso Christian. No pude compartir su asombro porque adiviné, con una certeza que ya quisiera El Vidente, todos y cada uno de los secretos que la película le tenía reservados al público. A decir verdad me cuesta trabajo entender cómo un espectador experimentado, como debe ser un crítico profesional o en su defecto el aficionado que participa en foros de discusión, puede pasar por alto detalles tan significativos como el sigilo con el que uno de sus personajes revisa el contenido de una caja fuerte, tan obvio como las mirada que intercambia Jacob con una mujer al llegar a la iglesia. Son el tipo de cosas que en los antiguos melodramas hollywoodenses (y para no ir tan lejos, mexicanos) invariablemente anuncian una escena posterior donde los personajes se enfrentan entre sí, con diálogos llenos de reproches y un diluvio de lágrimas. ¿Por qué entonces Después de la Boda agarró desprevenido a su refinado público? No lo comprendo.
De hecho, el guión firmado por Susanne Bier y Anders Thomas Jensen (considerado por muchos daneses un escritor de quinta por lo rebuscado de sus diálogos, característica muy difícil de juzgar para los que no hablamos el idioma) es de una particular torpeza a la hora de establecer un paralelo entre la situación actual de Jacob y la de Christian, quien carece de cualquier rasgo que no le permita remedar burdamente los pecados juveniles del protagonista. No bien se conocen y Christian ya está actuando como ningún ejecutivo arribista lo haría frente a un probable socio de su jefe, sólo para que hasta el más lerdo de los espectadores pueda presentir que mamá gallina tenía razón: él no es un buen yerno y sólo hará sufrir a la ingenua Anna, predicción que por supuesto se cumple con exactitud cronométrica en una escena que al parecer dejó boquiabiertos a los asiduos al cine europeo. No me pregunten por qué.
Después de la Boda, trailer doblado al baturro
La escasez de ideas se extiende a la puesta en escena. Con el pretexto del realismo todo lo que hacen los actores se filma con cámara en mano, en obstinado medium shot apenas roto por un fugaz plano general que nos muestra a Jacob en un restaurante de Copenhagen o un travelling desde un auto en movimiento que nos deleita con la miseria de Bombay. Por alguna razón inescrutable Susanne Bier interrumpe su rutinaria narración con frecuentes acercamientos a los ojos de todo el elenco, incluyendo un zorro muerto. Es sabido que los ojos son la parte más inexpresiva del rostro, por sí mismos son incapaces de reflejar cualquier pensamiento o estado de ánimo, y aunque la historia del arte los haya dotado de un extenso simbolismo la fijación ocular de Susanne Bier en Después de la Boda es el aspecto más superfluo de la película. Seguramente alguien mandará un mail para explicarme que los ojos son "las ventanas del alma" o alguna cursilería por el estilo. Si me convencen reescribo el párrafo.
El movimiento Dogma siempre me ha parecido una excusa para la falta de creatividad de sus adherentes. Más se tardaron en fijar sus reglas que en romperlas ante la imposibilidad de prescindir de la mayoría de los elementos generados por cien años de cine. Después de la Boda sigue con esta tendencia, al disponer de una banda sonora que contiene una rola de Sigur Rós y sobre todo de una desvergonzada vocación melodramática: durante toda la proyección yo estaba seguro de que en cualquier momento iba a salir Libertad Lamarque para reventarse un tango y llorar a moco tendido. De la camisa de fuerza que era Dogma sólo queda un harapo inmundo. Se trata del hinchado, fétido, canceroso sentido de superioridad moral que sus adeptos esgrimen para defenderlo. Según ellos este tipo de cine es preferible al que se hace en Hollywood "porque es diferente". Cuando se les pide una explicación más puntual se quedan sin argumentos y proceden a enumerar virtudes invisibles de tan abstractas: pureza, integridad, compromiso, veracidad. No nos engañemos, Después de la Boda es tan artificial como Transformers. Ambas cintas consisten en un grupo de actores debidamente disfrazados representando algo que nunca existió. Una vez aceptado esto, la diferencia entre ellas se vuelve superficial y en ese sentido es obvio cuál de las dos es superior. Mientras no me demuestren lo contrario seguiré pensando que la principal aportación escandinava al cine es la pornografía.
Sitio Oficial:
www.aftertheweddingmovie.com
