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El Viaje Hacia el Mar
EL VIAJE HACIA EL MAR
Dirección
:
Guillermo Casanova
Guión:
Guillermo Casanova, Julio César Castro, basado en el cuento homónimo de Juan José Morosoli
Producción:
Natacha López
Fotografía:
Bárbara Álvarez
Música:
Jaime Roos
Edición:
Santiago Svirsky
Con:
Hugo Arana (Rodríguez), Diego Delgrossi (Rataplán), Julio César Castro (Siete y Tres, Diez), Julio Calcagno (Quintana), Héctor Guido (Vasco), César Troncoso (El Desconocido), el perro Aquino
Uruguay, 2003, Lavorágine Films, 78 min.

Otras opiniones:


Arte y Ensayo

El Viaje Hacia el Mar

Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
septiembre 21, 2007

La contraparte diurna de la soporífera Whisky llega a nuestras pantallas. Los bostezos están asegurados. El Viaje Hacia el Mar puede entenderse como la respuesta a la pregunta de un masoquista: ¿cuántos matices de aburrimiento puede albergar una película de apenas 78 minutos de duración? Si la intención del director Guillermo Casanova era imponer un nuevo récord mundial entonces lamentablemente se quedó corto. El campeón sigue siendo Tsai Ming-liang con su insoportable Adiós, Dragon Inn, que se supone dura más o menos lo mismo, aunque según mi reloj biológico su tiempo de proyección es de al menos ocho horas. Es más, creo que todavía no se termina y eso que la empecé a ver hace un par de años.


El Viaje Hacia el Mar, conversaciones fascinantes

Lástima, Guillermo. Tantos esfuerzos para elaborar un guión que no contenga ni siquiera un parlamento simpático o con algún apunte sobre la sociedad uruguaya que a alguien pueda importarle un carajo. Cuántas horas recorriendo tu país para encontrar las locaciones perfectas para dejar en coma al espectador, campos tan desolados donde las vacas ni siquiera se ven, sólo se oyen, donde el momento más emocionante es cuando los protagonistas se encuentran a un campesino que les informa dónde pueden recoger agua, casi sin decir palabra, sólo señalando con el dedo. Tantas noches en vela cavilando el método ideal para despojar a la película de todo aquello que pudiera hacerla graciosa, profunda, informativa o triste, hasta obtener una papilla abúlica, un caldo aguado de hastío e indiferencia.

De nada sirvieron los esfuerzos de tus actores, gesticulantes algunos, empalagosos los otros, tan apáticos que uno espera el momento culminante cuando aparezca un psiquiatra en escena para diagnosticarles depresión clínica. No fue fácil hallar estereotipos que se desvanezcan tan rápido de la memoria. Ahí está por ejemplo el vejete repelente apodado "El Siete y Tres, Diez" de luenga cabellera, bigotes marchitos, calcetines guindas y perrito atado con un lazo. O el infantiloide Rataplán, con calva prematura, sonrisa mongoloide, ínfimo vocabulario que encuentra en el monótono "rom pom pom pom, rom pom pom pom" de su vocación percusionista una fastidiosa vía de escape. El cuadro lo complementan un sepulturero amargado, el dueño del camión que los transporta a todos a la costa y su chalán, apodado el Vasco, con boina atornillada en la cabeza. Sin olvidar, por supuesto, al enigmático sujeto que se les une en el viaje, sin que sepamos a qué se dedica y sin que a nadie le importe.

Le echaste ganas, Guillermo, de eso no hay duda. Esos eternos travellings siguiendo el deambular de los personajes, cuando se podría lograr lo mismo con un sencillo corte directo. Los planos secuencia siempre atentos a las ñoñas conversaciones de los protagonistas, donde cualquier pensamiento original tendría que abrirse paso a codazos entre una multitud de lugares comunes. Lo reiterativo de las situaciones, calibradas para impedir que alguien rompa con el ritmo adormilado de la cinta, advierten al público que el desenlace será decididamente anticlimático y la promesa se cumple, al grado que la cinta podría llamarse Viaje Hacia Ninguna Parte. Con todos esos puntos a favor, ¿qué te impidió igualar a Tsai Ming-liang? Me parece que tu error fue permitir que tus actores tomaran la palabra. Lo que dicen es intrascendente, pero no hay nada como guardar un empecinado silencio para sacar de sus casillas al más paciente de los espectadores. Donde más se acerca Guillermo Casanova a este grado zen de hartazgo es en la siguiente escena:


El Viaje Hacia el Mar, emoción sin límite

Notarán que las imágenes son tan inexpresivas, la edición tan morosa, que la alegre música de fondo adquiere rasgos espectrales, como si fuera apenas el recuerdo de un rato agradable ahuyentado por la aplastante nimiedad de lo que ocurre en pantalla. Guillermo Casanova tuvo mucho cuidado en evitar los defectos de cintas como El Cielo Dividido, donde el guión es igual de minimalista y sin embargo el tedio se esfuma ante al estupendo sentido estético de Julián Hernández, quien obtiene una gran elocuencia a partir de una casi total falta de diálogos. En el caso de El Viaje Hacia el Mar la fotografía es admirablemente plana, los paisajes anodinos, el conjunto tan soso que podría desesperar a Job. Cualquier razón que podría existir para ver la película fue estirpada por el director con precisión quirúrgica, dejando sólo un insípido desperdicio de celuloide. Si todo lo anterior no alcanzó para abollarle la corona a Tsai Ming-liang es preciso recordar que ocupar el segundo lugar tampoco es deshonroso. Sólo me resta desearle lo mejor a Guillermo Casanova en su búsqueda por el campeonato y pedirle que no deje de avisarme cuando se estrene su siguiente película. Para no verla jamás.

Sitio Oficial:
www.elviajehaciaelmar.com/