Arte y Ensayo
Sicko
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
octubre 14, 2007
Mucha gente cree que los documentales deben decir la verdad de forma imparcial, limitándose a registrar los hechos. Esto es falso. En realidad la finalidad de los documentales es detallar las opiniones de quienes participan en ellos, tratándose de las películas donde se incluyen entrevistas, o las del realizador, a través de un narrador o simplemente al seleccionar las escenas que aparecerán en pantalla. Los documentales, por lo tanto, deber ser entendidos como ejercicios de retórica y ya es una perogrullada señalar que Michael Moore es un polemista consumado, hábil en el uso de la ironía y la hipérbole para persuadir a su auditorio.
Trailer de Sicko
De ahí la falta de estadísticas y la preferencia por las anécdotas para ilustrar las carencias del sistema de salud norteamericanos, la comparación entre los hospitales de Estados Unidos y los de países como Inglaterra y Francia, además de las perennes críticas a la administración de George Bush. Es difícil clasificar a Sicko como documental de denuncia cuando lo que narra ya es bastante sabido. El alto costo de las medicinas y los abusos de las aseguradores han sido tema frecuente de los reportajes gringos, lo que Michael Moore aporta es un sentido de indignación que lo distingue de muchos periodistas y una contundencia en la exposición de la que carecen los estudios académicos al respecto. En ocasiones, como buen populista, se le pasa la mano, es tan impetuoso que le da argumentos a sus opositores, se resiste a cederle el podio a otros oradores y recurre a la metáfora fácil para desarrollar sus ideas.
Síntoma de lo anterior es usar el manido Adagio de Barber como vía de acceso al pathos, acentuando hasta la obviedad lo conmovedor de algunos casos. Igual de elemental es el sarcasmo en la letra de las canciones pop que acompañan algunas imágenes, burlándose de algunos personajes de suyo indefendibles, como algunos congresistas que brincan alegremente de las comisiones que supervisan el sistema de salud público a las aseguradoras que se benefician del mismo. En los últimos treinta minutos Moore no puede resistir la tentación de comparar la indiferencia del gobierno norteamericano hacia los voluntarios que colaboraron en las labores de rescate el 11 de septiembre de 2001 y el cuidado que reciben los prisioneros de Guantánamo. Es evidente que las autoridades cubanas aprovecharon el caso para hacerse publicidad a costa de los gringos, pero tampoco se puede negar que uno de los principales logros del régimen de Fidel Castro fue mejorar los servicios de salud, junto con la educación y el deporte (del resto mejor ni hablamos). El agradecimiento de los norteamericanos hacia los doctores cubanos que los atienden no necesita más adornos y sin embargo Moore incluye una escena innecesaria donde un grupo de bomberos les rinde un homenaje.
Igualmente superfluo de parte del director es mencionar cómo se enteró de que uno de sus más enconados detractores, el webmaster de Moore Watch, tendría que cerrar el sitio debido al delicado estado de salud de su esposa. En la penúltima escena Michael Moore menciona este caso y señala que le donó varios miles de dólares de forma anónima para que el sitio siguiera funcionando. Un cínico podría decir que lo hizo porque conoce bien el valor de la publicidad negativa. Es cierto que Moore no aparece tanto a cuadro como en sus películas anteriores y que el manejo del humor es más discreto, aunque también se reserva una amplia sección a la mitad de la cinta, donde recorre los hospitales de otros países fingiendo sorprenderse ante los beneficios de los servicios estatales, y por otra parte tampoco es fácil hacer chistes a propósito del cáncer terminal.
Pese a la seriedad que el tema le impone, Michael Moore se las arregla para encontrar varios momentos divertidos, algunas veces usándolos para evitar que su discurso se vuelva demasiado deprimente, y otras para subrayar algún aspecto que le parece importante sin limitarse a repetir las palabras de sus entrevistados. La mayoría de las personas que aparecen a cuadro son personas normales, pacientes o doctores que no ocupan cargos importantes y están ahí para ilustrar el funcionamiento normal de cada sistema. La excepción es Tony Benn, político inglés que tiene la oportunidad de explayarse sobre el poder de la democracia y la sutil opresión del ciudadano común en las sociedades modernas. A continuación, Moore retoma los conceptos de Benn, ilustrándolos con imágenes de archivo a las que se les da un sentido irónico y que de esta manera adquieren una importancia mayor de la que otro especialista les asignaría, como puede verse en el siguiente fragmento de la película:
Escena de Sicko
En esa escena puede verse uno de las características que los adversarios de Michael Moore no se cansan de señalar: el gusto por la simplificación. En Sicko se pasan por alto las condiciones que deben darse para que un sistema de salud como el que desea Moore pueda funcionar adecuadamente, mismas que tienen que ver con la situación demográfica y fiscal de cada país. Ahora bien, lo que resulta frustrante de los documentales de Moore es que si admitiera estas objeciones desde un principio estaría en mejor posición de responder a sus críticos desde la misma tribuna que ya tiene. Con sólo mencionar estos puntos de vista contarios, sin ridiculizarlos, estaría en una mejor posición para llegar a un público más amplio. Ciertamente algunas de las críticas que se le hacen a Michael Moore son triviales. La falta de datos duros es algo que comparten otros documentales (La Verdad Incómoda, para no ir más lejos) y otros directores son igual de tendenciosos aunque, eso sí, más discretos. Además, hay un resabio patriotero en muchos de los reclamos, como que a muchos gringos les cuesta trabajo creer que no viven en el mejor país del mundo.
Sitio Oficial:
www.sicko-themovie.com
