Arte y Ensayo
"Yo, Pierre Rivière, Habiendo Degollado a mi Madre, mi Hermana y mi Hermano..."
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
octubre 20, 2007
Con esas palabras empieza el texto donde el asesino explica las causas del triple homicidio, cometido el 3 de junio de 1835. Por su lucidez la confesión desafía a los expertos, a los juristas que encaramados en su retórica califican de loco sanguinario al apocado joven, a los psiquiatras que buscan en vano alguna lesión cerebral que explique su comportamiento. Las opiniones de los especialistas se cancelan mutuamente, la pena de muerte se le conmuta a cadena perpetua y Rivière se suicida en su celda pocos años después. Un siglo y medio más tarde el filósofo Michel Foucault se interesa por el caso, organiza un equipo de investigación y publica en 1976 una recopilación de los documentos relacionados con los asesinatos.

Claude Hébert en "Yo, Pierre Rivière..."
Para Foucault la figura histórica de Pierre Rivière era el ejemplo inmejorable de sus ideas sobre el poder ejercido por el discurso racionalista y los límites del conocimiento. En su confesión este campesino apenas letrado expone sus motivos con una claridad que desconcierta a los científicos en una época donde los ideales de la Ilustración comienzan a ponerse en práctica. Para preservar la aporía el libro de Foucault se limita a reproducir los textos originales: la confesión escrita por Rivière, las actas judiciales, el dictamen de los médicos alienistas, las notas periodísticas que magnificaban el estupor del público francés contemporáneo. A su vez la película de René Allio es una escueta ilustración del libro.
Allio se identifica con la actitud contestataria de Foucault, la voluntad de restituirle una voz propia a los excluidos. Por tal motivo evita la dramatización del cine histórico tradicional y en su lugar repite la estructura del libro, donde las diferentes versiones -la de Rivière, la de los especialistas, la de los campesinos que lo conocieron desde niño- se presentan una tras otra, sin privilegiar a ninguna de ellas como la verdadera. La primera imagen, sobre la que aparecerán los créditos, es la de una barda que separa dos huertas en el territorio normando donde vivió Rivière, cuyo naturalismo choca con la banda sonora, donde se oyen los preparativos de la audiencia que intenta darle a los hechos un sentido legal. A continuación la cámara se enfoca en la fogata de un humilde hogar, retrocediendo para mostrar los tres cadáveres en el piso. Los vecinos se acercan a la vivienda para confirmar el crimen, siendo mostrados desde el punto de vista de las víctimas, e inmediatamente después se repite la imagen de los cuerpos tendidos.
Esta reiteración será una constante a lo largo de toda la cinta. Para dilucidar el crimen será necesario regresar una y otra vez a los mismos acontecimientos, incluso el sentido de algunas escenas quedará incompleto hasta casi concluida la película. Usando una técnica similar a la de Fritz Lang en M, donde se retrasaba lo más posible la aparición del asesino, durante varios minutos Allio apenas deja entrever a Pierre Rivière, reflejado en un estanque, visto de espaldas mientras huye de la escena del crimen, alejándose de una mujer que lo reconoce en un poblado cercano, finalmente capturado por un oficial que se rasuraba en su casa cuando vio por la ventana a un sujeto que actuaba de forma extraña, tratando de cazar pájaros con un arco improvisado, situación que en la cinta se retrata desde el interior de la vivienda, sin cortes ni reposicionamientos de la cámara que permitan observar la aprehensión en detalle.
Esta negativa a seguir las reglas de la narración convencional le da a la cinta un efecto de distanciamiento que es lo más cerca que el cine ha estado de las teorías estéticas de Bertolt Brecht, quien deseaba inaugurar un teatro que le negara al público su deseo escapista y que lo obligara a confrontar los problemas sociales de su tiempo. De esta forma, para recalcar el carácter íntimo de la versión de Pierre Rivière, Allio pasa súbitamente de un lenguaje cinematográfico convencional a un estilo que rompe con la puesta en escena acostumbrada. Cuando Rivière es llevado a una celda donde ya está todo preparado para que escriba su confesión la escena se desarrolla sin sobresaltos, los actores entrando a la habitación en un plano general, un acercamiento a las manos de Rivière mientras éste comprueba la calidad del papel, etc. Dicha secuencia se interrumpe para que Rivière mire a la cámara y pronuncie las palabras que corresponden al primer párrafo de la confesión.

Joseph Leportier y Jacqueline Millière en "Yo, Pierre Rivière..."
Una escena anterior ya mostraba el interrogatorio inicial de Rivière en un plano secuencia que iba del inculpado, con la cabeza agachada mientras escuchaba las acusaciones en su contra, hacia el juez encargado de procesarlo, pasando lentamente por el secretario que registraba la deposición, por los libros que legitimaban el mecanismo de la justicia estatal y por los muebles que enunciaban la disparidad entre los funcionarios públicos y el apocado campesino que respondía a las preguntas con evasivas plagadas de religiosidad popular. Según este primer encuentro entre la autoridad y el matricida Rivière sería una especie de iluminado, un tipo que afirmaba haber actuado por orden de Dios y que justificaba sus crímenes argumentando que sería recompensado con el paraíso. El mismo plano secuencia acompaña a esta conversación, examinando los cuadro que adornan el despacho del juez y negando sutilmente la veracidad de esta versión. El contraste entre ambos enfoques, el de la cámara que recorre cada rincón del cuarto, indiferente a la disertación teológica de Rivière, y el del actor dirigiéndose al público, con las palabras que aún hoy desafían la comprensión, subraya la diferencia esencial entre ambos discursos.
Igual de interesante es la forma en que se recrean los conflictos familiares que según Pierre Rivière lo orillaron al crimen, y que forman la mayor parte del libro. Con la intención de respetar la especificidad de los campesinos normandos que protagonizaron el crimen a principios del siglo XIX el elenco está integrado en su mayoría por habitantes de la misma región donde sucedió el crimen, sin experiencia previa en la actuación. La excepción son aquellos intérpretes encargados de representar a los jueces y otros funcionarios, obteniendo así un microcosmos del caso original. Sin hacerlo explícito y distraer la atención del espectador, se menciona la forma en que el nuevo código legal amenazaba las costumbres ancestrales de los campesinos. Hay una fina ironía en la minuciosidad con la que se escenifican los pleitos entre la familia de Pierre Rivière, que habrían pasado inadvertidos para la Historia de no ser por el triple asesinato, y el parco veredicto de los más renombrados especialistas franceses de la época, fotografiados en un plano tan alejado que es imposible adivinar sus rostros.
Por último, destacar el ingenio con el que resuelve el bajo presupuesto para una cinta de reconstrucción histórica. No hay mayor problema para filmar la vida en una aldea normanda del siglo XIX, la condición cotidiana de casi todos los hechos aquí presentados le facilita las cosas a los realizadores. No obstante, hay momentos en que es indispensable abundar en el contexto cultural de Pierre Rivière, producto de lecturas que podrían suponerse fuera de su alcance, y esto se logra de una manera tan sencilla como efectiva: con ilustraciones provenientes de libros que datan de la época y que Rivière pudo haber conocido.
