Arte y Ensayo
No Quiero Dormir Solo
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
diciembre 10, 2007
El bajo nivel de la Muestra Internacional de Cascajo queda de manifiesto con este nembutal firmado por Tsai Ming-liang. La Muestra es doblemente inútil desde el momento en que incluye con gran ceremonia las sobras que le sueltan las distribuidoras, todas las películas que ahí se presentan ya tienen asegurado su estreno comercial a lo largo del año próximo y no hay ninguna razón para mirarlas ahora en el marco de la muestra. Pero siempre hay ingenuos que apenas ayer descubrieron el cine, todavía leen a Nelson Carro y creen que las cintas ahí programadas tienen algo especial. A ellos hay que advertirles que No Quiero Dormir Solo es una de esas obras que "invitan a la reflexión", que en el idioma de los críticos significa "lleven una almohada, es aburridísima".
Trailer de No Quiero Dormir Solo,
no apto para cardiacos
Voy a esperar unos minutos para que se calmen tras presenciar los vertiginosos avances de la cinta.
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Ya sé que para muchas personas Tsai Ming-liang es un genio y No Quiero Dormir Solo una obra maestra. En mi opinión el director es un farsante de la talla de Carlos Reygadas, hábil únicamente para estafar a crédulos organizadores de festivales y darle gusto a los espectadores que asisten a sus funciones convencidos de antemano que están a punto de presenciar algo sublime. Por desgracia hay personas que piensan que es suficiente con que una película sea distinta a los espectáculos hollywoodenses para que califique como obra de arte, sin ofrecer mayores argumentos más allá de algunas frasecitas de cursilería arjonesca, alabando el supuesto retrato de "un mundo que ha perdido el corazón pero que sabe reencontrarlo en los pequeños gestos, sugiriendo una esperanza". Sí, claro, y si el Norte fuera el Sur Jesús es verbo y no sustantivo que hay pingüinos en la cama por el hielo que provocas.
Otros elaboran textos ligeramente más convincentes. Daniel Kasman, por ejemplo, se detiene en lo que él percibe como la ternura y la solidaridad de un cineasta que prefiere explorar la relación entre sus personajes en su nivel más primario, el del contacto físico. Claro que para abordar así las glaciales y soporíferas barrabasadas de Tsai Ming-liang es necesario privilegiar el contenido sobre su presentación formal, justo lo contrario de la manera como yo entiendo el cine. Para mí no puede tener nada de interesante una película donde la cámara nunca se mueve, sin diálogos, donde cada toma dura en promedio un minuto (hay algunas de veinte segundos y otras que llegan a los tres minutos) con la finalidad de mostrar los aspectos más triviales de la vida cotidiana en todo su esplendor (un tipo acomodándose en la cama, una ñora maquillándose), teniendo como música de fondo alegres melodías de Bollywood que sólo sirven para recordarle al público que se aburre porque quiere.
La monotonía de la película se duplica por la insistencia del director de colocar a sus personajes en escorzo (en diagonal con respecto a la cámara) ya que la inmovilidad del encuadre lo obliga a apoyarse demasiado en la profundidad de campo. Por eso hay tantas imágenes de los personajes recorriendo pasillos que se extienden hacia el fondo de la pantalla, o subiendo una escalera cargando un colchón mientras un tipo ronca en primer plano. Lo peor es que en el momento culminante del esmirriado relato, cuando alguien se acerca al protagonista y le acerca una lata al cuello con la intención de rebanarle el pescuezo, Tsai Ming-liang se desentiende de las reglas que él mismo había establecido hasta ese momento y narra lo que pasa a continuación con un rutinario campo / contracampo: vemos a Hsiao-kang desde el punto de vista del que lo despierta y en seguida hay un corte para que la cámara adopte la perspectiva del bello durmiente, alternando varias veces entre ambos encuadres durante un par de minutos. ¿Por qué en esta escena sí se vale el lenguaje cinematográfico tradicional y en el resto de la cinta no? Pregúntenle a Tsai Ming-liang.
Hay una película de 1979 dirigida por Hal Ashby, titulada Being There y estelarizada por Peter Sellers, que me parece la metáfora ideal para el cine de Tsai Ming-liang, Carlos Reygadas, Manoel de Oliveira, etc. Ahí Sellers interpretaba a un jardinero bonachón y un tanto retarded que salía de la casa donde había trabajado toda su vida, sin tener contacto con el exterior fuera de lo que veía en la tele, y que era recibido por la alta sociedad norteamericana como un hombre de ideas geniales con posibilidades incluso de ser presidente, todo porque a cada pregunta que le hacían invariablemente respondía con algún consejo sobre el cuidado de las plantas, lo que era entendido por sus nuevos amigos como un aforismo inescrutable. Creo que pasa lo mismo con estos directores. Sus fanáticos saben (no creen, saben) que cada fotograma que ellos producen está cargado de simbolismo y se presta a cualquier interpretación, aunque en realidad estos tipos no tengan nada que decir.
Confirmo mis sospechas leyendo un texto de Ryland Walker Night que dice más o menos así: "Me atraen las películas que no puedo conocer completamente, de la misma forma en que yo no puedo conocerme completamente. Los misterios siempre eclipsarán el conjunto. El deleite llega cuando, en un instante, podemos sublimar esa lógica, y sentir el todo, aunque sea oblicuo, en fragmentos. Es por eso que no puedo desechar el trabajo de Tsai: mi diálogo con él continuará. (...) Por eso agradezco la obra, y nuestro mundo, y todos los misterios inherentes que abundan a plena luz o lejos de nuestra vista". Si la mamonería doliera Ryland estaría en terapia intensiva. Pregúntome: ya que le interesan tanto los misterios ocultos, ¿por qué no agarra un libro de filosofía y deja que el cine cumpla su función de simple entretenimiento? La abstracción a la que él se refiere puede expresarse mucho mejor por medio de la palabra escrita, intentarlo con imágenes sólo puede provocar bostezos.
