Arte y Ensayo
La Vida en Rosa
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
febrero 25, 2008
¿Hay algún género cinematográfico más inútil que la biografía reverente? Sus virtudes pueden enumerarse de la siguiente manera: muchos recursos y pocas ideas, ritmo cansino, escenografía que no deja ver a los actores, contexto histórico de primero de primaria, al menos media hora de relleno, histrionismo desmecatado, un regusto moralista tipo Behind the Music de VH1 y sobre todo la sensación de que uno está perdiendo el tiempo cuando podría dedicarlo a un documental sobre el mismo tema, o mejor aún a repasar la obra del homenajeado. Gracias a la actuación de Marion Cotillard La Vida en Rosa es preferible a Ray, Walk the Line o Pollock, pero sigue siendo una biografía reverente.

Marion Cotillard en La Vida en Rosa
Por desgracia la imaginación popular se niega a desechar el estereotipo del artista atormentado que surgió en el siglo XIX. De ahí lo repetitivo de este tipo de películas, que invariablemente nos deben hablar de un actor/cantante/pintor que soportó una infancia difícil, triunfó gracias a su talento y tuvo una muerte prematura a causa del alcohol, las drogas, un avionazo, etc. A eso hay que añadirle la confusión popular que existe entre imitación y actuación. Hay demasiados espectadores ingenuos, incluyendo a muchos críticos de cine, que suponen que no hay trabajo más difícil para un actor que repetir los gestos de algún famoso. Si eso fuera cierto Carmen Salinas sería la mejor actriz del mundo. Para acabarla de fregar un director que acepta un proyecto de éstos debe enfrentarse con una serie de factores que le dificultan el trabajo. El abultado presupuesto lleva a la necesidad de mostrar cada centímetro cuadrado de la escenografía y el vestuario, el respeto debido al personaje en cuestión con frecuencia se traduce en acartonamiento, el impulso narrativo sucumbe ante la acumulación de anécdotas.
Tal vez por eso Olivier Dahan eligió una estructura poco usual para llevar a la pantalla la melodramática vida de Edith Piaf. Tras el arranque patético de rigor, con la protagonista derrumbándose en un escenario de Nueva York en 1959, el guión regresa en el tiempo para mostrar cómo Edith pasó su infancia en un burdel, y esta temprana miseria se contrasta con su etapa adulta, cuando Piaf ya es famosa y está rodeada de admiradores que le perdonan sus groserías, sus adicciones y sus berrinches. Algunas personas se han quejado que esta estructura hace que La Vida en Rosa sea confusa, lo que me hace pensar que se confunden muy fácilmente, pues la historia acompaña a Piaf en su carrera de una manera bastante clara y los flash forwards sólo complementan la idea central. La película avanza y retrocede en el tiempo para mostrar cómo el origen callejero de la cantante marcó su personalidad incluso cuando ya era una figura consagrada. Ésta difícilmente es una observación perspicaz y por eso la técnica parece gratuita hasta la última escena, cuando Piaf en su lecho de muerte recuerda un par de momentos de su infancia y juventud que en la yuxtaposición alcanzan una intensidad emocional que las dos horas anteriores logran sólo esporádicamente.

La infancia de Edith Piaf según La Vida en Rosa
Dahan se permite un par de audacias formales que hacen un poco soportable lo que es en esencia un drama hollywoodense. Una es el Nueva York un tanto felliniano, todo luces y rascacielos, donde Piaf conoce al boxeador Marcel Cerdan, el amor de su vida pese a ya estar casado. La otra es omitir el sonido cuando la cantante se presenta en público tras un largo aprendizaje con Raymond Asso, el responsable de mejorar su dicción y descubrir su estilo interpretativo. Para llegar a estos hallazgos es necesario atravesar un compendio de los lugares comunes del biopic más rutinario. Uno de los más molestos es el uso constante de planos secuencia y travellings, más para competir con los derroches escenográficos de Hollywood que por alguna razón expresiva. Es cierto que una de las mejores escenas utiliza este recurso, cuando Piaf recibe una noticia devastadora y la cámara la acompaña mientras sus amigos tratan de consolarla, pero se trata de una excepción en una cinta que recurre siempre al trazo grueso y en todo caso el mérito le corresponde a Marion Cotillard, quien siempre encuentra algo de verdad en un personaje que tiende a la caricatura.
Poner a un actor de treinta años a interpretar a un anciano casi siempre es una invitación al desastre, entre las plastas de maquillaje y la falta de experiencia es más que suficiente para hundir cualquier película. Por eso sorprende lo convincente que está Cotillard cuando debe interpretar a Edith Piaf a los 47 años, cuando la cantante representaba al menos 70. No es sólo el maquillaje, que por fin tiene la calidad para que el actor realmente envejezca, sino la manera en que Mario Cotillard adopta el lenguaje corporal de una persona mayor sin perder la dignidad en el proceso. El guión de Dahan es lacrimógeno a más no poder pero es en los pequeños gestos donde la actriz encuentra la oportunidad de distinguirse, en el reproche furtivo que le hace al "amigo" que le quita casi todo el dinero que acaba de ganar en el cabaret de Leplée o en la sonrisa de satisfacción cuando un compositor primerizo toca al piano "La Vie en Rose". Son esos detalles, y no los aspavientos ni los berridos, lo que da la medida de un buen actor.
Trailer de La Vida en Rosa:
Sitio Oficial:
www.tfmdistribution.com/lamome/lamome.htm
