Cine Mexicano
El Morro
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(abril 8, 2007)
El agotamiento del videohome de narcos le abre paso a nuevas vertientes. Si el género ya había retomado las películas de acción de los 70, cuyos máximos exponentes fueron los hermanos Almada, contentándose en la mayoría de los casos con imitar la fórmula, era obvio que en algún momento la repetición de personajes y argumentos iba a terminar por hastiar al público. Queda entonces abierta la posibilidad de contar otro tipo de historias sobre un tema que está más vigente que nunca en la realidad del país y El Morro es una muestra de ello.
Desde el principio queda claro que no se van a repetir los tópicos tantas veces vistos ya. En lugar de las planicies desérticas del norte estamos en el sureste tropical, la tambora está ausente de la banda sonora y le cede su sitio a diversos ritmos de estirpe afrocubana, la fotografía plana que abarata tantos videohomes es reemplazada por una luz crepuscular que inundará todo el relato. No son las únicas diferencias entre El Morro y los típicos rosarios de mentadas y balazos entre sombrerudos. El elenco está integrado en su mayoría por debutantes, excepción hecha de Roberto Ballesteros y Ernesto Yáñez como capos de la droga enfrentados entre sí. Tampoco se interrumpe la acción para meter con calzador números musicales, las diferentes canciones que se oyen a lo largo de la película no son interpretadas por algún famoso conjunto que llegó al set por equivocación, todas son ajenas a la narración: dirían los teóricos que la música de El Morro es extradiegética, algo raro para un videohome.
Repitiendo una estructura narrativa que ya había empleado en trabajos previos como 100% Cabrón, Ignacio Rinza abre la película con una escena que ocurre poco antes del desenlace. De ahí retrocedemos a través de diversos flashbacks hasta desenredar los motivos y las circunstancias que llevaron a los personajes hasta ese punto. Igual que en El Taquero los lazos familiares, algunos adoptivos, juegan un papel en la red de conflictos que conducen a varios de los protagonistas a la muerte. De forma similar a Gente Común, cinta dirigida pero no escrita por él, Rinza cuenta cómo la lealtad entre delincuentes se resquebraja ante la oportunidad de escalar posiciones, aunque a veces el ganón sea en apariencia el menos indicado.
Si empecé hablando de la atmósfera de la película es porque pesa más que la trama, que con todas sus sorpresas y atajos no acaba de cuajar. No todos los flashbacks son estrictamente necesarios y eso vuelve un poco lenta la narración. Además, las escenas de acción podrían estar mejor trabajadas. Hay una donde tres sicarios les cierran el paso a los fugitivos que carece del suspenso que la haría más efectiva, en parte porque en lugar de emboscarlos ocultándose en la maleza los matones simplemente se paran a la mitad de la carretera y esperan a que la camioneta de sus víctimas los alcance.
Algo que haría que funcionara mejor la parte de El Morro relacionada con el narcotráfico sería precisar la ubicación de los personajes en tiempo y espacio. Se dice que tienen que alcanzar la costa pero no cuál es la distancia que deben recorrer o cuánto van a tardarse en hacerlo. También se habla de retenes, pero nunca vemos uno. La ambigüedad se extiende a los sicarios enviados para matarlos, que se les aparecen en el camino regularmente sin que se sepa cómo los están rastreando y, lo que es más importante, cómo se las arreglan para alcanzarlos, ya que todo parece indicar que viajan a pie. Otro detalle, heredado de las películas de narcos de la época de los Almada, es que el capo siempre resulta ser un personaje poderosísimo dentro de la organización, algo que tampoco hace falta. Otros videohomes, como Gritos de Hambre o El Taquero ya demostraron que se pueden contar historias interesantes con villanos marginales, basta con que sean amenazantes para los protagonistas aunque su importancia en el bajo mundo sea relativa.
Habrá quien extrañe un elemento esencial de muchos videohomes previos: la buenota de la película. Si en cada vecindad y escuela siempre hay una jovencita, o no tan jovencita, cuyas carnes atraen las miradas de los hombres y despiertan la envidia de las mujeres, las películas mexicanas para el mercado del video siempre habían rendido homenaje a tan bonita tradición integrando a su elenco a actrices como Paty Muñoz, Vicky Palacios o Roberta D'Nero. Esta es otra diferencia entre El Morro y el videohome común. En su lugar tenemos un reparto sin rostros conocidos que hace más verosímil la historia, aunque la inexperiencia de algunos los lleve a ser inexpresivos o quedarse un poco cortos al decir sus monólogos introspectivos. Tampoco les ayuda el sonido directo, en ocasiones bastante defectuoso.
El Morro recuerda un poco la temática de gangsters melancólicos preferida por Wong Kar-wai en su primera etapa (desde As Tears Go By hasta Fallen Angels), filtrada a través del ambiente tropicaloso-depresivo que logró Marcel Sisniega en Fandango y diluida por la modestia y los lugares comunes del tradicional videohome de narcos. Queda la excelente fotografía de Eugenio Cañas, el paisaje veracruzano escasamente visitado por nuestro cine y la promesa de que a medida que se abran nuevos canales de distribución (particularmente en internet) el videohome evolucionará hasta alcanzar su potencial. Es más fácil arriesgarse a producir películas con un presupuesto reducido si existen las vías para llegar a un público suficiente para darle continuidad, a diferencia de las salas cinematográficas a las que sólo se puede llegar con productos que busquen atraer a las masas o bien encerrándose en el circuito de arte.
