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La Chivata
LA CHIVATA
(Piedras de Muerte)
Dirección
: Enrique Murillo
Guión: Enrique Murillo
Producción:
Mayra Acosta
Fotografía:
Manuel Martínez
Música:
Los Rieleros del Norte, Network Music, Music & Images
Edición:
Daniel Gutiérrez F., Enrique M. Rodríguez
Elenco:
Miguel Angel Rodríguez (Juan Castro), Claudia Vega (Julia), Jorge Almada (Armando), Oscar Traven (Castellano), Vicky Palacios (La Zarca), Armando Zamarripa (Meneses), Roberto Munguía (comandante), Hugo del Valle (Efrén)
México, 2003, Herradura Films, 90 min.

Cine Mexicano

La Chivata (Piedras de Muerte)

Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(mayo 8, 2007)

El videohome es tan rutinario, con los mismos actores ejecutando las mismas acciones en los mismos escenarios una y otra vez, que basta con un destello de originalidad para que uno se interese por lo que pasa en la pantalla. Esto también puede llevar a confusiones, cuando digo que La Chivata es interesante tampoco me hago ilusiones. Este videohome no rebasa el nivel promedio de estas modestas producciones pero al menos tiene unos cuantos elementos en su favor.

Es común que en estas películas todo el argumento gire en torno a un cargamento de droga robado por alguno de los protagonistas, generando así la ira de un poderoso capo que busca recuperar su mercancía a toda costa, lo cual conduce a varias balaceras hasta que al final triunfan los buenos. La receta requiere además unas piernudas en minifalda para que el respetable no se duerma en las escenas de diálogos, siempre menos entretenidas que las de balazos, además de algunas canciones para alargar el metraje hasta los noventa minutos reglamentarios.

Una novedad de La Chivata es que la mercancía robada son joyas y no polvo blanco. Al principio vemos a Juan Castro (Miguel Angel Rodríguez) en Colombia, negociando la compra de las piedras y traicionando de inmediato a Castellano, el jefe de la mafia local que tiene razón en desconfiar del mexicano. Fuera de un letrero que ubica la acción en Bogotá no hay nada que indique que los personajes están en otro país, cuando lo normal es incluir una panorámica de la ciudad en cuestión, aunque sea en stock shots. Otro detalle chistoso es que uno de los comandos que toman por asalto la residencia de Castellano emerge de la alberca para encañonar a sus rivales. Me imagino que esto les pareció fabuloso a la hora de filmarlo pero dado que la escena transcurre a plena luz del día es difícil entender cómo alguien podría pasar desapercibido en medio de una alberca a menos que el agua esté tan puerca como la de Oaxtepec en Semana Santa, después de recibir los eflujos de miles de vacacionistas cochinos.

Regresamos a México, acompañando a Juan Castro mientras huye de sus perseguidores, busca un comprador para las joyas, se reencuentra con viejas amistades y con un viejononón conocido como La Zarca (Vicky Palacios). Exactamente en qué parte de México no puedo decir, porque en pantalla sólo aparece otro letrero que dice "provincia mexicana". Y yo que creía que a los de provincia no les gusta que les digan "provincianos". Esta parte de la película se desarrolla de la forma acostumbrada en los videohomes. Surgen un par de personajes interesados por adquirir la mercancía, matones a cargo de su legítimo dueño amenazan a los allegados a Juan Castro para dar con su paradero, hay unas cuantas peleas y balaceras, etc.

De aquí algo que me llamó la atención es cómo por cada escena bien resuelta por el director hay otra donde impera la ley del mínimo esfuerzo. Cuando Juan Castro acude al domicilio de un antiguo amigo suyo la escena empieza con un master shot que parece de rutina, hasta que un travelling a la derecha abre el cuadro para que otro personaje importante se presente al fondo, pasando inmediatamente a varios primeros cuadros que establecen la relación entre ellos. Hay otra secuencia en un bar donde el contacto inicial entre Juan Castro y La Zarca se establece con un intercambio de miradas, también resuelta de forma adecuada. En contraste, hay una escena donde Castellano discute con sus empleados cómo piensa recuperar sus joyas y la conversación entera está captada por un simple contrapicado, no para darle una mayor dimensión al villano sino por pura flojera, para que cuando éste acabe de bajar una escalera los actores queden frente a la cámara. Otra donde un master shot de Juan Castro y un árabe que desea adquirir la mercancía da paso a un aburrido campo / contracampo hasta regresar al mismo plano del principio.

Por cada momento donde la puesta en escena se conjuga con la edición para transmitir una idea, por rudimentaria que sea, tenemos otra donde predomina la torpeza propia de las prisas con las que se elaboran los videohomes. Esto es más notorio en las balaceras, donde nunca queda cuál es la posición de los personajes entre sí. Hay muchos balazos, muchas maromas para quedar en mejor posición de tiro, muchos estopines y muertes fulminantes, pero esto es poco emocionante porque muchas veces no se entiende cómo están dispuestos los pistoleros en el terreno. Además en estas secuencias queda claro que en el videohome hay muertos que no hacen ruido. Cuando una de las protagonistas fallece su esposo la sepulta derramando copiosas lágrimas y se lamenta aún más cuando se entera de que los malosos también atacaron a uno de sus amigos. En cambio, hay varios pistoleros anónimos que perecen durante una emboscada y ni quien se acuerde de ellos.

En La Chivata no falta el atractivo visual. Además de una petacona que Castellano siempre se anda sabroseando mientras habla por teléfono, aparece Claudia Vega con entalladísimos atuendos y también la monumental Vicky Palacios con ropa que deja apreciar todos sus encantos aunque esto no siempre sea práctico: hay varias escenas donde se nota que le cuesta trabajo andar con tacones en medio del cerro y en las calles empedradas donde se rodó la película. Con sólo dos actrices protagónicas, una de las cuales desaparece a la mitad de la historia, no cuesta ningún trabajo adivinar quién es la chivata del título. De todos modos no importa porque el motivo que tiene este personaje para su traición no tiene mucho sentido, es algo así como "acostumbro usar a los hombres y desecharlos cuando no me sirven". En fin, nadie ha acusado a los escritores de videohomes de ser grandes dramaturgos. De igual forma, nadie ha comparado a Vicky Palacios con Meryl Streep, a lo que se puede responder que Meryl Streep tampoco tiene las curvas de Vicky Palacios.

Lo más curioso de La Chivata viene al final. Normalmente los videohomes siguen al pie de la letra la fórmula establecida por el cine de Mario Almada, donde los malos debían pagar todas sus culpas, arrodillándose frente al héroe para pedirle perdón por todo el dolor que habían provocado. Al final no les servía de mucho y terminaban muertos o en la cárcel. No sé si sea un descuido pero resulta que La Chivata se aparta del modelo con un giro al final que recompensa a uno de los malhechores mientras que el héroe sólo triunfa a medias. No es el único villano en salirse con la suya, hay otro que aprovecha la balacera final entre buenos y malos para irse sin que nadie le moleste. Hasta hay un epílogo donde uno de estos criminales impunes celebra que no le pasó nada.

Sitio Oficial:
www.distrivisa.com.mx