Cine Mexicano
La Pulquería
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(junio 9, 2007)
Un clásico indiscutible de la Época de Plata del cine mexicano. La película que daría pie a varias secuelas, innumerables imitaciones, sueños húmedos en miles de adolescentes, la indignación moralista del Yunque, la indignación paternalista de los intelectuales. Si no ha generado tesis universitarias de sociología es sólo porque el cine popular mexicano de los 80 todavía no se sacude el estigma que se le asignó desde su estreno, cuando triunfaba en la taquilla y era ignorado por la crítica.
La Pulquería es un clásico gracias a -o a pesar de- que reúne todos los rasgos distintivos del cine del Güero Castro, un director que siempre utilizó la cámara como un arma contundente. La cavernaria gramática cinematográfica de La Pulquería sería razón suficiente para que los críticos la odiaran. La mayor parte de la película está fotografiada como si estuviera prohibido hacer acercamientos, desplazar la cámara hacia los lados o en profundidad, con apenas esporádicos intentos de acatar las reglas del campo/contracampo (un personaje increpa a los demás, corte a los otros oyéndolo). De vez en cuando el encuadre corresponde a lo que se quiere expresar, como cuando el Sapo mete el pie en la puerta para entrar a la casa de Isabel y la cámara se enfoca en este detalle para después hacer un tilt-up hacia el rostro del gandalla, o en el momento en que Nacho finalmente recuerda sus dotes de bofe y una toma en subjetivo nos muestra sus puños rompiéndole el hocico a su contrincante, recordando los duelos de Wolf Ruvinskis y Pedro Infante en Pepe el Toro. Hay incluso descuidos imperdonables, donde se usa una imagen congelada y una voz en off para componer una escena que no se filmó.
El elemental estilo fílmico del Güero Castro no afecta demasiado a la película porque lo que está frente a la cámara tiene la solidez suficiente para resistir cualquier percance. Algunos críticos de cine se preocupan tanto por la edición y los movimientos de la cámara que prestan poca atención a lo que hacen los actores. En el caso de La Pulquería lo que sostiene el tinglado no es tanto el guión, que como todos los del Güero Castro es un mazacote de albures resobados ("me agarra distraído", "su motivo tendrá") y uno que otro inédito ("el pelón que hacía guantes con el Pipino Cuevas"), nalgonas encueradas (la única que se salva de enseñar el oso es Carmen Salinas) y chistes colorados que ya eran viejos cuando Fernando Marcos jugaba en fuerzas básicas. Nada de esto es nuevo pero los actores lo representan con tanta pericia que el espectador lo acepta sin fijarse en la forma en que el encuadre brinca de un lado a otro.
Hay pocas sexicomedias donde el elenco se adapte tan bien a sus personajes. Carmen Salinas ya había interpretado antes a La Corcholata, en Bellas de Noche y su secuela, pero sus diálogos con el Tlacoyo (Luis de Alba) no dejan de ser memorables. Alfonso Zayas también es muy gracioso en un papel que no le exige humillarse, como le sucedería en muchos trabajos posteriores. En un mundo perfecto Guillermo Arriaga tendría que admitir que al escribir el guión de Amores Perros se inspiró en La Pulquería y que el Chivo es una copia de el Ayates (Rafael Inclán), el ropavejero siempre acompañado de su perro Onasis y que al parecer nunca sale de la pulcata, pues ahí es donde lo vemos casi toda la película, incluyendo sus frecuentes y muy divertidos intentos por madrear al merolico Tinoco (El Flaco Ibáñez), ya que el Ayates se pasa de pendenciero bajo los efectos del tlachicotón. Tal vez el único integrante del elenco que parece fuera de lugar es el Loco Valdés, que tiene una gracia demasiado espontánea para el ritualizado intercambio del retruécano.
Pero no todo son rutinas cómicas de carpa y actrices desnudas. De ninguna manera, La Pulquería también es un melodrama arrabalero con Nacho (El Púas Olivares), un boxeador retirado, su virginal hermana Isabel (Rebeca Silva) y el desalmado ricachón (Jorge Noble) que está obsesionado con agarrarle las tepalcuanas (a la hermana, no al boxeador). El Güero Castro filma todo esto con la misma sensibilidad con la que nos muestra a otro personaje refocilándose con seis puchachas en una alberca y está claro que el drama está más allá de sus capacidades, en especial cuando Papá Quico, el abuelo (enfermo, por supuesto) de Isabel trata de salvarla de una violación inminente y sufre un infarto masivo, escena que viene acompañada de música alegre. De la parte dramática de La Pulquería me parece que el único momento conmovedor es también uno de los más sencillos, cuando Nacho le prende una veladora a la virgencita de Guadalupe la expresión en el rostro del Púas Olivares es tan sincera que logra transmitir la devoción de su personaje pese a su inexperiencia como actor.
Atrapados entre la comedia y el drama están Jorge Rivero y Sasha Montenegro, que ya habían sido pareja en Bellas de Noche, aunque aquí se prestan más la farsa, ilustrando la eterna preocupación del Güero Castro por la impotencia. Igual que en la mayoría de sus películas, donde sus protagonistas sufren porque ya no se les pone tiesa la mirada, en La Pulquería Gerardo (Jorge Rivero) busca remedios para recuperar el vigor que le permitía encerrarse con media docena de suripantas y satisfacerlas a todas. Su previsible romance con la psiquiatra Norma (la artista conceptual -nunca encueratriz- Sasha Montenegro) sirve para que el Güero Castro repita los mitos sexuales que aterraban a su generación, como la posibilidad siempre latente de que el alcohol pudiera trastocar el compañerismo masculino en desmecatada jotería. Supongo que lo políticamente correcto sería indignarme por el machismo y la homofobia del Güero Castro, pero la verdad es que me cuesta trabajo enojarme con una película tan inofensiva. La moraleja de La Pulquería es tan inocente que no hay forma de tomarla en serio.
Cuando yo estaba en la secundaria La Pulquería era una de las películas que los adolescentes calenturientos veíamos para aprender lo que no nos enseñaban en la escuela. Recuerdo el caso del compañero sorprendido por su papá en el momento en que apreciaba a Isela Vega abierta de patas, una de las imágenes perdurables de la cinta. Esto le parecerá increíble a los chavos que hoy chequen la película por mera curiosidad, y no porque las sexicomedias de hace treinta años no pudieran ser audaces, hay una titulada El Sexo Sentido donde la actriz principal nunca sale vestida, más bien porque la reputación de La Pulquería como material propicio para tejer chambritas es refutada por lo que aparece en pantalla. Cierto, casi todas las actrices aparecen totalmente desnudas, pero la costumbre del Güero Castro de filmarlas siempre de cuerpo entero, sin un méndigo close-up al culo de Rebeca Silva o a las teclas de Sasha Montenegro, abarata sin remedio su carga erótica. A lo largo de toda su carrera el Güero Castro ha parecido más interesado en contemplar a las mujeres de sus películas que en echarse un brinco con ellas.
Todos los detalles que he mencionado, que en cualquier otra película bastarían para echarla a perder, no pueden derrotar al entusiasmo con el que fue hecha La Pulquería, un ejemplo de cómo se puede suplir la falta de recursos con ingenio, siempre y cuando se domine un estilo, se cuente con un grupo de actores que lo entiendan y que tengan la capacidad de improvisar dentro de ciertas coordenadas y, sobre todo, que haya una docena de damiselas dispuestas a sacrificar su reputación en aras del arte nacional.
Del mismo director:
• La Pulquería 2
