Cine Mexicano
Mercenarios de la Muerte
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(agosto 7, 2007)
La película de artes marciales más cómicamente inepta de la historia y tenía que ser mexicana. Tras los créditos, mal dibujados y con información poco confiable (en ellos se dice que esta es la última actuación del Indio Fernández, lo que no es verdad), un narrador anónimo hace lo que puede por ponernos en antecedentes. Según él, la historia que veremos a continuación concierne a los sobrevivientes del templo Shio Lan, que fueron derrotados por unos rebeldes y tuvieron que emigrar lejos, muy lejos, al parecer hasta el norte de México a finales del siglo XIX, donde trataron de llevar una vida tranquila.

Es evidente que conjugar dos géneros tan distintos, las artes marciales y el enchilada western, requiere de grandes dosis de imaginación y un presupuesto lo bastante generoso como para inventar una cultura donde puedan convivir elementos tan disímbolos como las imágenes de Buda y los sarapes de Saltillo. En su lugar lo único que puede ofrecer Mercenarios de la Muerte es la miseria de los Estudios América complementada con unas roñosas locaciones que nos hacen recordar con nostalgia aquellas humildes películas "de caballitos" que estelarizaba Fernando Casanova en la década de los 60.
Por sí sola esta mezcla de vestimentas orientales apócrifas con apolillados disfraces de vaqueros producen un efecto cómico irresistible, pero no suficiente para convertir a esta película en un clásico del humor involuntario. Por suerte esa cuota de ridículo se llena desde la primera escena, cuando los discípulos del templo Shio Lan hablan con reverencia de su maestro, el guardián de los antiguos secretos de las artes marciales chinas a quien llaman Tata, y aparece a cuadro el susodicho: nada menos que el Indio Fernández en lastimosa actuación de cuerpo presente, ataviado con jorongo y sombrero típico. Cuando uno todavía está llorando de la risa, el Tata llega hasta una mesa desde donde supervisará la fase final del entrenamiento de sus dos discípulos más aventajados: Mai Ko (Gregorio Casals) y Yan Piau (Jaime Moreno).
Como la película se filmó sin sonido directo los directores Manuel Muñoz y Gregorio Casals (porque la película es tan mala que necesitó dos directores) nos muestran al Indio y a sus compañeros de espaldas, mientras las voces de otras personas simulan un diálogo entre ellos. Así nos enteramos que la prueba final es tan peligrosa que ha provocado la muerte de varios estudiantes. La primera parte consiste en caminar sobre brasas ardientes, algo que cualquier fakir de medio pelo puede hacer. La segunda al principio semeja ser tan riesgosa como afirma el Tata: en ella los dos estudiantes deben vendarse los ojos y pelear desarmados contra sujetos que los atacan con espadas y chacos. La prueba sería en efecto muy peligrosa de no ser porque los atacantes se la pasan gritando, con lo que delatan su ubicación. Además, hasta un ciego puede darse cuenta que los que pelean con los ojos vendados no son Jaime Moreno y Gregorio Casals, sino dos ignotos artemarcialistas que se encargarán de doblarlos durante toda la cinta.
Cuando alguien dice que sólo Mai Ko y Yan Piau pueden evitar que los malvados ataquen el templo y roben las reliquias que los monjes Shio Lan han protegido durante generaciones uno piensa que sería mejor que el Tata se ponga en contacto con una aseguradora, ya que esos dos no parecen capaces de cuidar ni un puesto de quesadillas. Es más, a lo largo del relato será Gina (Rubí Re), la novia de Yan Piau, quien destaque en la lucha contra los malandrines, peleando con ellos en varias ocasiones y descubriendo la identidad de un traidor que los mantiene al tanto de las defensas de los monjes. Hay una escena donde Mai Ko y Yan Piau llegan tarde al templo Shio Lan con el pretexto de que alguien les robó los caballos, cuando antes habíamos visto a Gina caminando desde ahí hasta el pueblo donde se reúnen los bellacos.

¿Y quiénes son esos feroces Mercenarios de la Muerte que ponen a temblar a doscientos monjes guerreros? Son apenas diez tipos con nombre y pinta de luchadores de la triple A: Esteban Chacal Mendoza, Andrés El Callado, Kan Jen El Verdugo, Hiena, Cuchillo Blas, Sombrero Suit, El Ángel Asesino, Black Crooper, La Katana y El Chaco Mortal. Durante su presentación los vemos desfilando ante la cámara sobre sus monturas, de derecha a izquierda, a medida que el narrador los va mencionando. Acto seguido, ignorando las reglas del lenguaje cinematográfico, los malosos se desplazan en sentido opuesto en un plano general. Para rematar con la exhibición de impericia, se detienen a descansar y mientras su líder Sun Yat (Armando Silvestre) los arenga con un largo discurso la cámara se enfoca en dos de ellos, rompiendo otra vez el eje, para enseñarnos la forma en que llevan a sus caballos a beber de un arroyo cercano.
El espectador que desconozca las bases del lenguaje cinematográfico también podrá divertirse con diálogos como el siguiente, que se desarrolla cuando los malos entran al pueblo y el comisario Raúl (Víctor Junco) los enfrenta:
Comisario Raúl: "¡Les exijo que dejen de molestar a esta gente, depongan las armas y abandonen el pueblo!"
Sun Yat: "¿Hay alguna otra tontería que quieras decir?"
Comisario Raúl: "¡No, ninguna!"
O con la celda mágica donde los taimados encierran al Comisario Raúl y a sus ayudantes,
que durante casi toda la película es tan pequeña que los prisioneros están todos apretujados, y que al final crece para que los malos también puedan entrar.
Las peleas, que en cualquier película decente de artes marciales son la base del espectáculo, en Mercenarios de la Muerte dan pena ajena. Cuando no están fuera de foco hay un actor parado frente a la cámara que oculta a los combatientes. ¿Y a quién se le ocurre filmar la pelea culminante de noche con los actores vestidos de negro? A eso hay que sumarle las voces de los extras y los efectos de sonido, que refuerzan la sensación de que se está viendo una comedia, para entender por qué Mercenarios de la Muerte supera a cualquier parodia de las artes marciales. De pilón la escenita donde Yan Piau convive con su novia mientras Mai Ko lee un libro también es muy chistosa, aunque no sabría explicar por qué.
Esta joya del humor accidental se editó en México en VHS y se transmite ocasionalmente por el canal De Película en Cablevisión. Si encuentran una copia o la pueden ver en la tele no pierdan la oportunidad de reírse a carcajadas con esta inolvidable farsa surrealista.
