Cine Mexicano
Espinas
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(septiembre 5, 2007)
El trailer de esta película me hizo pensar que sería más correcto si se llamara Amores Perrones. De por sí el director Julio César Estrada optó por un estilo visual muy similar al de González Iñárritu, con imagen borrosa, poca iluminación, predilección por los bajos fondos, lenguaje crudo, temática controvertida, etc. Para acabarla el trailer tenía como música de fondo "Lucha de Gigantes" de Nacha Pop, la rola emblemática de Amores Perros. Por suerte, una vez vista la película, puedo confirmar que Espinas no se ajusta completamente a esa fórmula, que ya comienza a ser fastidiosa. Tiene otros elementos que le dan identidad propia, aunque la novatez del director se deja sentir en varios momentos.
Trailer de Espinas
También aquí hay tres tramas que se entrelazan, por fortuna sin brincos en el tiempo, la historia de estos personajes sigue una línea cronológica clara, sin maromas para disimular la falta de sustancia. Por otra parte, el argumento tampoco llega a erigirse en algo inédito. El romance entre el gandalla y la inocente, el alcoholismo del padre y la doble vida gay del hijo tampoco son cosas que no se hayan visto nunca en el cine mexicano. Es más, la escena inicial, donde Luis, el padre que sale ebrio de una cantina, sorprende a su hija quinceañera Magdlena con Carlos, conocido padrote y madrina de la judicial, establece la relación entre los personajes con tal claridad que el espectador experimentado es capaz de predecir varios de los giros que dará el guión. De esta forma, el momento en que el hijo gay es sorprendido atendiendo a un cliente o la forma poco romántica en que le truenan el ejote a Magdalena pueden ser vistas con varias escenas de anticipación, quitándole fuerza a lo que deberían ser momentos más contundentes. En ese sentido, Espinas es más convencional que Amores Perros. Sería más justo compararla con los melodramas de antaño, lo cual no tiene nada de malo, por supuesto.
Supongo que la decisión de la distribuidora Fantastic Films de acentuar los elementos "polémicos" (en el poster) y citar directamente a una exitosa cinta previa (en el trailer) se debe a cierta falta de confianza sobre el potencial de un trabajo que permaneció enlatado un par de años por falta de fondos para completar su post-producción. Además, Espinas carece de actores conocidos que puedan atraer al público o ya de perdida encuerarse para generar morbo (como los de El Búfalo de la Noche). Tal vez hubiera sido mejor acentuar las creencias religiosas de los personajes, que de ninguna manera pueden interpretarse como blasfemas, para tratar de llegar al extenso público católico que hay en nuestro país. El problema es que Julio César Estrada incluye la religión en la película pero no de una forma tan burda como Paco del Toro en Cicatrices, por ejemplo. Esto es un problema porque al ganar en complejidad con una subtrama gay se vuelve difícil complacer a sectores del público más tradicionales pero también más retrógradas. Hay mucha gente fuera del D.F. que cree que esta ciudad es poco menos que Sodoma y Gomorra, con sus desfiles de orgullo gay y abundancia de sex shops, y aunque Espinas sea sincera en su manejo de la religión basta con que uno de sus personajes sea chichifo para que muchos se nieguen a verla.
Esto podría conducir al otro extremo, el de asumir que una cinta que incomoda a los yunquistas necesariamente debe ser recomendable. La intención es noble, es de lo más divertido espantar persignados (aunque no tanto como hacer lo propio con los pejezombies), lo que no significa que haya que reconocerle a Espinas mayores virtudes de las que tiene. En su afán por revisitar las zonas menos turísticas de la Ciudad de México la película termina por caer en lugares comunes. Al menos Julio César Estrada evita el humor involuntario de Ciudades Desiertas, donde todo el elenco caía como moscas en el supuesto de que diez escenas crudas al hilo serían diez veces más efectivas que una secuencia dramática aislada. Más mesurado, Estrada calcula mejor el impacto que deben tener las desgracias que se abaten sobre sus personajes, y sin embargo la tensión no llega a crecer como sin duda era la intención del director porque al guión le falta fuerza. Las frecuentes discusiones sobre religión se vuelven repetitivas y son de un simbolismo demasiado evidente: la quinceañera se llama Magdalena y cuando le reza a Diosito le pide que la deje llorar, ¿alguien duda que Magdalena eventualmente soltará las de cocodrilo?
Paradójicamente la importancia que el guión le da a las creencias religiosas de los personajes termina por hacerlos más esquemáticos. El único momento donde Luis trasciende el estereotipo del alcohólico en proceso de tocar fondo es cuando insiste en contarle a Magdalena cómo conoció a su mamá. En cambio, del pasado de Magdalena, Carlos y el resto de los personajes casi nada se sabe, aunque esto sea crucial para entender su comportamiento. A falta de material con qué trabajar el elenco debe confiar en su instinto para sacar adelante el proyecto. Entre ellos el más destacado es sin duda Esteban Soberanes, quien con sólo el tono de voz o una mirada le da a Carlos una aparente bondad al tratar a Magdalena, a pesar de que su reputación en el barrio indica lo contrario. Caso opuesto de la debutante Marianela Cataño, tan asustadiza que se acerca al autismo, aunque es justo señalar que su personaje se limita a reaccionar ante las acciones de los demás, por lo que habría que ver a esta actriz en trabajos posteriores para saber de lo que es capaz. Guillermo Gil y Alejandro Tommasi elevan con su experiencia el nivel de sus compañeros de elenco, pero también les cuesta trabajo encontrarle facetas a personajes que no las tienen y en ocasiones se atragantan con los diálogos, que dicho sea de paso necesitaban una repasada.
El trabajo de Julio César Estrada tras la cámara es errático. Por cada escena violenta bien coreografiada y filmada (cuando Carlos defiende a Magdalena de un tipo que la molesta) hay otra que no funciona por apresurada (cuando al mismo Carlos le sorrajan un tabicazo) o porque la edición es confusa (el enfrentamiento final en el hotel). No todo es culpa del director, claro. Como buena película mexicana, la banda sonora presenta las deficiencias de costumbre, haciendo que algunos diálogos sean incomprensibles y enterrando en la mezcla las canciones de fondo (ninguna de Nacha Pop, por cierto) al grado que uno piensa que es el sonido de otra película que se está filtrando en la sala. Por último, señalar que la temática gay de la cinta ocupa un lugar secundario. La relación entre el chichifo y el judicial podría ser más interesante (igual que la de Carlos y Magdalena) si estuviera mejor trabajada, pero tampoco era la intención de Julio César Estrada concentrarse en ese aspecto. Además, capaz que Julián Hernández se nos enoja porque según esto él es el único cineasta en México que tiene derecho a filmar gays.
