Cine Mexicano
Dos Abrazos
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(septiembre 25, 2007)
Debut en el largometraje de Enrique Begné, egresado del CCC con una larga trayectoria en la publicidad, Dos Abrazos no propone nada nuevo en el panorama del cine mexicano actual -tiene puntos en común con Amores Perros, Temporada de Patos, entre otras cintas recientes- pero tiene el mérito de hacerlo con una gran eficiencia en lo formal, con un destacado trabajo del fotógrafo Federico Barbabosa y también de su elenco. El problema viene con el redundante guión de Paula Marcovich.
Trailer de Dos Abrazos
De todos modos, durante cuarenta minutos Dos Abrazos exhibe cualidades suficientes para señalar a Begné como un cineasta prometedor. Por lo visto la disciplina de los comerciales y los videoclips agudizó su sentido de la economía. A diferencia de otras películas mexicanas que se tardan un par de rollos en arrancar, Dos Abrazos plantea el conflicto en apenas un par de escenas. En la primera el adolescente Paco (Giovanni Florido) llega a casa después de tronar un examen de matemáticas y encuentra a su mamá más preocupada por el cáncer de su hermanito. A continuación vemos a Paco en el supermercado, donde le confiesa a su amigo un sueño erótico que involucra a Silvina (Maya Zapata), una de las cajeras. Así, en unos cuantos minutos el tono de la película queda establecido, la contradicción entre la responsabilidad familiar y las fantasías privadas darán pie a complicaciones siempre verosímiles y suficientes para colmar el interés del público.
Begné resiste la tentación de enfatizar la miseria de la Ciudad de México, dejando para mejor ocasión a los teporochos y a los narcomenudistas, así como el folklorismo urbano tan favorecido últimamente por la suidá de la esperanza, tampoco hay danzantes neoaztecas ni bicitaxis globalifóbicos. Es el D.F. como el espacio (apenas) apenas habitable donde se desenvuelven los protagonistas, un tanto incómodo y a veces indescifrable, pero lejos del caricaturesco altar de sacrificios que plasmaron Vivir Mata y Ciudades Oscuras. El acento está puesto en la relación entre los personajes, tan ambivalente como debe serlo cuando se trata de un estudiante de secundaria y una mujer varios años mayor, quienes no obstante construyen una frágil amistad a base de horas en común más que intereses compartidos. La posibilidad de que la mutua soledad establezca un vínculo entre dos personas no es nueva, aquí funciona gracias al toque ligero del director y al trabajo de sus dos jóvenes actores.
En esos cuarenta minutos es donde la experiencia previa de la guionista con Temporada de Patos es más evidente, con la misma facilidad de esa cinta para retratar adolescentes que no sean sólo estudios de marketing sino personalidades bien definidas. Supongo que el hecho de que la historia se cuente desde el punto de vista de Paco también le ayudó al director a encarar la puesta en escena, en particular al intercalar segmentos con fotografía granulosa que denotan una versión idealizada de los hechos, a Begné le bastaba con hacer memoria para darle autenticidad a los problemas de su protagonista. Conforme pasan los minutos, pese a que la dinámica entre Paco y Silvina siempre es interesante, va creciendo la sensación de que el argumento se empieza a estancar. Una vez que Silvina decide buscar a su mamá el relato llega a un punto muerto, finalmente resuelto con la sencilla y emotiva imagen que reúne a los personajes en el primer abrazo del título.
En una entrevista publicada en Excelsior Enrique Begné explicaba que la idea original de Dos Abrazos era justamente la del chico atraído por una cajera, y que a partir de ahí se fueron integrando otras tramas hasta que finalmente la película se convirtió en un díptico. Otros críticos han mencionado que hubieran preferido un tercer segmento, yo pienso que la historia de Paco y Silvina podría haberse ampliado hasta llenar un largometraje. Son dos personajes bien definidos y hasta entrañables gracias a los actores que los representan, cuyo principal defecto es que no tienen hacia dónde ir. En cambio, Joaquín (Jorge Zárate) y Laura (Ximena Sariñana) me dan la impresión de ser sólo bocetos, ingredientes de un relato en desarrollo que todavía no tiene un objetivo ni un tema definido. Incluso la agilidad del cuento anterior se diluye, los acontecimientos transcurren con demasiada calma, la parquedad de los personajes contrasta con la locuacidad de Paco y Silvina, el segundo abrazo es más trámite que catarsis.
Se le pueden rescatar varias cosas a la historia de Joaquín y Laura. La discreción con la que se maneja el acceso de Joaquín a lujos materiales a los que no está acostumbrado (el taxista toma prestada una chamarra y luego la devuelve, es todo) así como el orgullo que le impide admitir lo intimidante que le resulta el tamaño de la Ciudad de México. Secuencias también filmadas con el grano reventado donde se anuncia el secreto de Joaquín sin abundar en detalles innecesarios. Las actuaciones de Jorge Zárate y Ximena Sariñana, imponiéndose cuando el guión desfallece. Falta abundar en el ambiente de los apostadores, bastante menos conocido que el de los supermercados y por lo tanto con mayores posibilidades de llevar la historia en direcciones imprevistas, lo más urgente para una subtrama donde se puede adivinar el desenlace sin esfuerzo y que además repite la temática del primer segmento. No hay un contraste suficiente entre las dos mitades y por eso el producto final es más bien apagado. De todas formas hay que estar pendiente de los próximos trabajos de Enrique Begné, con un libreto más redondo puede hacer algo realmente memorable.

