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Japón
JAPÓN
Dirección
:
Carlos Reygadas
Guión:
Carlos Reygadas
Producción:
Carlos Reygadas, Carlos M. Serrano
Fotografía:
Diego Martínez Vignatti
Música:
Bach, Shostakovich, Pärt
Edición:
Daniel Melguizo
Elenco:
Alejandro Ferretis (el cojo), Magdalena Flores (Ascen), Carlos Reygadas Barquín (el cazador), Martin Serrano (Juan Luis), Rolando Hernández (el juez), Yolanda Villa (Sabina)
México, 2002, Hubert Bals Fund / Mantarraya Producciones / NoDream Cinema / Solaris Film Productions, 126 min.

Otras opiniones:


Cine Mexicano

Japón

Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(octubre 10, 2007)

Durante sus primeros cincuenta años de existencia el cine era considerado un entretenimiento vulgar, en el mejor de los casos, un vicio y una pérdida de tiempo, en el peor. De ahí el fervor con el que los aficionados a este espectáculo se dieron a la tarea de organizar festivales y publicar revistas donde se demostraba que el cine era un Arte (con mayúsculas). Dado el tradicional eurocentrismo de la alta cultura, magnificado por las tendencias izquierdistas de los cinéfilos de antaño, no pasó mucho tiempo para que se estableciera una sencilla fórmula para identificar a las películas "de arte": eran las que no se parecían a las de Hollywood.


Trailer de Japón

Es verdad que los colaboradores de Cahiers du Cinéma, incluyendo a los creadores de la nouvelle vague, idearon la teoría del autor para rescatar del olvido a los directores de Hollywood que habían logrado crear una obra distintiva dentro de los límites que les imponían los productores, a la postre los dueños del balón. Sin embargo, el concepto de auteur se degradó al ser conocido en otros países, asociándose ya no con aquellos cineastas con "una cantidad considerable de películas considerables" (como señala Ayala Blanco), sino con cualquier tipo que tuviera una cámara y la intención de filmar una obra de arte, independientemente del resultado. A eso hay que añadirle la convicción de que el cine debía suplir a los medios de comunicación masiva, con cintas veraces y objetivas sobre la problemática social, y tenemos el modelo que identifica al cine "de arte" hasta la fecha: lento, desdramatizado, de un pretendido naturalismo que choca con las pulsiones narcisistas de sus creadores.

A pesar de que en los últimos treinta años se han creado nuevos enfoques teóricos para analizar el fenómeno cinematográfico un amplio sector del público culto sigue teniendo una idea bastante limitada de lo que es el llamado Séptimo Arte. De otra forma es imposible explicar el éxito que ha tenido Carlos Reygadas con sus tres primeros largometrajes. La leyenda negra de Reygadas dice que abandonó una prometedora carrera en el Servicio Exterior Mexicano para ingresar al Institut Nacional Superieur des Arts du Spectacle en Bruselas, donde fue rechazado tras presentar el corto Adulte a manera de examen de admisión. La explicación que le dieron los facultativos del INSAS, en un desafortunado arranque de ironía, era que ellos "no tenían nada que enseñarle". Debido a su atrofiado sentido del humor, Reygadas no entendió la indirecta, por lo que procedió a invertir parte de la fortuna familiar en Japón, que ganó muchos premios al encajar perfectamente en las expectativas de los organizadores de festivales y editores de revistas que todavía consideran necesario demostrar que el cine es un Arte (con mayúsculas).

Así como el cine de arte se define por oposición al producto hollywoodense, que se supone escapista y masificado, Japón puede desglosarse en tácticas particulares que lo alejan de un largometraje comercial. La primera es su antiestética. Hollywood, seguido de cerca por el resto de las cinematografías mundiales, se preocupa más por la forma que por el contenido, decisión que se basa en el conocimiento que tienen de su público y en menor medida en las limitaciones impuestas por la distribución (una película de más de dos horas frecuentemente tiene problemas para llegar a los cines). De ahí la predilección por los efectos especiales, las actrices buenonas y la violencia desmedida. Es lo que los gringos llaman eye candy. Reygadas se opone a esto con una pésima fotografía del debutante Diego Martínez Vignatti, donde alternan las temblorosas tomas en subjetivo con planos abiertos de encuadre indiferente, sin que pueda percibirse un método para pasar de uno a otro. Contra lo que afirma Reygadas en el sentido de privilegiar la realidad en sus películas, la verdad es que lo torpe de su puesta en escena llama tanto la atención sobre la técnica como en el más acelerado thriller hollywoodense. Enfáticos dollys para describir los desacuerdos entre el protagonista y Ascen, travelling pendular para resolver una conversación entre los mismos personajes interrumpido por una burda protección, efectista y precario raccord cuando el protagonista rompe la grabadora de sus huéspedes, desfile de humildísimos extras mirando a la cámara a falta de alguna actividad folclórica con que alargar la proyección.

Para que este ascetismo visual funcionara Reygadas necesitaba contar con mejores elementos para ocupar el espacio profílmico. No es casual que Tarkovski optara siempre por los actores profesionales, con la experiencia necesaria para fingir frente a la cámara y moverse de acuerdo a las necesidades del montaje. Al emplear lugareños y amigos personales Reygadas los abandona a su suerte, registrando sus titubeos, permitiéndoles romper la cuarta pared y saboteando una vez más su ostensible vocación verista. Como es de esperarse las alabanzas sobre su dirección de actores provienen en su mayoría del extranjero, de gente que desconoce la cadencia del habla cotidiana en el altiplano mexicano y que por lo tanto puede pasar por alto lo forzado y antinatural de los parlamentos con que se atraganta el elenco improvisado de Reygadas. Entre los activos de Japón figura en primerísimo lugar el paisaje de Ayacatzintla, aunque esto sólo sirva para recalcar la pobreza del resto de la cinta, ya que Reygadas no puede igualar el impacto que producen esas imágenes ni siquiera encuerando a una octogenaria o mostrando a su actor principal manipulando vísceras en una carnicería. Se supone que uno debe maravillarse ante la audacia de un director que exhibe este tipo de cosas, aunque el modesto cine de serie B esté salpicado de sangre desde hace décadas y cualquier sex shop que se respete tenga una sección de cogelones en plenitud.


Actores improvisados en Japón

Así como los hallazgos formales de Japón se suscitan de forma accidental, la famélica dramaturgia de Reygadas exige la colaboración del espectador para llenar sus numerosas lagunas, que más bien parecen mares. Al público dispuesto a realizar contorsiones interpretativas para conjurar el temor de que está perdiendo el tiempo Japón le proporciona inmejorables oportunidades de tejer motivaciones y conflictos a partir de unos cuantos indicios. El deseo suicida del protagonista, el fervor religioso de Ascen y el despojo orquestado por Juan Luis son material suficiente, a lo sumo, para un cortometraje. Mas he aquí que la benevolencia de los cultos llega cargada de cascajo especulativo con que rellenar los baches del argumento. La misma parquedad de las imágenes solicita la colaboración del público que permanece despierto. Si el protagonista dedica su estancia en Ayacatzintla a recorrer los senderos con su pasito tuntún, fumar mota y jalarse la mazacuata no faltará quien adivine en esto inconfesables confictos existenciales, aunque lo único que aparezca en pantalla sea un cojo con cara de pedo contenido caminando a lo güey, fumando mota y jalándose la mazacuata. Cuando el tipo se va de hocico al querer trepar una loma el culto encontrará en el trivial accidente material para mil sesudas reflexiones. Lo tedioso se vuelve sublime cuando el espectador está convencido de antemano de la enorme trascendencia de la obra que está a punto de presenciar. Después de todo, a nadie le gusta equivocarse.

Para evitar que el bodrio se le desbarate Reygadas usa la música clásica a manera de engrudo. Cuando las imágenes captadas por la lente miope de Vignatti no son suficientes, basta con una embarrada de Bach, Shostakovich y Arvo Pärt para que den el gatazo. Claro que de esta forma se puede filmar a un perro cagando y convertir su movimiento intestinal en una lucha épica contra el destino. Lo que cuenta es la referencia culterana y las ganas de hacer Arte (con mayúsculas), no el resultado en pantalla. Para disipar las dudas queda la letanía de premios y reconocimientos que Japón cosechó en diversos festibalines, siempre y cuando uno ignore el potlatch consustancial a tales eventos, o las decisiones de los jurados que nunca dejan conforme a nadie, o el azaroso proceso de selección, o la necesidad perentoria de confirmar que el cine es un Arte (con mayúsculas) aunque eso ya nadie lo cuestione.