Cine Mexicano
Ciudad de Perros
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(noviembre 8, 2007)
El título y algunos elementos (un teporocho, peleas de perros) hacen suponer que esta es la versión videohomera de Amores Perros, algo que no estaría nada mal para que le dieran a González Iñárritu una lección de cómo filmar los bajos fondos de la ciudad de México sin caer en el humor involuntario. Por desgracia, esto no llega a suceder, las prisas y la falta de recursos hacen que esto sea un videohome más, con algunos apuntes sobre la corrupción y la creencia de que para justificar el título es necesario que un personaje mire a la cámara y diga: "La vida es una porquería y esta es una ciudad de perros".
Es más, aunque en algún momento de la dispareja historia se menciona que uno de los protagonistas se gana la vida organizando peleas de perros, y se llega incluso a mostrar a un par de simpáticos canes, esto tampoco se concreta. Mientras los créditos iniciales señalan a los responsables, vemos a dos pandillas de vándalos, cada una con su respectivo perro, dirigiéndose a unas canchas donde se llevará a cabo un combate clandestino. Una vez que ambos bandos se presentan en el lugar nos enteramos de que sólo hace falta la llegada de un diputado corrupto (Gary Rivas), para que arranque el show. Cuando éste aparece a bordo de una kilométrica limousine blanca, como si estuviera llegando a su fiesta de quince años y no a un barrio bravo, se desatan las hostilidades... pero no entre el contingente canino, sino entre dos morras que sin más ni más se agarran a golpes.
Siendo muy generoso, uno podría suponer que esto es una sutil forma de burlarse de las expectativas del espectador. No obstante, lo más probable es que se deba a la improvisación y esto se confirma a medida que avanza el relato. Por una parte al guión le hacía falta una repasada antes de mandárselo al director. Al productor, que es también el autor del argumento, se le ocurrieron algunas buenas ideas para unir a un par de personajes que se disputan el barrio pero que respetan el lugar de cada uno, como ocurre entre Sosa (Roberto Sosa) y Serpiente (Luis Felipe Tovar), hasta que este último se pasa de veras y comete un crimen que desencadena una serie de represalias entre las pandillas rivales. Contado así hasta suena interesante, lo malo es que el conflicto tarda tanto en carburar que se vuelve indispensable rellenar la película con los traumas familiares de los protagonistas, aunque no aporten gran cosa, y algunas escenas eróticas "de buen gusto", o sea que las actrices enseñan lo menos posible.
Si la película se vuelve soportable es sobre todo gracias a sus dos actores principales. A Roberto Sosa hay que agradecerle que siempre se tome en serio su trabajo, hasta cuando participa en producciones de lo más humilde. Es tan buen actor que supera con facilidad diálogos que caen de lleno en la cursilería. Otro que también tiene talento y experiencia de sobra para mejorar hasta el videohome más escuálido es Luis Felipe Tovar. Lástima que sea tan huevón. Cuando tiene que actuar en una película que no le interesa es evidente que ni se preocupa por preparar al personaje, aquí por ejemplo simplemente repite lo que ya le hemos visto en decenas de videohomes anteriores, y por cierto le basta para superar a los jóvenes actores con los que comparte escena, quienes con frecuencia tienen que suplir con entusiasmo su falta de técnica. Este es el caso de Leany Fonk, quien interpreta a la amante de Serpiente. La chava estará muy piernuda y lo que quieran, pero cuando tiene que lucirse en sus escenas dramáticas resulta que Luis Felipe Tovar la opaca sin esforzarse.
En la parte técnica lo más rescatable es la fotografía de Manuel Martínez, que por momentos obtiene atmósferas convincentes. Sin embargo, la puesta en escena es bastante precaria, con cambios de ángulo inoportunos y una edición que apenas logra disimular que las imágenes no encajan: poniendo atención se puede ver que los actores cambian de posición en cada corte. Los vicios de producción del videohome también hacen acto de presencia en Ciudad de Perros. Normalmente cuando el reparto incluye a un actor famoso se graban sus escenas en una sola locación y en un par de días. Esto beneficia tanto al actor, que recibe un cheque por un trabajo fácil, como al productor, que puede anunciar un mejor elenco. Lo malo es que esto limita el desarrollo de la historia, porque el famoso en cuestión no puede salir en las escenas que transcurren en otros sitios que no sean esa locación particular. En Ciudad de Perros esto es lo que pasa con Luis Felipe Tovar, que se pasa toda la película encerrado en una casa, al grado que cuando le promete a su novia que la va a sacar a cenar y a bailar uno ya sabe que la cena y la bailada se van a quedar en promesa.
Por lo general cuando un videohome no funciona dentro de los modestos límites de su género, al menos puede uno divertirse con los momentos de humor involuntario. En Ciudad de Perros hay algunas cosas curiosas, como el escape de una secuestrada, quien evade a sus captores con toda facilidad gracias a que éstos la dejan sola y ni siquiera cierran la casa con llave. Ella lo único que tiene que hacer es burlar a su guardián y salir por la puerta principal. El otro aspecto gracioso es el personaje de la reportera, una güerita (Noira Luz Mendivi) que está más tocada que Las Mañanitas. La inocente cree que haciendo un reportaje sobre pandillas callejeras va a provocar un cambio en la sociedad, le habla a la pantalla mientras edita el video que ella misma grabó (¿pues qué en ese noticiario no tienen editores ni camarógrafos?) y se enamora de Roberto Sosa solamente porque lo espía organizando peleas clandestinas. Además la actriz tiene problemas de dicción, magnificados por la costumbre de los videohomeros de hacer una sola toma. Hay una escena donde ella defiende a "los jotitos sin esperanza", y no se refiere a la Zona Rosa, sino a los jodidos que sufren los efectos de la corrupción y la inseguridad.
Este mismo personaje tiene otros diálogos donde anuncia que su intención es "denunciar lo que pasa a plena luz del día". ¿No sería mejor denunciar lo que pasa en lo oscurito? Después de todo, los pobres no necesitan descubrir estos problemas porque los conocen de sobra. Los ricos también saben que esto existe, pero no les importa... hasta que ellos son las víctimas y entonces sí exigen justicia. Y como en México se puede transmitir por televisión un video que muestra al brazo derecho de un político de izquierda, supuestamente incorruptible, aceptando un soborno de miles de dólares, y no pasa nada, pues entonces hay que aceptar que el cine mexicano necesita progresar mucho antes de que pueda ejercer labores de crítica social. La realidad supera con creces a la ficción. En ese sentido Ciudad de Perros es más bien ingenua, con un desenlace donde el bien triunfa sobre el mal tras una caótica balacera. El intento por darle mayor profundidad al relato, criticando la desintegración familiar, no llega a cuajar. A pesar de filmar en locaciones auténticas, entre montañas de basura y puestos de garnachas, con diálogos improvisados por Carmen Salinas para darle más realismo al asunto, este videohome se mantiene dentro de los parámetros del género.
