Hollywood
Duro de Matar 4.0
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(julio 16, 2007)
Como la nueva camada de héroes de acción -Vin Diesel, The Rock, Mark Wahlberg- no termina de dar el estirón Hollywood ha tenido que echar mano de sus actores veteranos. Lo que hace unos años era apenas concebible como un chiste malo ya se ha vuelto una realidad con thrillers geriátricos como Firewall, donde Paul Bettany tenía que fingir que Harrison Ford todavía es capaz de ganarle una pelea, o la reciente Rocky Balboa, donde Sylvester Stallone conservaba cierta dignidad en lo que era básicamente un drama hasta que llegaba el momento de subir al ring y todo se echaba a perder.
Ahora es el turno de Bruce Willis para sobreponerse a sus achaques y enfrentar a un grupo de villanos que eran apenas unos chamacos cuando él ya derrotaba a un grupo de terroristas alemanes en un rascacielos de Los Angeles, allá por 1988. Willis tiene la virtud de ser varios años menor que Ford y Stallone, además de estar mejor conservado. Frente a los inexpresivos Rambos y Terminators de sus rivales (y en menor medida, los personajes de Jean-Claude Van Damme), John McClane representaba un tipo de héroe de acción más cercano al espectador, aunque no necesariamente más verosímil. Si a Schwarzenegger le rebotaban las balas y Stallone se basta sólo para derrotar al Viet Cong, Willis tenía la desventaja de ser más humano y en consecuencia sufría más que sus colegas. En esta cuarta aventura, a John McClane lo golpean en repetidas ocasiones, le disparan constantemente, un avión de combate incluso le arroja misiles. Al final, por supuesto, McClane sale avante, pero bastante magullado.
Esta relativa vulnerabilidad, amplificada por el carisma de Bruce Willis, es lo que le permitió a la serie Duro de Matar alcanzar un balance entre las proezas de su protagonista y las leyes de la física. Mientras otros héroes de acción podían sobrevivir una explosión nuclear sin un rasguño (como Schwarzenegger en Depredador), McClane carecía de superpoderes. En esta cuarta entrega se respeta ese equilibrio hasta cierto punto. Hay un resbalón temprano cuando McClane usa una patrulla como misil para derribar un helicóptero, tal como se puede ver en el trailer, pero durante la mayor parte de su metraje Duro de Matar 4.0 resiste la tentación de exagerar las peleas y los balaceras dentro de los parámetros del cine hollywoodense. Pedirle realismo a las películas de acción es una tontería, obviamente. Sin embargo, hay directores que se dejan llevar por el entusiasmo y filman escenas donde el héroe hace cosas que son imposibles hasta para el tono del relato. Una cosa es que los protagonistas de Banlieue 13 derroten a un gigante que puede romper concreto a puñetazos, porque estamos hablando de una caricatura que se asume como tal, y otra que James Bond hable de los intereses geopolíticos de Rusia en relación a Afganistán antes de subirse a su carro volador. La clave es ser consistente y eso es algo que Duro de Matar 4.0 consigue hasta que aparece el jet y John McClane se convierte en Superman.
Por supuesto que es absurdo que unos mercenarios europeos armados hasta los dientes, con rifles de asalto y helicópteros, le disparen a John McClane sin atinarle nunca y éste en cambio los mate a todos con una modesta escuadra, casi sin apuntar. Es ridículo que McClane pueda superar en una pelea a una experta en kung fu (Maggie Q) y minutos más tarde a un tipo que es una reata para el parkour (Cyril Raffaelli, de Banlieue 13) sin necesidad de ser hospitalizado inmediatamente con fracturas y hemorragias internas. Es como para doblarse de la risa cuando McClane y Matthew Farrell, el hacker al que debe proteger, quedan atorados en el tráfico de Washington tras un ataque terrorista que inhabilita a toda la infraestructura de la ciudad, luego abordan una patrulla mientras los persiguen por calles súbitamente desiertas y al poco tiempo, cuando entran en un túnel, aparezca de la nada una horda de automovilistas para embestirlos de frente. Todo eso es de una simpleza que asombra y al mismo tiempo funciona porque encaja con la magnitud del plan maestro del villano en turno, con el imperativo comercial del blockbuster hollywoodense de siempre superar lo hecho antes y con la personalidad de Bruce Willis, que nunca se toma en serio estas tonterías.
Toda secuela necesita además alcanzar el justo medio entre repetir lo que funcionó de los episodios anteriores y combinarlo con alguna novedad. Hay que darle gusto a los fanáticos mientras se les ofrece algo que no hayan visto ya. En Duro de Matar 4.0 la principal diferencia es que prácticamente el único personaje que regresa es John McClane. En la segunda regresaban la esposa y el reportero, en la tercera el villano resultaba ser pariente del terrorista alemán de la original y ahora en cambio el único punto en común es Lucy McClane (Mary Elizabeth Winstead, de Sky High), la hija medio rebelde que nos demuestra que del odio al amor filial sólo hay un paso. Se continúa la tendencia a ampliar el escenario donde transcurren los hechos. En la primera era sólo un edificio, en la segunda un aeropuerto y una iglesia cercana, para la tercera ya era toda la ciudad de Nueva York y en esta ocasión estamos hablando de toda la parte este de Estados Unidos: Nueva Jersey, Baltimore, Washington, etc. McClane y compañía no llegan a Miami sólo para no alargar demasiado la película.
Duro de Matar 4.0 respeta la tradición de poner a McClane en contacto con el malo y también con el único policía honesto de la región por medio de un teléfono que se descompone en los momentos cruciales. A decir verdad el villano que interpreta Timothy Olyphant es poco impresionante a pesar de ser descrito como el hacker más temible del mundo, y eso tomando en cuenta que en las películas los hackers son seres míticos que con una laptop averiada son capaces de penetrar en cualquier sistema para ejecutar cualquier acto ilegal, desde transferir billones de dólares a sus cuentas de ahorro hasta controlar las señales de todas las televisoras del país, mientras juegan Halo con los ojos vendados y ensamblan una PC nueva con los pies. Por una de esas extrañas contradicciones que tiene la vida en Hollywood, estos super hackers son rastreados fácilmente a través de sus direcciones de IP, intercambian sus datos personales cuando colaboran en proyectos misteriosos con posibles terroristas y sólo recapacitan si son obligados a presenciar el caos provocado por sus actos. Otro hecho curioso es que los datos financieros de Estados Unidos, todas las transacciones entre instituciones y personas, pueden ser almacenados en un disco duro.
Representando al hacker que guía a John McClane a través de este mundo fantástico de la computación tenemos a Justin Long, cumpliendo con el requisito de proporcionarle a nuestro héroe un patiño capaz de explicarle los aspectos que ignora y más tarde un aliado dispuesto a arriesgar la vida por un tipo al que apenas conoce. Las discusiones entre Bruce Willis y Justin Long al principio representan un intento por darle un subtexto político a la cinta, rápidamente frustrado por la necesidad de mantener un discurso accesible para público de un amplio espectro político. Así, McClane defiende al rock clásico cuando Farrell hace gestos con las rolas de Creedence, lo que de alguna manera señala que está en contacto con la sensibilidad del ciudadano promedio, pero a la vez desconfía de la autoridad, los agentes del FBI, Homeland Security, la CIA, etc. son corruptos o ineptos con una sola excepción por lo que nuestro héroe tiene razón en hacer lo que se le pega la gana, desobedeciendo órdenes directas de sus superiores. Seguramente por eso sigue siendo un humilde detective pese a sus anteriores actos de heroísmo, o tal vez el escalafón en el departamento de policía de Nueva York está más empinado que el monte Everest.
Lo que me gusta de esta película, más allá del placer inmediato que generan las explosiones y los balazos, es que me divierto tanto ahora, burlándome de sus incoherencias, como cuando estaba en el cine, dejándome llevar por la inercia de su coreografía ultraviolenta. Checando las opiniones de otras personas encuentro que a muchos les irritó la falta de realismo, que el villano se queda muy por debajo del memorable Hans Gruber interpretado por Alan Rickman en la original, la escasa relación con los episodios anteriores, los defectos de la edición. Son quejas válidas, dignas de ser tomadas en cuenta, en última instancia irrelevantes porque Duro de Matar 4.0, en tanto espectáculo de acción, supera a sus contrincantes recientes. Es la superproducción descerebrada más entretenida en lo que va del año y eso no es cualquier cosa.
Sitio Oficial:
www.livefreeordiehard.com
