Hollywood
Transformers
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(julio 19, 2007)
Michael Bay ataca de nuevo. Conocido por enfocarse en los aspectos más superficiales de sus películas en detrimento de la narración, Bay consigue con Transformers la que quizás sea su obra cumbre, tanto en lo bueno como en lo malo. Como espectáculo hay mucho que alabarle: los efectos especiales son de primer nivel, el diseño de producción es incomparable, el audio es el equivalente a un concierto de death metal a la enésima potencia. Transformers sería excelente de no ser porque también incluye diálogos, actores y un argumento, todo ello de una calidad deplorable.
La primera escena despierta esperanzas de que la película será un espectáculo divertido, con el acento en la pirotecnia, una admiración tal vez excesiva hacia los militares, un despliegue visual como se acostumbra en las superproducciones de verano, etc. Nadie quiere una historia demasiado intrincada, ni un tratado sociológico con una cinta como ésta. Tan sólo villanos megalómanos y héroes que les pongan un hasta aquí, enfrentados mediante una narrativa simple, con la posibilidad de hacer a un lado la lógica siempre que estorbe a la diversión. Cuando una base militar de Qatar ("en Medio Oriente", según subtítulos para retrasados mentales) es atacada por un robot gigante, que llega disfrazado de helicóptero y hace pomada a los soldaditos gringos que tratan de atacarlo, la promesa parece cumplirse. Más allá de lo divertido que es presenciar la derrota del ejército norteamericano, aunque sea en una tonta película de acción, los eventos iniciales de Transformers están bien coreografiados, anuncian el conflicto básico del relato y despiertan la curiosidad del espectador sobre lo que vendrá a continuación, al tiempo que presentan al que debería ser el héroe humano de la aventura, el capitán Lennox interpretado por Josh Duhamel.
Algún entrometido querrá ver en Transformers un ejemplo de propaganda fascista, una oda al militarismo disfrazada con efectos especiales, una herramienta de reclutamiento diseñada por el Pentágono. Eso tal vez sería cierto si los héroes fueran los soldados que sobreviven al ataque preliminar, dirigiéndose a un pueblo cercano para tratar de poner sobre aviso a sus superiores. Es entonces cuando los guionistas Roberto Orci y Alex Kurtzman toman la decisión de darle el papel principal a Sam Witwicky (Shia LaBeouf), llamado a ser uno de los protagonistas más odiosos en la historia del cine.
Entiendo que el público principal de los blockbusters son los adolescentes. Antes de quejarse del tono juvenil de este tipo de películas uno debe tomar en cuenta que sin este segmento demográfico Transformers nunca se habría erigido en una costosa producción hollywoodense. Hace ya varios años que dejé de pertenecer a ese rango de edad (afortunadamente, porque ni yo me aguantaba), sin embargo sigo disfrutando el cine de terror y acción más que ningún otro género. Es por eso que convertir a Shia LaBeouf en el héroe de la película me parece un gran error. A partir del momento en que Sam Witwicky se convirtió en el centro de la historia, con sus incesantes berrinches, mi frustración fue en aumento hasta que por fin los robots dejaron de hacerla de emoción, descubrieron su verdadera identidad y se agarraron a madrazos en medio de una ciudad (aunque sin provocar bajas en la población civil).
Durante aproximadamente una hora los guionistas nos obligan a acompañar a Sam, que es un pelmazo, haciendo cosas más adecuadas para una versión censurada de American Pie, como son rogarle a su papi que le compre un auto, enamorarse de una compañera de clases sin darse cuenta que está muy por encima de su nivel (se trata de la guapísima Megan Fox, cuya belleza está en proporción inversa a su talento), ponerse nervioso al llegar a una fiesta a la que no fue invitado, mientras uno está ansioso por regresar a las explosiones y los balazos. El pretexto para el remedo de comedia estelarizado por Sam Witwicky es que él posee la clave para localizar un artefacto llamado Allspark, que es como el Arca de la Alianza en Cazadores del Arca Perdida, una fuente de poder que puede destruir el Universo o algo así, por lo que los robots buenos, los Autobots, deciden proteger a Sam antes de que los malos, los Decepticons, usen la cosa esa para sus malévolos fines. Es lo acostumbrado en este tipo de historias. No obstante, dejarle este papel al capitán Lennox respetaría la necesidad de darle un toque humano a lo que en esencia es una pelea entre autómatas sin rebajar el relato a una fantasía para adolescentes chaquetos.
Quisiera aclarar que no soy el presidente del club de fans de Josh Duhamel, ni nada por el estilo. Es un actor limitado que tiene en este tipo de papeles su mejor oportunidad para lucirse. Sobre todo cuando tiene enfrente a un Shia LaBeouf sin brújula, con un personaje cobarde, antipático, irresponsable... cuando aparecen los agentes secretos en su casa pensé que su misión era hacerle calzón chino hasta que dejara de quejarse como nena. No es casualidad que el momento más penoso de Transformers sea cuando Sam trata de ocultarle a sus padres la presencia de los Autobots en su jardín, aprovechando que los vecinos son ciegos y sordos (supongo, de otra forma no entiendo de qué sirve que los Autobots se escondan para que el señor y la señora Witwicky no los vean, si al día siguiente todos en la cuadra les van a contar lo que pasó).
Lo realmente sorprendente de la actuación de Shia LaBeouf (¿la nueva estrella juvenil de Hollywood?, no me hagan reír) es que no se deja opacar por un elenco que incluye a John Turturro en el punto más bajo de su carrera, a Jon Voight deseando que se lo trague la tierra y en particular a la señorita Rachael Taylor, una güera australiana que en un mundo más justo tendría un papel destacado sólo en videos donde sus coestelares fueran dos negros superdotados y un frasco de lubricante. A propósito de estereotipos raciales, habría que preguntarle a Michael Bay cuánto le cuesta su membresía anual al Ku Klux Klan. Desde la primera escena, donde un soldado latino habla español ante la indignación de sus camaradas, pasando por el instante en que un grupo de policías irrumpe en el escondite de un par de hackers (cuya aportación a la trama es casi nula) provocando el pánico de un negrito que huye despavorido hasta caer en una alberca, Transformers es un festival de racismo. Sólo falta una escena donde un japonés dientón no puede resistir la tentación de tomarle una foto a Megatron y está a punto de ser aplastado por un edificio que se derrumba.
Por último, hay que señalar el factor que impide que Transformers funcione en el modesto nivel de entretenimiento sin pretensiones. Las secuencias de acción son terribles. Michael Bay empleó a un pelotón de editores para que cada escena que involucra a los robots contenga más cortes que un largometraje normal, por lo que es imposible entender qué está pasando cuando los Autobots finalmente pelean con los Decepticons. Hay mucha destrucción, estallidos, tanques y aviones combatiendo entre sí, robots gigantescos intercambiando golpes. Es una mejora en relación a las aventuras de Sam Witwicky y aun así decepciona. Los últimos treinta minutos son una masa confusa de metal retorcido, cohetes que vuelan de un lado a otro, diálogos mongoloides y un adolescente tarado que salva a la humanidad por accidente. Duro de Matar 4.0 sigue siendo la mejor producción descerebrada del año.
Sitio Oficial:
www.transformersmovie.com

