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Mentes en Blanco
MENTES EN BLANCO
(Unknown)
Dirección
:
Simon Brand
Guión:
Matt Waynee
Producción:
Rick Lashbrook, Darby Parker, John S. Schwartz
Fotografía:
Steve Yedlin
Música:
Angelo Milli
Edición:
Paul Trejo, Luis Carballar
Elenco:
James Caviezel, Greg Kinnear, Joe Pantoliano, Barry Pepper, Jeremy Sisto, Bridget Moynahan, Peter Stormare, Clayne Crawford
EE.UU., 2006, Broken Nose / Eleven Eleven Films / IFC / Rick Lashbrook Films / Weinstein Company, 85 min.

Otras opiniones:


Hollywood

Mentes en Blanco

Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(agosto 31, 2007)

La premisa recuerda a Saw y a Cube: un grupo de personas despiertan en un lugar aislado, sin saber cómo llegaron ahí o cómo pueden escapar. La diferencia es que Mentes en Blanco no corresponde a los géneros del terror ni la ciencia ficción. Es una historia de crimen y traiciones, un secuestro que se complica dándole oportunidad al director Simon Brand y al guionista Matt Waynee, ambos debutantes, de darle un giro a un argumento de suspenso para tratar de emparentarlo con cintas como Memento.


Trailer de Mentes en Blanco

En su primera mitad Mentes en Blanco consigue enganchar al espectador con el dilema de cinco tipos que vuelven en sí en una casa de seguridad a la mitad del desierto. Uno de ellos está atado a una silla (Joe Pantoliano), otro está esposado a una pasarela y está herido de bala (Jeremy Sisto), uno tiene la nariz rota (Greg Kinnear) y otros dos (Barry Pepper y James "Chuy" Caviezel) no presentan heridas aunque recuerdan nada sobre su vida anterior o cómo llegaron a la situación actual. Para simplificar las cosas me referiré a cada personaje con el nombre del actor que lo interpreta.

Caviezel es el primero en despertar, verifica que los demás están vivos aunque no se atreve a liberar a los que están atados, toma una pala que está tirada en el piso y al explorar el edificio en busca de una salida contesta el teléfono. El hombre que está en la línea parece reconocerlo y le dice que estará ahí en algunas horas. Conforme los demás recuperan la conciencia la situación se convierte en el equilibrio de poder entre facciones que se forman y se disuelven con cada fragmento de memoria que recuperan. Pronto descubren que la causa de su amnesia es el gas que escapó de un contenedor y lo que es más preocupante: hay evidencia de que dos de ellos eran las víctimas de un secuestro que lograron sorprender a sus captores. Ahora tienen que descubrir quién es quién antes de que los otros secuestradores regresen tras cobrar el rescate.

Esta parte funciona porque el director y el guionista desarrollan la premisa básica con sobriedad, concentrándose en los aspectos prácticos que estos hombres deben superar en su encierro (encontrar la forma de escapar de la bodega abandonada, apropiarse de un arma que les proporcione una ventaja frente a los secuestradores en camino o simplemente para someter a los demás). Simon Brand tiene una larga carrera como director de videoclips y comerciales pero no abusa de la edición desbocada o de los filtros para tratar de subirle la tensión a su puesta en escena. Sólo hay algunos flashbacks a medida que los personajes recuperan la memoria, donde vemos fugaces imágenes de las circunstancias que los llevaron a su situación actual. Matt Waynee maneja bien la incertidumbre de cada uno de ellos, obligándolos a formar alianzas sin saber exactamente cuáles eran los bandos antes de que el gas los noqueara, estableciendo juegos de poder que les impiden colaborar para lograr un objetivo en común.

Hay algunas escenas fuera de la bodega, que muestran la forma en que la policía ha montado todo un dispositivo para capturar a los criminales en el momento de obtener el rescate. Estas secuencias no tienen la misma intensidad que las del encierro, además de que introducen a una Bridget Moynahan (Yo, Robot, Carnada) que interpreta a la esposa de uno de los secuestrados y que conduce a la película por derroteros más familiares. Aun así, Mentes en Blanco mantiene el interés del espectador con un par de tretas que le permiten a los criminales sacarle ventaja a las fuerzas de la ley.

Sin embargo, la inexperiencia de Simon Brand y de Matt Waynee en la elaboración de largometrajes terminan por convertir a Mentes en Blanco en un thriller más convencional. Cuando Waynee termina de revelar cuál era la situación entre víctimas y plagiarios antes de que el gas los dejara inconscientes la película empieza a depender cada vez más de los enfrentamientos típicos entre buenos y malos, donde el protagonista parece estar a punto de ser asesinado hasta que otro personaje interviene en el último momento y ataca al villano por la espalda. Para evitar que la paranoia inicial se le vaya de las manos Waynee comete otro error, dándole a uno de los personajes un flashback bastante claro que lo ubica en uno de los bandos sólo para olvidar este detalle no tan pequeño y mantener así la duda sobre su condición hasta el final. Sólo que esto no funciona porque en este tipo de películas uno entiende que los flashbacks son más objetivos que los diálogos o las actitudes de los personajes. Los personajes pueden mentir o tratar de engañar a los demás, pero los flashbacks deben decir la verdad y si esto es así no se entiende por qué el personaje al que hago alusión sigue dudando hasta la escena final.

Hay otra cosa que los realizadores intentan para darle mayor solidez a lo que en esencia es un rompecabezas. Aprovechando que la pérdida de la memoria deja a todos en igualdad de condiciones, Waynee y Brand quieren explorar hasta qué punto estos hombres se distinguen sólo por sus acciones en las condiciones que les impone su cautiverio. Despojados de un pasado que los identifique como malvivientes o empresarios exitosos, su integridad es juzgada sólo en base a lo que hacen en el período que narra la película. La falta de actores ya identificados como héroes impide que se pueda encasillar a los personajes por lo que sus intérpretes hayan hecho en cintas anteriores. La única excepción es Greg Kinnear, que sin ser precisamente simpático no es lo bastante odioso para ser uno de los criminales. Con Peter Stormare sucede lo contrario pero su personaje es identificado desde el principio como uno de los malos, en escenas que transcurren fuera de la bodega.

El problema es que Waynee y Brand llevan este subtexto, que debería servir sólo para darle un poco de sabor a un thriller sin demasiados alcances, a un nivel que en ocasiones sobrepasa al resto de la película. Hay algunos diálogos donde los personajes mencionan que el carácter de un hombre se define por sus acciones y en especial una escena donde uno de ellos empieza a silbar el himno a la alegría de Beethoven hasta que el resto se le une que enfatizan en exceso la moraleja sobre la supuesta fraternidad de los protagonistas. Me parece innecesaria la insistencia en añadirle un mensaje a lo que podría ser un thriller memorable si los realizadores fueran un poco más cínicos. Hacia el final de la historia, cuando se suscitan un par de giros en la trama (como es de esperarse) su impacto se diluye porque para entonces la película ya se decantó hacia un terreno moral que le quita fuerza al conjunto.