Hollywood
El Día que Mataron a Kennedy
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(septiembre 11, 2007)
A Robert Kennedy, el senador que en 1968 competía para ganar la nominación como candidato presidencial por el partido Demócrata. El 4 de junio de ese año derrotó en las preliminares a Eugene McCarthy, su principal opositor, y tras dar un discurso de agradecimiento en el hotel Ambassador fue asesinado por Sirhan Sirhan. Algunos sospechan que Sirhan fue manipulado por los enemigos políticos de Kennedy, que incluían a la CIA y a la mafia, pero no hay suficiente evidencia de esto para alimentar las teorías de conspiración que aún rodean la muerte de su hermano John. Es necesario aclarar esto porque el título en español puede llevar a algunos despistados a suponer que se trata de un trabajo similar a JFK.
Trailer de El Día que Mataron a Kennedy
El interés de Emilio Estevez en su tercera cinta como director y guionista es más bien intentar un drama coral a la manera de Robert Altman, concéntrandose en el efecto que la muerte de Robert Kennedy tuvo en varias personas que estaban en el Ambassador aquel día. En la película algunos de estos personajes resultan heridos en el tiroteo, situación inspirada en la vida real sin apegarse estrictamente a los hechos. Más que recrear el asesinato en todos sus detalles, Estevez quería filmar el fin de una era en la historia reciente de Estados Unidos, según ha afirmado en diversas entrevistas. Dejar atrás las teorías sobre quién fue el autor intelectual del atentado para enfocarse en el impacto que el hecho tuvo en las personas que estaban presentes en ese momento. De entrada a Estevez le cuesta trabajo lograr la espontaneidad que Altman obtenía hasta en sus peores películas. Esto probablemente se debe al método de trabajo preferido por Altman, abierto a la improvisación en los emplazamientos de cámara y en el desempeño de los actores, que contrasta con el esforzado esquema de Estevez, donde cada pieza encaja con demasiada facilidad, con diálogos prefabricados para tocar cada uno de los Temas Relevantes que invariablemente salen a colación al hablar de los 60: Vietnam, la lucha por los derechos civiles, inmigración ilegal, drogas, etc.
Pasar de un tema a otro cada pocos minutos permite fingir una profundidad que se desvanece cuando se examinan en detalle los monólogos que cada personaje tiene para trazar alguna faceta de lo que Estevez imagina era la vida en esa década, con vagos ecos de la situación actual norteamericana (Irak, racismo, otra vez inmigración, nuevas drogas). Así, una discusión entre los meseros mexicanos y el cocinero negro prepara la escena para una tensa conversación sobre la mejor vía para luchar contra el racismo. Más tarde, una reportera checoslovaca enviada por un periódico afin al régimen de Dubcek insiste en que su país es socialista, no comunista, aunque sus interlocutores norteamericanos sean incapaces de distinguir entre uno y otro. Una jovencita que aceptó casarse con un compañero de la preparatoria para evitar que lo manden a Vietnam le explica sus motivos a una estilista, que a su vez, ya en un plano más íntimo, le reclama a su esposo una de sus infidelidades. Hay algunos pequeños gestos de bondad entre personajes aparentemente opuestos, lo que le da un leve impulso dramático a la película, sin ser suficiente para que Estevez demuestre su tesis de que la muerte de Kennedy representó algo significativo en sus vidas, la idea de que este hecho cambió sus vidas para siempre no se concreta.
Le corresponde a los actores darle vida a personajes apenas esbozados y no es de sorprender que algunos tengan problemas para hacerlo. Hay veteranos como Harry Belafonte, William Macy y Laurence Fishburne que no tienen ningún problema en dotar de sustancia a un guión bastante esquemático. También aparecen varias caras nuevas, con carreras en ascenso como Mary Elizabeth Winstead, Nick Cannon y Freddy Rodriguez, que con pocos diálogos logran sugerir que con un par de escenas más podrían llevar a sus personajes en direcciones interesantes. Pero también hay una parte del elenco que se acerca peligrosamente al stunt casting, que aparecen sólo para llamar la atención, como Ashton Kutcher (fatal como un hippie que inicia a dos imberbes en el uso del LSD), Demi Moore (como cantante en decadencia) y Heather Graham (como telefonista buenona). Los demás son nombres conocidos que llevan un buen rato sin destacar (Christian Slater, Martin Sheen) o que nunca lo han hecho (Helen Hunt, el mismo Emilio Estevez) y que tampoco tienen por qué descubrir reservas insospechadas de talento a partir de un guión tan endeble.
Escena de El Día que Mataron a Kennedy,
música de Simon y Garfunkel
Como director Emilio Estevez carece de la inspiración de Robert Altman pero por suerte también le faltan las ínfulas de Paul Thomas Anderson. Su película nunca se acerca a la autenticidad de Nashville, Estevez es un cineasta demasiado rutinario para ello, y al mismo tiempo esta humildad le impide imitar los adornos gratuitos de la infumable Magnolia. En su libreto Estevez aspira a un cierto realismo que colisiona con lo predecible de los parlamentos y las situaciones dramáticas (cada personaje dispone de un pequeño arco dramático que se resuelve justo a tiempo para que a Kennedy lo dejen como cedazo), en su puesta en escena hay una tensión similar entre los planos secuencia que siguen a cada actor desde atrás en sus recorridos por el hotel y que se resuelven con mucha frecuencia en apacibles campo / contracampo una vez que éstos entablan sus conversaciones, todas significativas y ninguna creíble, con alguna otra persona. Las excepciones son una breve secuencia donde Brian Geraghty, Shia LaBeouf y Ashton Kutcher se malviajan al experimentar con LSD, aderezada con bombarderos y políticos que salen de un closet, y un frecuente uso de imágenes de archivo tomadas de noticieros de la época, donde Walter Cronkite y Mike Wallace informan al teleauditorio los resultados de la preliminar.
Estas mismas imágenes son las únicas de la película donde aparece el personaje principal. Estevez nos deja un retrato de Robert Kennedy que se acerca a la hagiografía desde el momento en que lo único que vemos de él son sus promesas de campaña y la recepción de los segmentos del público que simpatizaban con su plataforma (negros, latinos, católicos). De la compleja y en ocasiones conflictiva personalidad del verdadero Robert Kennedy la película no tiene nada qué decir. En algún momento uno de los personajes asegura que tras el asesinato de Martin Luther King su última esperanza se llamaba Bobby Kennedy y el mesianismo de una aseveración semejante le pasa de noche al director. La popularidad de Robert Kennedy entre amplios sectores de la población no equivale a un certificado de santidad. Sería interesante que la película incluyera el punto de vista de personajes que mostraran mayor escepticismo, si no republicanos, al menos aquellos demócratas que se inclinaban por McCarthy, o por Hubert Humphrey. Estevez se deja llevar por la nostalgia crédula y en lugar de una reflexión mesurada sobre el papel de Robert Kennedy en la política de su tiempo tenemos una ola de sentimentalismo que adquiere las proporciones de un tsunami cuando se dejan oír las melosas voces de Simon y Garfunkel justo antes de que Sirhan Sirhan salga a cuadro por segunda y última vez, o al final, una vez consumado el atentado, con un mensaje grabado por Kennedy y que está plagado de lugares comunes sobre la violencia y la fraternidad.
Sitio Oficial:
www.bobby-the-movie.com
