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Bourne: el Ultimátum
BOURNE: EL ULTIMÁTUM
(The Bourne Ultimatum)
Dirección
:
Paul Greengrass
Guión:
Tony Gilroy, Paul Attanasio, Scott Z. Burns, George Nolfi, Tom Stoppard, basado en la novela de Robert Ludlum
Producción:
Patrick Crowley, Frank Marshall, Paul L. Sandberg
Fotografía:
Oliver Wood
Música:
Mark Isham
Edición:
Christopher Rouse
Elenco:
Matt Damon (Jason Bourne), Julia Stiles (Nicky Parsons), David Strathairn (Noah Vosen), Joan Allen (Pam Landy), Scott Glenn (Ezra Kramer), Paddy Considine (Simon Ross), Albert Finney (Dr. Albert Hirsch), Daniel Brühl (Martin Kreutz), Tom Gallop (Tom Cronin), Corey Johnson (Wills), Joey Ansah (Desh), Colin Stinton (Neal Daniels)
EE.UU., 2007, Ludlum Entertainment / MP Beta Prods. / Universal Pictures, 115 min.

Otras opiniones:


Hollywood

Bourne: el Ultimátum

Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(septiembre 17, 2007)

La serie de Jason Bourne, el espía que se alebrestó, continúa con un episodio cuyo principal defecto es la continuidad. No porque la historia arranque justo donde terminó La Supremacía Bourne, con el protagonista herido y perseguido por la policía de Moscú, sino porque repite varias de las situaciones anteriores con sólo algunas variaciones en locación (Tánger en lugar de Berlín) y personajes (Marie ya se enfrió pero Jason consigue otra compañera que también se pinta el pelo). Otro punto en común, que muchos celebran, es el retorno del director Paul Greengrass, quien estuvo a cargo de la segunda película. Su obsesión con la naúsea-cam me impide unirme al coro de elogios. Por lo demás, una destacada cinta de acción para cerrar la temporada veraniega.


Trailer de Bourne: el Ultimátum

Una de las cosas que me parecieron más interesantes de Identidad Desconocida (The Bourne Identity) era el contraste entre un protagonista que era inocente en razón de su amnesia. El más sorprendido cuando mandaba al hospital a dos policías era él y la relación con Marie era creíble porque Matt Damon transmitía bien la desesperación de alguien que desconocía por qué tanta gente estaba tratando de matarlo. Ya en la secuela el personaje perdía su complejidad inicial para aproximarse a la arquetípica Máquina de Matar de tantísimas películas de acción, de Steven Seagal, Jet Li, Jason Statham, etc. Aun así, La Supremacía Bourne retenía un estilo propio en las peleas, en las persecuciones y más que nada en el ingenio con el que Jason Bourne escapaba de los agentes que le seguían los pasos. No obstante, el trabajo de Matt Damon corría el riesgo de volverse monótono, con un personaje que tenía una sola idea en mente y que sólo se detenía para reconstruir una parte de su entrenamiento.

No obstante, era suficiente con que Jason Bourne hablara varios idiomas, dominara el uso de todo tipo de armas y estilos de combate, además de que supiera manipular a sus antiguos jefes para negociar desde una posición de aparente debilidad. Ahora en Bourne: el Ultimátum se pierde la oportunidad de hacer algo nuevo con el personaje al emplearlo en una nueva búsqueda de mayores datos sobre su pasado, con el consiguiente enfrentamiento con otro directivo de la CIA que primero asesina y luego averigua. El guión ofrece pocas variantes con respecto a lo ya visto anteriormente, con el agravante de que Damon está más inexpresivo que nunca, ya sin la confusión de la primera entrega e incluso sin poder encontrarle nuevos matices a su relación con Nicky Parsons. Queda la mecánica de sus escapatorias milagrosas, siempre manteniéndose fuera del alcance de los agentes enemigos,pero con varias situaciones calcadas de las dos películas previas: Bourne citando a alguien en un lugar público y evadiendo a los matones que lo acompañan, improvisando armas con objetos cotidianos (una revista enrollada en The Bourne Supremacy, una toalla y un libro en The Bourne Ultimatum), permitiendo que los desprevenidos gendarmes se le acerquen para someterlos en un parpadeo.

Tampoco se trata de incurrir en la faramalla del 007, sobre todo cuando en Casino Royale el mismísimo James Bond sintió la necesidad de parecerse un poquito a Jason Bourne. Mientras la serie mantenga un -relativo- contacto con la realidad no hay mucho que se pueda hacer con el personaje sin lanzarse de lleno hacia la ciencia-ficción, y eso que la facilidad con la que la CIA puede rastrear a una persona ya se acerca bastante, se le puede refutar con apenas tres palabras: Osama Bin Laden. Nadie pone en duda el cuidado puesto en las secuencias de acción (con la salvedad de la náusea-cam) y es evidente que la razón de ser de toda la serie radica ahí y no tanto en sus intrincados argumentos. De todas formas, me hubiera gustado una película que no repitiera tanto la estructura de la anterior (Bourne investiga su pasado, un ejecutivo teme que le saquen sus trapitos al sol y lo manda matar, Bourne obtiene aliados dentro de la misma CIA) y enfilara en otra dirección, por ejemplo, lo que los servicios de inteligencia gringos llaman blowback, cuando la intervención en los asuntos de otro país tiene consecuencias inesperadas y en realidad contrarias a los intereses de Estados Unidos.

No es un error fatal y en la medida en que el acento está en la acción lo reiterativo del guión puede ignorarse. Algo que no puede pasarse por alto con tanta facilidad es el estilo tan, digamos, particular con el que Paul Greengrass filma las aventuras de Bourne. Muchas personas se han quejado de dolores de cabeza y mareos tras ver la película en los cines, registrándose casos de espectadores que sin decir agua va arrojan el bofe como Linda Blair en El Exorcista, debido a lo espasmódico de la edición y el constante movimiento de la cámara. El reconocido teórico de cine David Bordwell lo explica en detalle en su blog, en un artículo que no tiene desperdicio. Contra lo que muchos críticos afirman, en el sentido de que Greengrass es un genio y su lenguaje cinematográfico de una fluidez portentosa, Bordwell argumenta que es apenas una treta para ocultar una deficiente puesta en escena. Concuerdo en esto casi por completo, con la única excepción de algunos segundos en las escenas de pelea, presentadas con un estilo menos aparatoso que la típica cinta de artes marciales (el estilo de Bourne es como una mezcla de jiu jitsu, wing chun y krav magá) y se supone que más realista, como puede verse en esta escena:


Pelea de The Bourne Ultimatum

Aquí me parece que el estilo de Greengrass llega a ser efectivo para indicar el impacto de algunos golpes y bloqueos, así como para sorprender al espectador con movimientos no lineales (el giro de Desh para zafarse cuando Bourne lo toma de la muñeca), pero en términos generales me deja frío. Los adeptos señalan que el combate de suyo es confuso y más cuando se libra a corta distancia, para el ojo inexperto la sucesión de ataques y contragolpes debe ser casi incomprensible. En la vida real, puede ser. Sin embargo, en una película que ya de entrada es fantasiosa (chequen el noticiero al final) no hay razón para evitar que la edición y el encuadre clarifiquen lo que pasa frente a la cámara. En las películas setenteras de los hermanos Shaw, en particular las dirigidas por Lau Kar-leung, pueden apreciarse peleas que son igual de complicadas sin volverse nunca confusas. Con planos más abiertos y un montaje menos desenfrenado (como en el brinco de Desh, precisamente) se puede transmitir la violencia de un combate cuerpo a cuerpo, el impacto de cada golpe y la ventaja momentánea de cada participante, sin marear al respetable ni complicarle más la vida a los empleados de los cines, que además de palomitas y refresco ahora también deben limpiar la guácara de los concurrentes que no supieron apreciar las geniales aportaciones de Mr. Greengrass.

Si en las peleas y en las corretizas (a pie y en auto) el estilo de Greengrass sólo funciona por momentos, a la hora de filmar conversaciones la puesta en escena de The Bourne Ultimatum llega al absurdo. En el lenguaje cinematográfico tradicional hay algo que se llama over the shoulder, que es cuando se presenta una charla entre dos personas y se ve a cada una de ellas respondiendo mientras en primer plano se alcanza a percibir el hombro de su interlocutor. Esto es para unir los diferentes planos y darle continuidad a las imágenes. Por alguna perversa razón Paul Greengrass cree que esto es insuficiente y por eso insiste en presentar estas mismas escenas con al menos la mitad de la pantalla cubierta por la nuca desenfocada del actor que está en primer plano, mientras que de la persona que está hablando apenas se alcanza a adivinar una oreja y la mitad del ojo. Esto es ridículo. Como también es desatinado que cada establishing shot se logre con violentos jaloneos y un zoom epiléptico, como si el camarógrafo estuviera aprendiendo su oficio sobre la marcha.

Además hay diálogos lamentables ("¡esto es la vida real, no como los periódicos!" le dice Bourne a un posible informante), lo cual es de esperarse en una película de acción. A pesar de que Greengrass es un pésimo director el conjunto se sostiene gracias a los stuntmen que se rifaron el físico brincando de un edificio a otro, estrellando autos y motocicletas o intercambiando cachetadas. El argumento menciona algunas de las prácticas poco éticas que la CIA está empleando en la Guerra del Terror, llevando a algunos a creer que se trata de una obra profunda y relevante. Si repite varias cosas de las películas anteriores al menos éstas siguen siendo interesantes y generan una razonable dosis de suspenso (en particular la secuencia de la estación Waterloo). Con todo y que la náusea-cam me sigue pareciendo uno de los vicios más pronunciados del cine contemporáneo (la técnica tiene varias décadas de haberse inventado pero nunca se había usado de forma tan extensa) la verdad es que Bourne: el Ultimátum igual es entretenida y uno difícilmente lamenta haberse gastado cincuenta pesotes en ella. Eso sí, quienes sufran de mareos en el metro o al leer en un auto deben esperar a que se edite en DVD, por su propio bien y en consideración a los que estén en las butacas contiguas.

Sitio Oficial:
www.thebourneultimatum.com