Serie B
Eragon
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(marzo 22, 2007)
The Hero with a Thousand Faces es el título del libro publicado en 1949 donde Joseph Campbell describe los elementos básicos de todos los relatos mitológicos donde un guerrero desconocido es seleccionado, muchas veces contra su voluntad, para derrocar al rey malvado que oprime al reino. Según Campbell, los pasos que debe seguir el guerrero para convertirse en héroe son: 1) aceptar su destino; 2) descender al inframundo y superar sus peligros; 3) alcanzar la meta, que por lo general equivale a un proceso de crecimiento interno; 4) regresar al mundo "real" y 5) aplicar sus nuevos conocimientos en beneficio de sus semejantes. Vuelvan a leer del 1 al 3 y eso es Eragon, la más reciente versión genérica intercambiable de este mito.
Retomar el mito no es algo criticable en sí mismo. George Lucas lo hizo con La Guerra de las Galaxias. La estructura descrita en El Héroe de las Mil Caras es la base de una gran parte de los relatos de todas las culturas, más allá de la interpretación psicologista preferida por Campbell. La diferencia entre clásicos de la literatura universal como El Conde de Montecristo o de la ciencia ficción como The Stars My Destination y la novela que Christopher Paolini escribió cuando tenía apenas 17 años es la misma que hay entre oír una sinfonía en una sala de conciertos y escucharla en un cassette grabado de contrabando con un micrófono averiado (niños, si no saben lo que es un cassette pregúntenle a sus papás). Es una copia anémica que ni de lejos refleja el esplendor del original.
Eragon, la novela y ahora la película, se apega tanto a la fórmula que Paolini conoció leyendo a J.R.R. Tolkien, Anne McCaffrey y Ursula K. LeGuin, a su vez el ejemplo a seguir para multitud de escritores menos inspirados, que sinceramente no tiene caso intentar una sinopsis. Paolini se limitó a copiar lo que más le gustó de cada uno de estos autores y por eso en Eragon se habla de elfos y enanos, hay dragones que tienen un vínculo telepático con sus jinetes y para dominar la magia es necesario aprender un idioma casi olvidado. Llevado al cine esto significa que desde el minuto cinco uno ya sabe qué va a pasar al final de este primer episodio, pues el churro amenaza con tornarse trilogía.
Copiar lo que uno lee es un paso importante para convertirse en escritor. Todos los que en algún momento han tratado de redactar un cuento, un poema o un ensayo tuvieron que empezar fusilándose a su autor preferido. Algunos nunca superan la costumbre (cfr. Tomás Pérez Turrent) pero la mayoría de los que le entran en serio a la profesión terminan, tarde o temprano, encontrando su propia voz. Quién sabe si esto le vaya a pasar a Paolini, aunque el éxito de Eragon puede ser un estímulo para seguir saqueando a sus predecesores. En la tercera entrega de su trilogía, o en una serie posterior, es posible que Paolini descubra a Michael Moorcock y entonces su protagonista será un albino que navega en tierra con un barco encantado. O mejor aún, algún productor más arrojado dejará afuera al intermediario y llevará a la pantalla a Elric de Melniboné.
Se puede entender que un chamaco de 17 años escriba diálogos como el siguiente: "Spread out: hide behind trees and bushes. Stop whoever is coming... or die", que aparece en la primera página de su novela. Menos comprensible son los pésimos diálogos que los adaptadores del libro incluyeron en la película. Otra cosa que hicieron los guionistas de Eragon fue darle un ritmo desbocado a la cinta, pasando de un evento al siguiente con tanta prisa que el sentido épico de la narración se pierde por completo.
Tampoco ayuda que el actor que le da vida al héroe de la historia sea sangrón, afeminado y tenga cara de teto. De todo el elenco el que sale del pantano con el plumaje más limpio es -mirabile dictu- Jeremy Irons, quien tal vez apenado por el ridículo que hizo en Calabozos y Dragones ahora se toma las cosas en serio y aunque su papel carece de interés se agradece el profesionalismo. A los otros actores les cuesta más trabajo ocultar la vergüenza que les da salir en Eragon. El más mortificado es Djimon Hounsou: se le notan las ganas de mandar todo a la mierda y regresarse a Benin. ¿Y quién le dijo a Joss Stone que es actriz? Al menos tuvieron la amabilidad de darle un papel minúsculo.

Por suerte el cine es un medio visual, la narración es lo que menos importa en cualquier película. Así, uno puede entretenerse contemplando los efectos especiales, área donde el director debutante Stefen Fangmeier tiene una amplia experiencia. El diseño de la dragona es medio raro, tiene alas de ave y la voz de Rachel Weisz, pero ejemplifica hasta qué punto han mejorado los efectos visuales en el cine. Hasta hace un par de décadas el espectador debía usar su imaginación para suplir las carencias de las películas de ciencia ficción, fantasía y terror. Ahora es más fácil dejarse llevar por la historia en lugar de fingir demencia ante los monstruos de hule espuma y las naves espaciales construidas con palitos y corcholatas.
Ahora sí que la diversión que uno pueda extraer de Eragon depende del tamaño de la pantalla donde la vea (en mi home theater hechizo las escenas de vuelo y batallas son bastante aceptables) y de la tolerancia ante el enclenque relato que Paolini se sacó de la manga... o del fundillo, para ser preciso. Es una fantasía deslactosada que si no aporta nada al género al menos es visualmente atractiva.
Sitio Oficial:
www.eragonmovie.com

