Serie B
300
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(marzo 28, 2007)
"The only thing we have to fear is 300 spartans."
- Franklin D. Roosevelt
Frank Miller es una loca closetera. Hay una tendencia en la comunidad gay a decir que todos los hombres que manifiestan desprecio por los homosexuales son loquitas de closet que aún no superan la educación retrógrada que recibieron en casa y por lo tanto responden a sus impulsos vomitando en los otros el asco que sienten por sí mismos. Es una explicación un tanto simplista que le aplican a todo aquel que asuma con demasiado entusiasmo el modelo tradicional de masculinidad. Como todos los clichés, tiene algo de verdad y el mejor argumento a su favor es Frank Miller.
Si ya en Sin City era un tanto sospechoso el hincapié que Miller ponía en los atributos físicos de sus -estuve a punto de escribir heroínas, pero eso no existe en su universo particular- víctimas femeninas sin darles a cambio ningún otro rasgo personal, en 300 las mujeres se desdibujan todavía más: son apenas esclavas de unos sacerdotes decrépitos, aturdidas por los enervantes y objeto de oscuras perversiones, o en el mejor de los casos son las busconas que le sirven a un tirano para comprar conciencias. Los guionistas contratados para adaptar la historieta a la pantalla grande intentaron paliar tan fea misoginia dándole mayor peso en la película a Gorgo, la esposa de Leónidas, con una subtrama inútil donde la buena mujer le da las nailon a su opositor político con tal que convencer al Senado de Esparta de enviar más soldados al frente.
De nada sirve, porque 300 más que una película es un sueño húmedo de Tom of Finland. Desde que Leónidas reúne a su harem, quiero decir, a su "guardia personal" para que marchen todos juntos, uno detrás del otro como jugando a los elefantitos, con sus escudos y sus lanzas y sus tangas, hay que ser muy ingenuo para pensar que lo que estamos viendo no es la quintaesencia del homoerotismo. Hay más fortachones semidesnudos en los eternos 116 minutos que dura 300 que en el curriculito de Tom Cruise, Richard Gere y George Clooney juntos. Superando lo ya logrado en Sin City, donde los protagonistas podían ser viejos o deformes y aun así obtener las caricias de una bella mozuela, en 300 Miller se suelta el pelo y equipara sin tapujos la perfección física con la calidad moral. De tal suerte, los espartanos son unos muñecos de sololoy, bronceados y apuestos a la par que valientes e íntegros, mientras que sus contrincantes además de traidores y decadentes son deformes y, lo que es peor, prietos.
"Ask not what your country can do for you, ask what you can do for Leonidas."
- John F. Kennedy
Hay una molesta tendencia en ciertos críticos y analistas de cine a ver símbolos fálicos por doquier (dime de qué presumes...). Y, claro, como todo es cóncavo o convexo, todo tiene que ver con el sexo, así que no les cuesta ningún trabajo señalar cómo los fusiles, los submarinos, las naves espaciales y los autos son sucedáneos del pelón y sus cuates. De igual forma, todas las cavernas, trincheras y escondites vienen a reemplazar al cucarachón. Por una vez en su vida estos psicoanalistas de fin de semana podrían tener la boca llena de razón al hablar del subtexto homosexual en 300 si no fuera porque dicho subtexto opaca a todo lo demás. Es tan frecuente ver cómo a un tipo le clavan algo por detrás, el gesto de satisfacción del activo, el rictus de dolor y placer del pasivo, el big close-up de la lanza o espada que salpica sangre con entusiasmo eyaculatorio, que señalar que esto es gay es como decir que el Sol es brillante. La intención masturbatoria de Frank Miller es tan evidente que no hay nada más que decir. Doctor Freud, su paciente lo espera.
Si Serrano Limón no estuviera tan ocupado organizando manifestaciones en contra de las mujeres o desfalcando al gobierno tendría que convocar una conferencia de prensa urgente para protestar contra la propaganda gay en 300. La escena donde Jerjes, que según esto era un travesti de tres metros de altura, le pone las manazas en los hombros a Leónidas (un inolvidable -por vociferante y sobreactuado- Gerard Butler) y le suplica que se arrodille frente a su grandeza es una inequívoca invitación a dejar atrás los prejuicios y ensanchar el círculo de su experiencia. Pero el espartano, que es muy machito, se resiste a la tentación y deja con el boiler prendido al afeminado rey, que para más señas es oriental.
Porque no contento con escalar las cumbres de la misoginia y la homofobia sospechosa de tan vehemente, Frank Miller redondea la trifecta putrefacta que es su visión de la batalla de las Termópilas con un racismo que ni el Ku Klux Klan. Según él, los espartanos pelearon para defender la libertad en contra del misticismo y la sensualidad menguante de los persas. En la enrevesada y silogística definición de Miller la libertad es obedecer la ley ciegamente, tal como lo explica Leónidas en el quinto número de 300. Si George Orwell viviera, se volvería a morir. Ahora resulta que los lacedemonios, una de las primeras sociedades totalitarias de la historia, eran adalides de la libertad, que sacrificaron sus vidas para poner el ejemplo a sus débiles contemporáneos y sucesores, y no para ganar tiempo mientras el resto de los helenos organizaban la contraofensiva, como lo dice la Historia.
Para hacerle justicia al protofascismo milleriano, la película nos muestra a unos persas que no sólo eran maricones sino pésimos guerreros, inferiores a los griegos que con una táctica efectiva y sobredosis de testosterona que tumbarían a un caballo derriban a sus enemigos como si fueran fichitas de dominó. En las pocas ocasiones en que Zack Snyder saca las manos de la camisa de fuerza que es la historieta original lo hace para incluir largos planos donde los espartanos se olvidan que la única forma de resistir el ataque persa es formando una compacta línea de defensa, separándose para corretear alegremente a los despavoridos persas, acuchillando y decapitando enemigos que se caen de hambre. Si Edward Said viviera, se cagaba de la risa. Estos combates son absurdos desde el punto de vista táctico, abusan de la cámara lenta-rápida y vienen acompañados de incongruente nü metal, pero son con mucho lo mejor de la película, such as it is.
"Don't misunderestimate Sparta."
- George W. Bush
No contentos con todo esto, los realizadores de la versión cinematográfica aderezan el bodrio con unos mutantes intergalácticos de risa loca. Aunque usted no lo crea, el ejército de Jerjes incluía, además de infantería, arqueros y jinetes, los siguientes elementos: rinocerontes desbocados, elefantes carnívoros, gigantes, ninjas, vampiros, basiliscos y hasta un robot gigante con un japonesito adentro. Todo esto lo resisten a pie firme los 300 espartanos, protegidos sólo por sus escudos y sus huevotes. Cuando la película nos transporta a los aposentos del rey persa, habitados por teiboleras de medio pelo, uno ya ni se sorprende cuando ve a un fauno en un rincón tocando la cítara. Debo admitir que 300, con todos sus excesos, me había parecido simplemente aburrida, pero cuando a uno de los Inmortales, el cuerpo de élite persa, le tiran la máscara y descubrimos que se trata de una mezcla de orco y hombre lobo casi me caigo del asiento. Me reí tanto que no supe qué pasó en la siguiente escena. Sin duda, 300 es uno de los peores estrenos del año pero también está llamado a ser un clásico del humor involuntario... y del cine camp homoerótico, por supuesto.
Sitio Oficial:
300themovie.warnerbros.com
