Serie B
El Imperio del Dragón
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(septiembre 9, 2007)
Desde la época de oro de los Shaw Brothers, con producciones tan sorprendentes como Shaolin del Sur contra Shaolin del Norte (mejor conocida como Shaolin Invencible), El Puño del Loto Blanco o Armas Legendarias de China, el cine de artes marciales ha sido uno de los más vistosos y entretenidos del mundo, pese a que la mayoría del público occidental lo recibía con desprecio, riéndose de las actuaciones o la calidad de los efectos sin darse cuenta de que veían copias mutiladas, con apenas la mitad de la imagen original, con colores deslavados, pésimamente dobladas a idiomas que en nada se parecen al cantonés original y sin el contexto cultural apropiado para entenderlas.
Trailer de El Imperio del Dragón
Ahora las cosas han cambiado, los clásicos de los Shaw se pueden ver ahora en estupendas ediciones en DVD que le devuelven a los actores sus voces y parlamentos originales, se respeta el formato con el que fueron fotografiadas estas cintas, los colores son brillantes y me gustaría pensar que estamos más abiertos a las diferencias culturales que le dan su sabor particular al género, con el evidente posicionamiento de China como una potencia mundial. De cualquier forma las artes marciales siguen escaseando en los cines mexicanos, apenas llegan a exhibirse unas cuantas cada año, y nada más por eso hay que aprovechar ahora para disfrutar en pantalla grande El Imperio del Dragón, que dejará satisfecho a cualquier aficionado al género y a la vez alimentará el escepticismo de los que creen que no vale la pena.
Ahora bien, normalmente las críticas van en el sentido de que la mayoría de estas películas presentan argumentos simplones, meros pretextos para mostrar peleas. Los aficionados al género pueden nombrar varias películas que además de coreografías espectaculares contienen relatos graciosos, trágicos o heroicos. Sin embargo, creo que la mejor respuesta a esa crítica es un sencillo "de eso se trata". Para ver drama y crítica social ya existen películas aburrídisimas que por regla general salen premiadas en los festivales. En cambio, si lo que uno quiere es maravillarse ante un tipo que derrota él solito a veinte rufianes, sin usar armas de fuego como los afeminados héroes de acción yanqui, entonces la única opción es el cine oriental de artes marciales. En pocas palabras, en este tipo de cine una buena historia es apreciada pero no es indispensable.
Hay una enorme cantidad de películas filmadas en los 70 donde el argumento se puede resumir en un par de diálogos ("has insultado el honor de mi escuela" y "mi kung fu es más poderoso que el tuyo", por ejemplo) que desencadenan hora y media de trompones y patadas. Para muchos los 80 son la mejor época del género, ya que además de contar con los actores más carismáticos (en especial los Tres Hermanos: Jackie Chan, Yuen Biao y Sammo Hung) las historias eran más elaboradas, lo cual es cierto aunque lo que mejor recuerdo de esas películas siguen siendo las peleas, como la de Sammo Hung contra Yuen Wah al final de Eastern Condors. Otro punto a favor de esta etapa ochentera es que todavía no se utilizaba el wire fu, es decir, el uso de alambres para permitirle a actores inexpertos realizar acrobacias. El género tocó fondo en los 90 con la emigración de muchos actores y directores a Estados Unidos ante la inminente reintegración de Hong Kong a China continental.
Pero entonces llegó El Tigre y el Dragón, luego Héroe y más tarde La Maldición de la Flor Dorada, demostrando que se podía combinar una buena historia con excelentes escenas de acción. Pero no todas las producciones nuevas pueden estar a ese nivel y El Imperio del Dragón incluye varias de las características que más molestan a los puristas del género. El principal es el guión. Está bien que se trate de una adaptación de una historieta pero la cantidad de clichés y cursilerías que contiene me hacen suponer que sería mejor que la exhibieran en cantonés y sin subtítulos, permitiendo que cada quien se imagine los diálogos como Dios le dé a entender. Por muy atrofiada que esté la imaginación del espectador seguro que se le ocurriría algo más innovador que el libreto de El Imperio del Dragón, donde se reúnen todos los lugares comunes acumulados a lo largo de tres décadas: un par de hermanos en lados opuestos de la ley que se reúnen gracias a un medallón roto para defender el honor de su escuela, vengar la muerte de su maestro y de paso demostrarle al malvado Shibumi quién tiene el kung fu más poderoso. Sí, así de trillado es el guión.
Secuencia de entrenamiento
Otra cosa que los puristas odian de las producciones recientes de Hong Kong son los nuevos actores del género. El elenco de El Imperio del Dragón también hará que se revuelquen del coraje porque los estelares son los cantantes y modelos convertidos en actores Nicholas Tse y Shawn Yue. El otro papel protagónico le corresponde a Donnie Yen, quien merece un poco más de respeto por su participación en cintas como Héroe y porque sus coreografías son frecuentemente lo mejor de sus películas. En el caso de Nicholas Tse y Shawn Yue la verdad es que si resultan creíbles como expertos en artes marciales es sólo gracias al extenso uso de efectos especiales para ayudarles a disimular su impericia. Eso y el hecho de que la acción en Dragon Tiger Gate sea abiertamente fantasiosa, aunque no podía ser de otra manera en una película donde se supone que Donnie Yen es un jovenzuelo de veintitantos.
Si la historia es tan mala y el elenco apesta, ¿por qué la recomiendo? Porque las peleas están fotografiadas con tal esmero que por momentos se acercan al barroquismo de Zhang Yimou. De hecho, esto se aplica también a las escenas dramáticas, y se convierte en la única forma de soportar los extensos y tediosos flashbacks que ilustran los traumas de los protagonistas, incluyendo no sólo a los hermanos Tigre y Dragón sino al fanfarrón Turbo (uno pensaría que todos sus complejos se derivan de llamarse Turbo). Los problemas familiares y románticos de los dos hermanos frenan cualquier impulso que podía tener la películas tras las dos espectaculares peleas iniciales, en sendos restaurantes. Dragon Tiger Gate corre serio peligro de zozobrar mientras Tigre recuerda su infancia y Dragón conversa con su novia, y si esto no llega a suceder es porque mientras los protagonistas pierden el tiempo con sus peroratas uno puede distraerse con la fotografía, donde hay siempre al menos tres fuentes de luz distintas, de colores que contrastan para enfatizar la atmósfera de irrealidad, sin temor al absurdo (¿quién colgó todas esas luces de neón afuera de la casa de Turbo?).
Si uno puede aceptar la falta de ritmo y lo manido del argumento se verá recompensado con una pelea final que sobrepasa en excentricidad al resto de la película. La infaltable secuencia de entrenamiento, filmada como anuncio de Calvin Klein, previene al espectador que el desenlace se va a despojar de cualquier pretensión de realismo, con un supervillano que había demostrado el nivel de su kung fu doblando acero con las manos enfrentando a un par de héroes rejuvenecidos y dotados de sus propios poderes mágicos. Los efectos especiales, que en escenas anteriores se limitaban al uso de alambres o simplemente a iluminar las peleas desde atrás para darles un aspecto distintivo, llegan a su cúspide con capas que devienen taladros y chacos que trazan campanas místicas. Esta secuencia final es donde los aficionados a las artes marciales y los superhéroes de historieta agradecerán la oportunidad de ver El Imperio del Dragón en pantalla grande, mientras que los escépticos probablemente saldrán a exigir la devolución de su dinero (inútilmente, porque sólo te lo devuelven si te quejas en los primeros diez minutos). Notable también la forma en que Wilson Yip recrea el estilo visual del comic, aprovechando la escenografía y los movimientos de la cámara en lugar de ajustarse ciegamente a los dibujos originales.
Sitio Oficial:
www.dragontigergatemovie.com/main.html

