Serie B
Una Llamada Perdida (2003)
Por: Marco González Ambriz
(marco@profilmico.com)
(marzo 24, 2008)
No está de más revisar el original dirigido por Miike Takashi, el enfant terrible del cine japonés, antes de comprobar que Hollywood sigue sin encontrar la fórmula para adaptar el J-horror, lo que han hecho hasta ahora sólo ha servido para evitarle al público gringo el suplicio de leer subtítulos y ver rostros asiáticos. Se puede hacer una lista de las técnicas que usan los japoneses para sacarle un suspiro al espectador y luego confirmar que esto es justo lo que a los gringos se les olvida cuando elaboran sus versiones.

Shibasaki Kou en Una Llamada Perdida
De entrada hay que descartar la originalidad como el factor X que hace de las producciones niponas algo tan memorable. Los cínicos dirían que Chakushin Ari tiene un sospechoso parecido con Ringu, acusación no del todo infundada pero que omite la forma cómo el J-horror genera una atmósfera mucho más convincente que las teen movies con una embarradita de sangre falsa que constituyen el 95% del cine de terror norteamericano. Tanto Ringu como Chakushin Ari tratan de una maldición que se transmite por medio de la tecnología, los videocassettes en el caso de la primera y los teléfonos celulares en la segunda. Es más, la coreana Phone ya había utilizado la premisa de un celular maldito para contar una historia de fantasmas, bastante genérica por cierto. Los fanáticos del terror, acostumbrados a que les quieran cambiar oro por espejitos, pueden pensar que Chakushin Ari es J-horror del montón.
Esos fans no contaban con la astucia de Miike Takashi, famoso en esta parte del mundo por cintas de violencia grotesca que le han dado fama de cineasta extremo. Audition, Ichi the Killer y Visitor Q bastaron para que muchos occidentales asociaran el nombre de Miike con transgresión, cuando se trata de un director que trabaja por encargo y que también tiene en su haber babosas comedias juveniles (Andromedia) y delicados relatos sobre el nacimiento de las tradiciones (La Gente Pájaro de China). Por eso no debe sorprender a nadie que Chakushin Ari sea una efectiva cinta de terror y nada más, Miike Takashi no la hizo con la intención de redefinir el género ni de soltar teorías facilonas sobre el impacto de la tecnología en la humanidad (como Kurosawa Kiyoshi en Kairo). Es un entretenido relato de terror y con eso basta. En la cinta hay un par de momentos característicos del director, un despiadado sentido del humor negro en la escena del programa de televisión y un final enigmático que recuerda al de Ichi the Killer, pero esto tampoco es lo que la hace superior a la gringadera que ahora se estrena en México.

Tsutsumi Shinichi y Shibasaki Kou en Una Llamada Perdida
Un aspecto donde el cine japonés de terror claramente aventaja al gringo es en la falta de concesiones al público adolescente. Mientras que el horror norteamericano trata de curarse en salud con chistoretes y otros guiños que dan a entender que nadie se está tomando en serio la película, Chakushin Ari es un ejemplo de cómo se pueden usar las expectativas del público para sorprenderlo cuando los productores no se avergüenzan de trabajar en un cuento de aparecidos. Cuando Konishi Natsumi (Fukiishi Kazue) acepta participar en un chundo programa de televisión, algo así como La Mano Peluda con ojos de alcancía, a cambio de que un exorcista le ayude a escapar de la maldición, todo parece contradecir lo que uno espera de la típica escena de J-horror donde un espectro femenino de larga cabellera se le aparece a alguien. Por lo general la víctima se encuentra en un sitio aislado, oscuro y sin posibilidades de auxilio cuando esto sucede y el hecho de que Natsumi esté en un foro bien iluminado, rodeada de técnicos, hace suponer que el fantasma faltará a la cita.
Si comparan la mediocre música "misteriosa" de dicho programa con la discreta banda sonora de Chakushin Ari notarán otro factor que le ayuda al J-horror a generar un ambiente perturbador. Mientras que las producciones gringas arruinan la atmósfera con canciones de rock que no vienen al caso, Chakushin Ari le baja el volumen a la música de fondo y usa el silencio para sugerir un entorno inquietante. Es un silencio roto por efectos de sonido bien empleados, el ringtone característico del celular maldito y unos cuantos acordes en las escenas de mayor tensión. Hay una gran diferencia entre eso y las películas gringas que lo obligan a uno a oír a Hoobastank en los momentos más inoportunos. Otro detalle importante es que se evitan los close-ups a los rostros de los actores, algo que en las cintas gringas nos distrae con "adolescentes" al parecer reclutados en una agencia de modelaje. Los actores de Chakushin Ari son frecuentemente fotografiados de espaldas, sentados en un rincón o al final de un pasillo, lo que también contribuye a una narración más sutil. La puesta en escena reemplaza los diálogos tipo "Oh, my God!", "What was that?" o "I'm so scared, you guys!" del cine gringo.
Este cuidado en los detalles incluye las apariciones del fantasma. Es algo que tal vez no se alcanza a percibir en una primera visión pero que se vuelve evidente cuando uno regresa a la película. Hay una desproporción entre el cuerpo y la cabeza del fantasma que lo hacen aún más grotesco y que de ninguna manera es gratuita. Es un rasgo que anuncia la solución del misterio y que le da a la historia una mayor riqueza temática, al tiempo que desorienta al espectador que confía en haber encontrado la respuesta en la temprana escena donde Yumi y sus amigos asisten a una clase sobre las causas del abuso infantil.
Trailer de Una Llamada Perdida:
